DIARIO DE UN ESCRITOR


Escondido, 6 de abril de 2013


Cabrillo descubrió San Diego en 1542. Era portugués, pero estaba al servicio de la corona española. Desembarcó en esa costa abrupta y marrón en la que me encuentro, de aspecto volcánico con lajas removidas por un oleaje que sube con la marea, a bordo de dos naos. El monumento a Cabrillo, una escultura blanca y sin mucha gracia, preside un espolón de tierra que se adentra en el mar y desde el que se divisa, a vista de pájaro, la ciudad de San Diego, la península del Coronado con su elegante hotel de época en donde se rodaron algunas escenas de Con faldas y a lo loco y la base naval que debe de estar en estado de alerta desde que el paranoico norcoreano juega a la ruleta rusa con EE.UU. Luce el sol. Sopla el viento. Y pasan, por encima de mi cabeza, bandadas de pelícanos, de forma intermitente.
La vivienda del farero, que también se visita, es acogedora en sus detalles. Viendo las habitaciones, la chimenea en el salón comedor, las bacinetas con tapa debajo de las camas, los visillos en las ventanas que miran al mar, puede uno imaginarse la vida solitaria del señor Israel, el último farero, que vivía con una esposa que hacía puntilla en ese alejado y solitario lugar.
En Seaport Village, una zona lúdica de San Diego, al borde del mar, un poco más allá de donde permanece varado como museo el portaviones Midway, el de la batalla del mismo nombre contra los japoneses, Mary Jo y yo damos cuenta de un perrito caliente jumbo con mostaza, que no es jumbo por su tamaño mucho más reducido, y un buen vaso de cerveza mientras el sol desaparece bajo espesas nubes grises y se alza una brisa refrescante que viene del cercano mar. Seaport Village es un centro comercial al aire libre, con multitud de casas tienda típicamente norteamericanas y aire decididamente naif. Una línea en el suelo marca la frontera hasta la que se puede fumar. EE.UU sigue siendo un país de prohibiciones. Un restaurante de pescado, construido sobre palafitos, que levita sobre el mar tranquilo de la bahía, una construcción de maderos pintados de gris que parece sacada del Popeye de Robert Altman por su acertado desaliño, concita mi atención y le prometo a Mary Jo invitarla a cenar en el día de su cumpleaños. No sé, mientras me como ese perrito caliento y contemplo el mar grisáceo, que Bigas Luna abandona este mundo, que, tras transitar de la oscuridad a la luz, a través de una filmografía valiente y llena de talento, regresa a la oscuridad de la que partió, al The End de su vida. No sé en esos momentos cómo me va a afectar su muerte.
Tampoco sé que Bigas Luna ya no está cuando, a la mañana siguiente, vamos en el Hyunday cromado color fucsia al desierto de Borrego Spring, junto a una población del mismo nombre que parece sacada del Oeste mal salvaje, dispersa, machacada por un sol que no tiene clemencia. Luce un cielo azul y reina un calor sofocante y seco que evapora el sudor de la piel y convierte la garganta en lija. Caminamos por un sendero asfaltado que se abre paso entre cactus floridos, plantas espinosas y tierra reseca. Descubrimos, emboscado en medio de uno de esos matojos grises, entre las espinas, una pequeña iguana inmóvil que se deja fotografiar pacientemente sin mover un solo músculo.
En Julián, un antiguo pueblo de mineros que buscaban oro y plata hace dos siglos, a pocas millas del desierto reseco y con un paisaje increíblemente verde de prados y bosques como contraste,  entramos en uno de sus restaurantes a comer su famosa tarta de manzana con chocolate caliente y nata. Ya sé que Bigas Luna ha muerto, aunque no me lo acabo de creer, tengo la sensación de que la noticia leída y confirmada por amigos no es cierta. No disfruto de la tarta de manzana que viene acompañada de nata con canela en polvo. No disfruto del chocolate caliente que he preferido al aguado café. Sencillamente estoy jodido por la muerte, que sigo resistiéndome a creer, de un gran amigo, buena persona, excelente conversador y arriesgado director cinematográfico. Julián es un pueblo cuidado, como de juguete, de casas de madera de dos plantas, cuidadas, pintadas, en las que ondean las banderas de las barras y las estrellas. Pienso en lo que me dijo un día Bigas Luna como razón principal para no vivir en EE.UU: Detesto el café americano. Por eso pido chocolate caliente, con la tarta. Trato de sonreír a Mary Jo. No puedo.  Me siento huérfano.
Circulan por las calles de Julián tipos a caballo de sus Harley Davidson, carromatos tirados por percherones, coches desvencijados conducidos por conductores barbudos, obesos mórbidos con síndrome de Down, parejas de hindúes que parecen vayan a empezar un baile de película Bollywood en cuanto la música suene. Paseamos de un extremo al otro del pueblo y subimos por el empinado camino escalonado que va al cementerio y al que los difuntos eran izados con dificultad escalón a escalón desde 1841. Los muertos de Julián tienen una buena vista sobre el pueblo. Hay, en una de las tumbas, la foto de Kinnie, un chico que tropezó en la carretera con un conductor borracho. Tenía 17 años.
De regreso a Escondido me calo las gafas de sol y me concentro en mi propio silencio. Un paisaje verde y boscoso nos acompaña mientras escuchamos a Louis Amstrong cantando Un día volveré de Casablanca. Bigas Luna. La muerte próxima siempre nos hace pensar en la nuestra. Aquí y ahora vivo. Allá y después, no lo sé. Ni por lo más remoto podría pensar cuando, hace tres meses, me despedí de Bigas Luna tras una entrañable conversación en el vestíbulo de un hotel de Barcelona, que esa iba a ser la última vez que iba a verle. Estaba lleno de vida, ilusiones y proyectos. Su mayor felicidad era tener un nieto, y de nietos, después de hablar de cine, de la insoportable situación política, de erotismo, acabamos hablando.
Me hace una enorme  ilusión ser abuelo, me dijo.
Lo comprendí. Ya no está. De él me queda su cine y esa última vez que lo vi arrastrando su maleta hacia un coche que lo llevaría a su masía de Tarragona en donde ha muerto entre esas plantas del huerto ecológico de las que se sentía tan satisfecho. Me alegra saber que murió rodeado por todas las mujeres que quiso, su esposa, sus hijas, quizá Consol Tura, y que Javier Bardem, Penélope Cruz, Jordi Mollá y Leonord Watling le lloran como si hubieran perdido un padre.  

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