DIARIO DE UN ESCRITOR


Escondido, 7 de abril de 2013



Hay un dicho que hoy no se cumple: Nunca llueve al sur de California. Y creo que es el tema de una canción de Albert Hammond. Estoy al sur de California, y llueve.
Un ferry catamarán, que sale a las nueve en punto de Newport Beach, poco antes de avistar Los Ángeles, nos deja en la Isla de Catalina hora y media después. El capitán indica que el mar estará moderadamente movido. Hay un ligero mar de fondo que se nota en cuanto dejas la costa atrás. Pero se soporta a base de ráfagas de aire frío en la cara y con el estómago no muy lleno. Me he colocado un cortavientos, comprado en New Orleans en algún momento de mi anterior vida, y llevo debajo la camiseta negra de la última Semana Negra, valga la redundancia, a la que asistí.
Una de las chicas de la gran pantalla, de la que estuve enamorado en mi adolescencia, fue Natalie Wood. La belleza de la mirada limpia de la menuda actriz norteamericana de origen ruso era irresistible. Había en la María de West Side Story un combinado perfecto de hermosura, feminidad, sensualidad y bondad. Era, además, una buena actriz. En esas aguas, en las que desembarco, cercanas a la isla de Catalina en donde nos deja el catamarán, encontró la muerte la actriz en un suceso nunca del todo esclarecido cuya investigación se vuelve a abrir de nuevo. Natalie Wood, que tenía pánico al agua, murió ahogada después de una velada muy agitada en el barco anclado en el puerto de Isla Catalina. El único que sabe lo que sucedió en esa noche dramática en la que la actriz, con más alcohol en la sangre de lo debido, se precipitó al mar desde la borda de su embarcación y se ahogó, es Robert Wagner, su mediocre marido y principal sospechoso del suceso, un tipo edulcorado y baboso al estilo de Troy Donahue. Y Christopher Walken, que fue testigo de todo. Mientras desembarco y toco tierra pienso en La breve vida de Natalia Nikolaevna Zacharenko y que ése podría ser un relato homenaje a la actriz si estuviera en disposición de escribirlo.
La bruma, que ha presidido todo el trayecto marítimo, se disipa en cuanto avistamos el perfil rocoso de la isla. Las pequeñas casitas del puerto se encaraman por las lomas vertiginosas de las montañas que circundan la bahía una vez han colmado el llano. Es la Isla Catalina un lugar paradisiaco libre de polución (todos los coches son eléctricos para no contaminar) y refugio de millonarios, clase social muy abundante en este país en donde el término medio fue erradicado. Un muelle de madera, pintado de azul, se adentra en las tranquilas aguas del puerto. Un submarino amarillo, como el de los Beatles, de juguete, que está atracado en uno de sus extremos nos lleva a Mary Jo y a mí a disfrutar del paisaje de bosques de sargazos que infestan este Pacífico y de los peces que los pueblan. Tras un empacho de peces, que se acercan a los ojos de buey del Yellow Submarine en cuanto su patrón les suelta comida, y que el pasajero puede pagar con su Visa, volvemos a la superficie.
Las casas del interior de Isla Catalina, todas de madera, de una o dos plantas, como máximo, pintadas de colores, con porches y terrazas, parecen de juguete, especiales para niños. Todo en este país rezuma una ingenuidad kitsch que llama la atención y a la que uno no se acaba de acostumbrar. Todo parece de juguete e irradia un optimismo contagioso del que es difícil huir. El modo de vida americano es el paraíso que espera a los que han prosperado en su vida: una buena casa, un buen coche y un buen marido o una buena esposa. Soy consciente de que estoy viendo una parcela privilegiada del país, la que se puede mostrar. En cada casita de muñecas, que alberga a familias felices con su prole, ondea una bandera norteamericana que, siento decirlo, me gusta bastante más que la española, es mucho más fotogénica, quizá por haberla visto tantas veces en el cine desde Iwo Jimma. Ése es el patriotismo de una nación joven, sin apenas historia, cuyo pasado se remonta a poco más de doscientos años atrás, y que necesita con urgencia un elemento aglutinador para ser viable, y funciona por su condición de gran potencia. Los norteamericanos están orgullosos de serlo, cosa que no sucede con los españoles que parecen avergonzarse de su nacionalidad. Hay flores, banderas, fachadas pintadas de fucsia, azul, amarillo, naranja, gordos felices, palmeras oceánicas que rozan el cielo, submarinistas, rubias californianas, negros raperos con pulseras de oro y pantalones caídos, pero no se ve ningún policía por parte alguna. Mientras ascendemos, disfrutando del sol, por unas pendientes escaleras que trepan por las colinas que circundan la bahía y admiramos las pequeñas casitas que aparecen incrustadas a ella, no deja de asombrarme las nulas medidas de seguridad en las viviendas de este país, algo que parece reñido con su alta tasa de delincuencia: los propietarios las dejan abiertas, mesas y sillas, en las terrazas, están a disposición del que quiera llevárselas.
Dos cervezas Budweiser y una pizza de pepperone y otra de alcachofas, de lata, nos restauran al mediodía en una pizzería italiana junto al mar cuyos empleados se dirigen a nosotros en perfecto castellano porque deben ser mexicanos. Previamente nos han soltado, y no soy exagerado al decirlo, un puñado de cacahuetes sobre el mantel, como si fuéramos monos, cuyas cáscaras, después de pelados, van al suelo siguiendo los usos y costumbres del establecimiento. Me recuerda el suelo de la pizzería al de las sidrerías cubiertas de serrín de Gijón. La ruta hacia el urinario, para vaciar las cervezas ingeridas, no tiene pérdida: la palabra farts, pedo en inglés, y una flecha es suficientemente elocuente. 40 USD reza la factura. Me olvido de dejar el preceptivo 10% de propina.
Tomamos el sol, después de recorrer la costa de punta a punta, dejar a nuestras espaldas un espantoso edificio que es el casino de la isla, que tiene forma de depósito de agua de la ciudad, y admirar dos clubes sociales cuyos edificios de madera, sobre palafitos, se adentran en las aguas del puerto, y tomamos el barco de regreso a las cuatro y media de la tarde, pero antes bebemos, sentados en un banco y observando cómo van de un lado a otro los pasajeros que llegan  o se van de la isla arrastrando sus maletas, una Coca Cola light Mary Jo y yo una horchata mexicana que no es de chufa sino de agua de arroz con canela. Bueno, está fresca y es dulzona, y por su ligereza seguro que no daña mi estómago.
La travesía de vuelta es mucho más plácida que la de ida. El mar está calmo, no se ondula más que cuando el catamarán surca sus aguas y deja una estela de agitación a popa. Sentado en el último banco, de espaldas al sentido de la marcha del ferry, me hipnotiza ese mar agitado que deja a su paso, dos franjas de agua que se unen en el centro y forman una ola alta y discontinúa. Tardamos menos de hora y media en avistar los canales de Newport Beach, y hay luz suficiente para recorrer su marina, curiosear en el interior de sus exquisitas y exclusivas casas de madera que permanecen abiertas junto a los embarcaderos privados en los que se balancean lujosos yates. Dentro de ellas, orgullosos de sus propiedades, a la vista de los paseantes, sus millonarios residentes leen los diarios, toman copas o simplemente devuelven la mirada de los envidiosos curiosos ataviados con albornoz. Lamento en ese instante, cuando ya la luz del sol mengua e impera un tono gris en el ambiente y se enciende el perfil luminoso del edificio de la estación marítima, no haber acumulado dinero en mis ocho vidas que llevo y no ser uno de esos propietarios que ven por las ventanales de sus viviendas exclusivas el sol ponerse en un mar calmo. Quizá en mi otra vida, si la hay, si me reencarno en multimillonario.
Acabo el día ante el televisor, viendo un programa de negros y para negros, con mujeres explosivas que llevan vestidos de dos tallas menos que marcan sus ya remarcables siluetas y hombres de cabeza rasurada y aspecto luchador a lo Mike Tysson, y  dopado sobre el cómodo sofá extensible de la casa de Mary Jo con tres margaritas que prepara ella con maestría. Subo las escaleras del dormitorio en un estado de embriaguez feliz.

Comentarios

Armando Laija ha dicho que…
MUY BIEN JOSE LUIS, DESEO QUE TODO TU VIAJE SEA PLACENTERO, YO MIENTRAS, AQUI, LEYENDO TU ULTIMO E-BOOK Y ESPERANDO PODER HACER LO MISMO CON "LLUEVE SOBRE LA HABANA" Y "EL CORAZON DE YACARE", QUE NO SE PORQUE ME LLAMAN...
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues muchas gracias, amigo Armando, y espero que disfrutes con esas lecturas. Un fuerte abrazo,