DIARIO DE UN ESCRITOR


Valle de la Muerte, 20 de abril de 2013

 


Sí, pero estoy vivo. Y antes de ir a lugar de tan lóbrego nombre hemos tomado un desayuno frugal en Tropic, sin acento, que se me olvida que en inglés las palabras carecen de tildes: café aguado americano con crema de leche que, como en los aviones, sale a presión de su recipiente y mancha de blanco la mesa de la cafetería, y dos tortitas que, sin el empalagoso jarabe de sirope, que detesto, se me atragantan. Así es que, cruzando el país, bajando desde los más de dos mil metros de altitud a que estamos en Bryce Canyon hacia el plano, nos detenemos en el Deny’s de Sant George, en el que ya desayunamos antes de subir, a descansar y tener un desayuno decente con huevos a la plancha, cuyas yemas permiten mojar las tostadas untadas de mantequilla derretida, patatas rayadas y ligeramente fritas, agua con hielo y el café americano al que peligrosamente me estoy acostumbrando hasta el punto de que ya no le hago ascos y además funciona como laxante.
En los Denny’s desayunaba sus huevos Mike Demon cuando cruzaba este país vendiendo seguros en Lluvia de níquel y en La Frontera Sur. Miro a mi alrededor por si veo a algún tipo que se le parezca. Nada. Todos gente muy normal, familias con sus retoños y parejitas. No han cambiado estos establecimientos en donde se come decentemente desde hace treinta años, por lo menos. Contratan siempre a un montón de empleados que llevan sus nombres gravados en placas sobre sus camisas almidonadas, te sonríen a todas horas y pasan por la mesa para preguntarte si desayunas a gusto. Nos atiende Maggie, alta, morena, algo gruesa, simpática. Parece que es festivo, porque hay un montón de gente que, a estas horas, ya está comiendo y viste de forma más o menos adecuada, pero abundan las camisetas sin mangas que exhiben tatuajes en cuello y espalda, las bermudas, las chanclas, las gorras de beisbol, los sombreros vaqueros. Empiezo a asumir esa forma de vestimenta cómoda.   
Llegamos a Zabriski Point a la hora del infierno, cuando el sol está más alto, tras cruzar una ínfima parte del inabarcable desierto de Mohave por carreteras de rectas infinitas en las que rara vez nos cruzamos con un pick-up y tras dejar atrás las diez casas, no más, de un pueblo llamado Shoshone, como la muñeca, que se levanta junto a un reducido oasis de palmeras y cuyos habitantes o son anacoretas, o juegan a la ruleta rusa con sus colts o se deben de morir de asco infinito. Por allí vivía Charles Manson y sus chicas antes de perpetrar su orgia satánica y sangrienta. Parece el infierno, un lugar para condenar a alguien. Me fascina la desolación del paisaje, su aspecto inhóspito, el sol asesino que cae sobre la tierra quemada. Lejos de la tierra quemada, de Guillermo Arriaga, con Charlize Theron y Kim Bassinger. Pero pienso en Antonioni y en su último largometraje, Zabriski Point, mientras me asomo, sajada la piel por el sol, al mirador del mismo nombre. Pequeños montículos, negros, rosáceos y blancos, quemados, conforman un paisaje lunar que se extiende hasta donde la vista alcanza. El panorama de montes cuarteados por el que estamos andando parece la piel rugosa de un enorme monstruo prehistórico que murió y se hizo piedra hace millones de años. La temperatura en verano llega, en este punto, hasta los 50 grados y la sangre arde dentro de las venas y el mercurio estalla dentro del cristal. En ese erial no hay vida posible más allá de la muerte, y por eso un enorme cuervo negro anda a saltos,  incapaz de alzar el vuelo, y observa a los turistas que se asoman a ese mirador por si hay algún imbécil que se suicide en un intento de cruzar ese desierto letal; el cuervo mira especialmente a un motard tamaño XXXXXL, cabeza pequeña embutida en un casco nazi,  que, en un momento u otro, desequilibrará su moto y dará con sus sesos en el asfalto.
La muerte. En ella pienso viendo esa belleza mineral que me transporta a Marte. Así debe de ser un planeta sin vida. La Tierra, dentro de unos cuantos siglos, cuando hayamos agotado todos los recursos y estallado todas las bombas.
            Hace millones de años había un lago, o un mar, en este lugar que hierve y del que no sale humo porque ya no hay nada por evaporar o quemar. De él sólo queda un espejismo de sal que se extiende durante un centenar de kilómetros y debe de volver locos a los que se pierden por la llanura de 190 kilómetros. Las rocas retorcidas, las laderas de los montículos cubiertas de piedras negras como el carbón, fruto del volcanismo de la zona, me recuerdan el bello paisaje de las islas Canarias. La belleza mineral de lo muerto. Huele a azufre. Se le ve amarillear en las laderas del infierno.
Dejamos atrás Zabriski Point con el recuerdo de Antonioni y esa secuencia final que cierra el film: la explosión de la sociedad de consumo (coches, electrodomésticos…)  en un escenario de belleza sideral. Curiosamente ésa es una de las películas del maestro italiano que mejor aguanta el paso del tiempo, no La  noche o El desierto rojo que hoy resultan plomizas. Tomamos una carretera secundaria que bordea ese gigantesco salar que crea espejismos de agua. Conduce M.J. sosteniendo el volante con las dos manos. En el vacío absoluto corre el viento con fuerza y levanta remolinos de tierra.
La Carretera de los Artistas, con vueltas y revueltas, recorre un paisaje montañoso del fin del mundo. Hay detalles, en ese erial entre el negro del quemado y el amarillo terroso del azufre, que parecen milagros imposibles, el empeño desesperado de la naturaleza por reivindicar un atisbo de vida en el Valle de la Muerte. Briznas. Una pequeña planta de hojas diminutas crece de la tierra más seca que se pueda imaginar en donde no sobreviven ni los alacranes. Una mosca despistada y suicida me pasa rozando, imagino que en su último aleteo antes de expirar en medio de este bello cementerio. Todo lo vivo en singular: una mosca, una planta. Hay centenares de pequeñas ondulaciones en esa tierra quemada, burbujas que no acabaron de explotar en la dantesca erupción volcánica que sacudió millones de años atrás ese escenario e incendió el cielo con magma hirviendo. El Valle de la Muerte es un cuadro dramático que impresiona por su radicalidad. La extensión está llena de esqueletos blanqueados de todos los locos que quisieron cruzar el valle a pesar de su nombre. El silencio duele en los oídos.
La carretera nos lleva hasta Badwater, un escenario que describe su propio nombre. Una pequeña charca, de pocos metros de largo y menos de un centímetro de profundidad, de agua salada, es todo el líquido que queda de ese mar interior que fue el Valle de la Muerte. Nunca estuve, porque no sé bucear, a 85 metros bajo el mar. En Badwater lo estoy y siento una extrañeza inmensa cuando empiezo a andar por un amplio camino de sal que me lleva hasta el infinito en medio de un silencio total y con la costra blanca amortiguando el ruido de mis pasos. Se produce la muerte, en el ocaso, del sol, mientras la luz mengua y el aire, más soportable, ya no abrasa el tabique nasal. Tiene uno la sensación de que la piel se le está cuarteando como ese barro ya seco en donde en algún momento hubo agua. La sal ha formado cristales en el suelo, cuadrículas perfectas y otras figuras, y salinas en miniatura con bordes perfectamente delimitados. La pruebo. Es excelente. Podría explotarse el lago seco y sacar de él unas cuantas miles de toneladas de sal. De cuando en cuando, en un hoyo minúsculo del camino, se produce el milagro de un charco de salmuera más que de agua. La mula de un colono enloquecido que pasó por el Valle de la Muerte probó esa agua nociva y expiró a los pocos segundos. Badwater se llama desde entonces este lugar que parece una maldición. Como los malpaíses canarios.
El sol se pone, pero sigue saliendo fuego de las entrañas de esa tierra quemada y silenciosa bajo la que arde un fuego invisible. El paisaje me impresiona, como pocos de este país infinito, por su rareza extrema. Uno tiene la sensación de estar muerto, de ser una roca más en ese escenario de desolación total que es la imagen de nuestro futuro, aunque no lo lleguemos a ver nunca. Los coches, en las carreteras del valle, son miniaturas, como nuestra vida si la comparamos con la grandiosidad de este paisaje que aplasta.
Valle de la Muerte, sí. Pero estoy vivo. Aunque ningún alma se cruza con nosotros en el camino de regreso por ese páramo silencioso en el que las estrellas titilan a millones de años luz, vivas. ¿Acaso no vive una piedra que se funde, se cuartea, rueda ladera abajo y genera de sus entrañas una mínima planta alimentada por una gota de rocío nocturno? ¿Por qué nos creemos superiores si nuestra vida es tan corta y efímera al lado de los millones de años de existencia que tiene, por ejemplo, el Valle de la Muerte?
La nada azuza el pensamiento. Entiende uno ahora a los anacoretas del desierto. Salimos del valle, vivos.

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