DIARIO DE UN ESCRITOR


Denali, 19 de mayo de 2013

 
No ha habido noche, pero yo he dormido. Se ha puesto el sol, ensangrentando el horizonte, pero ha seguido, inexplicablemente, la luz, lechosa, inundándolo todo.
Es complicado desayunar en Denali. El único restaurante que parece abierto no atiende porque se le helaron las cañerías del agua. Así es que cruzamos la carretera, bajo un sol espléndido y un cielo azul sin nubes, al que me cuesta acostumbrarme después de tantos con nubes y lluvia, y entramos en el lobby de un enorme y lujoso hotel de madera de techos altos. No tiene restaurante el hotel, sólo una cafetería self service que, a esas horas, las diez de la mañana, y tampoco es tan tarde, no tiene más que galletas de nueces de macadamia, que están exquisitas, contra toda previsión, y café americano que uno mismo ha de servirse de una máquina. No funcionan los retretes del hotel, por la misma razón que el restaurante de enfrente de la carretera está cerrado: porque se helaron las cañerías con el frío espantoso que hizo la noche anterior, aquella en la que salí de mi motel a fotografiar, incrédulo, el día en la noche en Alaska y rocé la hipotermia.
Volvemos al parque, porque con sol radiante y cielo azul es otro, y al centro del visitante. Una película, en el teatro, magnífica, por cierto, tan buena que la compro en la tienda a continuación, habla de las bellezas de ese extraordinario escenario de 24.585 kilómetros cuadrados, un poco menos que Catalunya, tan bello en invierno como en verano, grandioso en sus gigantescos picachos como en sus infinitos valles o en sus extensísimos bosques cuyos árboles no alcanzan una altura considerable por lo pantanoso del terreno. Y vemos la fauna de Denali, los osos pardos que juegan con sus oseznos, los enormes alces, los caribús, los ciervos, las águilas, los perritos de las praderas, las nutrias, los lobos, todo lo que no podremos ver nosotros en nuestro recorrido por la décima parte de la extensión de ese gigantesco parque natural.
Vemos huellas de oso, impresas en la nieve, en las proximidades del río Sauvage.
Aquí, hace dos años, vimos una osa hembra y sus oseznos que estaban bebiendo en el río y subieron a la carretera, pasando delante de nuestro coche.
Resulta frustrante la ausencia de fauna en este Denali nevado de belleza absoluta que destaca contra un cielo azul intenso. Por no verse no se ven aves, ni insectos. El único mamífero salvaje es una pequeña ardilla de cola curva que trepa a un árbol cerca del centro de adiestramiento de perros. Allí, sujetos a cadenas a sus casas, o en jaulas, una veintena de perros robustos que, en el invierno, tiran de los trineos de los rangers del parque, se dejan acariciar por los humanos.  Chinoo, Keta, Koho, Cofaine, Sultana, Loon, Tuya..., pero ninguno Colmillo Blanco. Son casi todos huskies, perros fuertes y de grueso pelaje, negros algunos, inmaculadamente blancos otros, que haraganean tumbados sobre los tejados de sus casas aprovechando ese sol bendito que es bien tan escaso en este infierno de hielo y nieve que es Alaska.
Nos detenemos en los mismos miradores en donde nos detuvimos ayer, a hacer las mismas fotos que hicimos ayer, pero esta vez con luz, con cielo azul, con árboles verdes, con nieve blanca que resplandece y ciega y me obliga a sacar con urgencia las gafas de sol del anorak y ponérmelas.
El Toklat River es uno de los ríos más bonitos de la zona accesible del parque. Cubierto por el blanco manto de la nieve, el agua helada de ese curso ha esculpido respiraderos y grietas por donde se le ve discurrir bajo dos metros de hielo y nieve prensada. Tres esquiadores de fondo desafían la resistencia de esa superficie blanca y se deslizan con sus esquís por esa pista llana y amplia hasta el límite de un puente que lo cruza, más allá del cual es zona restringida.
Dejamos el coche en el último aparcamiento y hacemos una caminata a pie por la pista de tierra negra que se abre paso entre laderas cubiertas de nieve. Al llegar al puente el frío es tan intenso que nos obliga a ponernos los guantes, subirnos las solapas de los anoraks y calzarnos las capuchas en la cabeza. Seguimos camino, en solitario, por una foresta de delgados árboles que emergen de entre montones de nieve y la guardan aún en algunas de sus ramas. Hablamos en voz alta, por si por los alrededores hay algún grizzly, pero los únicos osos que vamos a ver en Denali Park son los de la película documental que pasaron en su cine, y no nos cruzamos en todo el camino con más ser vivo que un gigantesco abejorro al que ahuyentamos con nuestros palos y vuela tranquilamente sin sentirse amenazado por nadie, porque no hay pájaros que se lo coman.
A las cinco y media decidimos que ya hemos tentado la suerte suficientemente y damos media vuelta. Emborrachados de paisajes, salimos de Denali a las ocho y buscamos un lugar en donde cenar. Nada hay en el pueblo del mismo nombre, así es que seguimos la carretera hasta el próximo, Healy, dos gasolineras, una iglesia, un supermercado pequeño, un motel-pub y un puñado de casas dispersas por los montes de los alrededores. Un restaurante del que nos han hablado, Rosie, está cerrado, y el empleado de la gasolinera al que le preguntamos por algún sitio en donde comer nos dirige al motel-pub Totem. Está mal Alaska en plan de restaurantes y casi lo más práctico es hacerte amigo de algún lugareño y que te invite a su casa.
El motel tiene restaurante, pero en el restaurante, por inmoral, no sirven cerveza sino en el pub, unos metros más allá y en el mismo edificio, en donde también nos darán de cenar; así es que pasamos, como proscritos, a ese antro de perdición y borrachos que es el Pub del Motel Totem, con un vistoso tótem en su entrada y un rótulo luminoso parpadeante.
El pub, con música country a todo volumen, un mostrador en donde hay acodados gente del lugar y media docena de mesas de cristal con videojuegos incorporados, por si la comida te aburre, tiene también una zona de ocio que gira alrededor de un toro mecánico que es un oso disecado al que miran, atónitos como yo, desde las paredes, la enorme cabezota de un alce macho con sus gigantescas astas, una cabra montesa, una nutria, un salmón, un felino parecido a un lince, una marmota y una ardilla, toda la fauna disecada, después de cazada, de Denali Park. Me doy cuenta, entonces, de que yo soy el único mamífero de esa sala que no estoy disecado. Lo que más me asombra, aunque no salgo de mi asombro desde que llegué a Alaska, es el toro mecánico que es un grizzly de mediano tamaño con la boca abierta, sus afilados colmillos amenazadores y una lengua roja de plástico. Así es que sí, veo un grizzly en Denali, fuera del parque, convertido en toro mecánico y disecado en un pub de Healy, en el lugar en donde no esperaba verlo. Taxidermista, además de trabajador en pozo petrolífero, camionero por el Ártico y pescador de cangrejos, debe de ser una buena profesión en la última frontera.
Había un letrero en la puerta que pedían con urgencia cocinero-dice MJ. Así es que nos sé cómo estará la cena.
Ni quien la hará.
Son las nueve de la noche, la hora de la cena, y el sol que entra por la sucia ventana del pub me obliga a ponerme las gafas de sol, así es que como la sopa de alubias y las costillas de cerdo con puré de patatas y salsa, que no están mal a pesar de nuestra desconfianza hacia el cocinero eventual,  con ellas puestas frente a un pobre oso que hace de toro mecánico y del que caerán los lugareños del lugar cuando acudan al bar a beberse unas cervezas y divertirse, porque no hay otra diversión a muchas millas a la redonda que el pub Totem, sin acento.
Reina ruido en el bar. A la música country se suman tres pantallas de plasma, con tres programas distintos, una mesa vecina con ruidosos comensales que devoran pizzas, los abúlicos clientes de la barra del bar que hablan de sus cosas, encorvados sobre sus cervezas Amber Alaska, y un grupo de jóvenes, una chica rubia y tres chicos, uno con pañuelo en la cabeza, que entran cuando estamos acabando la cena y se beben tres jarras de cerveza gigantescas mientras bromean entre ellos.
Cain Brother y Tina Blondie comerán cerdo y puré de patatas en el motel Totem en donde se hospedarán y mirarán con asombro ese oso mecánico del que caen los chicos del pueblo. Y Caín Brother se levantará y se enfrentará con un negro, uno que entra con andares chulescos y contoneos, vestido con gabardina amarilla y luce una pequeña perilla y que parece el amo del lugar, porque mira más de la cuenta a Tina Blondie, y el negro, Dean Malcom, lo mandará  a la mierda mientras sigue bebiendo su cerveza lo que provocará que Cain le rompa la nariz de un puñetazo. Y ese incidente local, Dean Malcom maldiciendo al forastero, adelantará veinticuatro horas la marcha de Cain y Tina en su pickup azul cielo (hoy vi uno en la gasolinera de Healy en donde preguntamos para comer, y me gustó) hacia Fairbancks mientras Abel Brother y Wind of Aspen los están buscando por Anchorage.
Cuando salimos a la carretera sigue luciendo el sol. Y sigue luciendo cuando entramos en la habitación del motel. Y no luce, pero hay muchísima luz, cuando la luna se sitúa sobre nuestras cabezas y salimos a ver el paisaje a las once y media de la noche, que no es noche, para contemplar ese bosque ensangrentado que yo vi la noche anterior, pero hoy el fenómeno no se produce, no es tan vistoso, y el bosque rojo es un bosque con fondo blanco y azul. Pisamos la nieve que queda, y todavía no se ha derretido; fotografiamos, para tener pruebas de algo que nos cuesta aceptar, las montañas iluminadas por esa luz que sigue iluminando los alrededores del motel Denali Park Hotel a las doce de la noche, los pequeños estanques que se hielan alrededor del establecimiento del que somos los únicos huéspedes, las huellas impresas en la nieve de algún alce, o quizá un oso, que se acercó al complejo buscando comida en los contenedores de basura contra osos que estos no pueden abrir con su zarpa, y regresamos de nuevo a nuestra habitación, reacios a dormir, porque no es de noche, hay luz a la una de la madrugada, a las dos, a las tres, porque la noche no existe en Alaska en mayo y es día perpetúo.  Así es que a los dos de la madrugada, insomne como Al Pacino, con sus mismas ojeras, me tomo un café americano que me ha preparado MJ con la cafetera de la habitación y como una galleta. ¿Estoy desayunando sin haberme dormido ni haberme levantado? Alaska me desorienta en todo.

    

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