DIARIO DE UN ESCRITOR


Williams, 15 de abril de 2013

 


De pequeño, y de mayor, he sido muy aficionado a los dibujos de Walt Disney. Del primitivo Disney, del que dibujaba a mano los fotogramas, él y su ejército de colaboradores. Creo recordar que en Los tres caballeros, pero no debo hacerme caso porque quizá la memoria me falle, su película más desternillante y que he visto unas seis veces, uno de sus protagonistas (el Gallito Pancho, el Pato Donald o el Loro Carioca, o quizá fuera un zorro) saltaba desde el borde de las paredes verticales del Cañón de Chelly, aterrizaba en la cima de Spider Rock (nada sabía yo del Cañón de Chelly entonces, y menos que esa roca puntiaguda y alta que se mantiene en equilibrio y no se cae por un milagro de la naturaleza se llamara Spider Rock) y lo desmoronaba. Y ése ha sido el recuerdo, emocionado, mientras me situaba en el Cañón de Chelly, ante el Spider Rock que ha sido fotografiado millones de veces y ha servido de decorado en docenas de westerns. Un viaje al pasado remoto de niño, en la oscuridad de una sala de cine de Barcelona, el Publi, que ya no está, de la mano de mi padre, que tampoco está.
Pero eso fue al mediodía, porque antes nos tocó levantarnos a las seis y media de la mañana (el camino era largo), dejar las llaves del Motel 6 en recepción, conducir por una serie de carreteras secundarias del estado de Nuevo México, entrar en Arizona, rodar por cuatro rectas interminables, de esas que acaban en el horizonte y siguen más allá de donde la vista alcanza, y detenernos a desayunar en un Subway de Chinle, porque era la única opción, ni la mejor ni la peor, la única en ese pueblo navajo en el que si me tocara vivir como condena por algo creo que acabaría convirtiéndome en asesino en serie para matar el aburrimiento. Porque Chinle, cuatro casas junto a la carretera, no tiene nada más allá de una gasolinera, en la que repostamos, dos locales de bocadillos  y un Best Western.
Chinle, Arizona. Un pueblo de la América profunda barrido por el viento huracanado que arrastra la arena del desierto y hace que la atmósfera, además de turbia, sea irrespirable. Un grupo de casas prefabricadas desperdigadas, más algunos tráileres y caravanas, y ningún sitio en donde desayunar más allá de ese Subway en el que hacen cola nativos navajos que viven en la ciudad, y todos, con una sola excepción, pasados de peso, esperando esos bocadillos gigantescos en cuyo interior los empleados del establecimiento, con guantes de plástico, meten todo lo habido y por haber entre los dos panes de fábrica, mezclan todos los sabores del mundo, les añaden kétchup, mayonesa o mostaza y lo entregan al cliente que se va a la calle con su pitanza o la degusta allí en medio, en la media docena de mesas que hay que limpiar primorosamente una vez se hayan utilizado. Y los bocadillos, infames, insanos, no son nada baratos, no me vaya a creer: 8 USD cada uno.
Triste condumio que me hace añorar el rancho militar. Miro a mi alrededor, como pasatiempo, observo cuerpos, caras, expresiones, movimientos de manos. Un navajo muy alto, con la caballera anudada en coleta, se come a besos a una navaja que es la mitad de él en estatura pero el doble en anchura. Navajos a uno y otro lado del mostrador, unos dispensando comida basura y otros pagando por ella. Pesando mentalmente a cada uno de los que esperan turno para llevarse su compra del Suwbay me pregunto cómo no han relacionado su sobrepeso con su nefasta alimentación.
Tengo que aceptar algunos usos y costumbres del americano medio,  en este caso navajo medio, porque la pequeña ciudad del desierto está poblado por indios de esa etnia en su inmensa mayoría, para los que comer es sencillamente sentir un peso en el estómago y no importa lo que vaya adentro mientras se tenga la sensación de saciado. Y yo, como ellos, tiro al estómago ese bocadillo infame que trago por hambre, quizá la misma que sienta esa fila de obesas mórbidas (la obesidad se ceba en las mujeres) que hace cola ante el mostrador de Subway mientras yo mordisqueo con desgana mi enorme sándwich remojado con zumo de naranja envasado.
Desde que he salido de California no he dejado de ver miseria, ese Tercer Mundo que vive enquistado en el seno del Primer Mundo y que se acepta como algo natural. Miles de caravanas, tráileres y casas prefabricadas, puestas sin ton ni son (el urbanismo no existe en esos pueblos pequeños) y que afean el paisaje hasta que me doy cuenta de que forman parte de él.
Del bocadillo, de las cuatrocientas millas recorridas desde Santa Fe a Chinle, del aire que levanta remolinos de arena y ciega la visión me olvido en cuanto me asomo al Cañón de Chelly. Hay cinco miradores en el sur y tres en el norte. Nos detenemos en todos ellos a pesar de que el viento arrecia, tanto que temo se me lleve la cámara, que agarro con fuerza tras colgármela del cuello, o las gafas de sol que llevo puestas. Calculo rachas de ochenta kilómetros por hora que literalmente nos empujan. Ante el primer mirador me quedo extasiado. El valle terroso, del fondo del cañón, aparece encajonado entre gigantescas paredes verticales que alguien parece haber cortado con esmero, pues están lisas, de 300, 400 o 500 metros de caída. Sobre esa tierra que el viento huracanado remueve crecen grupos de árboles de un verde suave y corre por en medio un río pacífico que arrastra poca agua pero que millones de años atrás sería el que labró ese cañón junto al viento y la nieve. De mirador en mirador, el panorama sobre Chelly me va dejando absolutamente maravillado, en trance. En el fondo del cañón se divisan diminutas casas de madera de indios navajos que prefieren vivir allí abajo sin electricidad ni agua, dignamente, que indignamente en el territorio del hombre blanco. Cultivan maíz en algunos de sus campos. Tienen caballos con los que galopan por el interior. Se mantienen aislados los unos de los otros y lejos del mundanal ruido. Quizá todavía sueñen con sus antepasados aguerridos.
Las paredes verticales del Cañón de Chelly son de varios colores (predomina el rojo terroso, pero las hay blancas) y el viento, el agua, las tormentas de arena y el hielo han grabado en ellas curiosos dibujos estratificados, sinuosas curvas que permiten imaginar que por esa enorme hendidura pasó, millones de años atrás, una potente corriente de agua que abrió esa brecha en el terreno llano. Mirar hacia abajo produce vértigo. Mirar al frente, éxtasis por tan portentosa obra maestra de la Naturaleza.
Seguimos nuestro itinerario por esa parte sur hasta que llegamos al último de los miradores, la joya de la corona. En medio del terroso cañón, equidistante de paredes cuya altura produce vértigo, como una isla en esa llanura encerrada, está Spider Rock, imponente, afilada, erguida hasta el cielo sus dos puntas en las que un par de rocas redondas están a punto de venirse abajo cualquier día ventoso, como hoy. Son columnas clavadas en la arena del fondo del cañón. Son puntas de lanza de un gigante navajo. Sencillamente enmudezco mirando esa obra perfecta y bella de la naturaleza en la que el hombre no intervino nunca, y me concentro en el bramido de las rachas de aire que barre el mirador, revuelve la tierra y forma remolinos con ella.
Mirando con detalle descubrimos M.J. y yo, ella más que yo con el potente zoom de su cámara, las ruinas de un pueblo anasazi construido en el interior de una de las oquedades de la roca, de su mismo color, confundiéndose con ella: queda lo que parece una vivienda con una torre y ventanas a los lados, y a su lado una construcción derruida.
En el lado norte del Cañón hay tres miradores. El primero de ellos, barrido por un viento atroz que comba las sabinas que crecen dispersas de entre las rocas y pinos enanos que no son más espigados para no ser arrancados de cuajo, permite ver una serie de cuevas deshabitadas, el delgado hilillo de otro río que se abre paso entre arenas ligeramente manchadas de verde que lo desecan en su avidez de agua, las viviendas de los solitarios habitantes del cañón que, desde esta altura, parecen miniaturas, y un grupo de piedras en equilibrio en lo alto de las paredes verticales que los elementos irán desplomando.
El último mirador se llama de la Masacre y hace referencia a nuestra leyenda negra. Un grupo de soldados españoles diezmó desde las alturas a los indios navajos, ancianos, mujeres y niños, de una aldea con sus arcabuces aprovechando que los adultos habían salido a cazar. ¡Cobardes españoles! Una india navaja, en cuyo honor está ese mirador, se abrazó a uno de los conquistadores y cayó con él al vacío. Un dibujo algo kitsch representa al soldado español, que pierde su espada en la caída, y a la mujer nativa que tira de su brazo mientras se precipitan por una de las paredes verticales de Chelly.  
Con la resaca de Chelly en mi retina (puede que antes de mi regreso a la otra orilla volvamos a él para explorarlo desde abajo y quizá recorrerlo a caballo) conduzco desde Chinle a Williams, otras 400 millas de viaje accidentado, de verdadera lucha contra los elementos que me deja agotado. Mientras salimos de la despoblada reserva de los navajos por unas rectas infinitas, dentro del estado de Arizona, nos acompaña una polvareda que nos ciega la visión y hace muy arriesgados los adelantamientos. La situación empeora en un llano interminable (este país es grandioso, desmesurado en sus distancias), cuando un sol que nunca acaba de agonizar, porque no tiene ningún obstáculo que lo cubra, me ciega durante más de la mitad de esas 400 millas hasta el punto que solo veo la línea blanca que delimita el fin de la autopista, las discontinúas de los carriles y la silueta borrosa de los coches que circulan delante de mí. Para ponerme a prueba, al sol que deslumbra se une viento huracanado que arrecia y me hace sujetar el volante con ambas manos para evitar que, en uno de los bandazos, nos salgamos de la autopista o vayamos a estrellarnos contra uno de esos enormes camiones que circulan por ella.
Llegamos a Williams, situada a 7.000 pies y en un paraje montañoso poblado de pinos alpinos, cuando anochece y no tardamos, tras dar varias vueltas por el pueblo, en encontrar el motel Travelogde Gran Canyon. Desempacamos y vamos en coche al centro de la ciudad, una serie de bares, tiendas y clubes iluminados con luces centelleantes, que ocupan dos manzanas de la mítica carretera 66, la que atraviesa el país desde Chicago a California y pasa por Williams camino de Los Ángeles. Sigue soplando un viento huracanado que nos produce sensación de frío intenso.
M.J. decide premiar mis dotes de buen conductor con una cena vaquera excesiva en Cruiser’s Cafe 66 bar & grill: tres costillas gigantescas de carne de vaca con salsa barbacoa espesa por encima; una ensalada de col; un bizcocho, una mazorca de maíz, un platillo de alubia rojas picantes. Todo en el mismo plato. Lo rematamos con dos contundentes helados talla XXXL de dulce de leche con caramelo líquido y biscuit con galletas, bolas tamaño puño, que literalmente doblan las cucharillas con las que queremos comerlo y se nos pega en el paladar.
La comida es buena, pero tosca, de mancharse los dedos (te dan toallitas para limpiarlos) y curvar el estómago. El local es muy singular y es emblemático de la ruta 66. Moteros con los brazos cubiertos de tatuajes y mujeres con ropa vaquera se dan cita en su barra para tomar cervezas. La decoración es de American grafitti. Años 50/60. Sobresale, de una de sus paredes, el morro de un Cadillac antiguo. Hay, junto a la puerta, un poste de gasolina de El cartero siempre llama dos veces. Y una nevera de la primitiva Coca-Cola de la que los Rebeldes de Francis Ford Coppola sacaban sus refrescos.  
Es cuando acabo el helado que me entero, por un televisor de plasma, de las explosiones en Boston que han dejado tres muertos y un centenar de heridos, y veo gente corriendo entre la humareda, gritos, sangre…
Estados Unidos mata, pero también os matan cuando tienen ocasión le digo a M.J. cuando salimos a la calle, pasamos por delante de una escultura de Elvis y su guitarra y una bofetada de viento frío nos hace marchar aceleradamente hacia el Hyundai fucsia.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
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