DIARIO DE UN ESCRITOR


Fairbanks 20, de mayo de 2013

Vamos a desayunar al motel Totem en donde cenamos ayer, pero no nos sentamos junto al oso mecánico sino en un comedor aparte. MJ pide un huevo, un trozo de jamón en dulce frito y patatas entre hervidas y fritas. Yo una tortilla de queso sin patatas, pero las patatas te las ponen igualmente y me las dejo. Mi tortilla lleva el queso fundido fuera, por encima. Sigue necesitando el motel Totem cocinero, lavaplatos y guarda de noche. Si ayer me sorprendí con el oso mecánico, hoy mi estupor se produce cuando entro en el váter. Las puertas no cierran, no cubren, son como las de los salones del Far West, abatibles, de modo que ves al tipo que está sentado dentro, la cara y los pies, y si no lo ves y crees que el excusado está vacío lo puedes tumbar con un golpe de puerta al abrir para entrar. Muy especial ese motel Totem.
On the road hacia Fairbanks por una carretera en obras cada cincuenta millas. Los árboles de los bosques boreales de Alaska parecen aquejados de raquitismo. Delgadas y de escasa altura, las coníferas de esas masas arbóreas no consiguen crecer en un suelo inundado de agua y con inviernos tan crudos y oscuros que les niegan la luz. Los bosques, a veces, son tan poco tupidos, que dan paso a la tundra encharcada. Estos árboles canijos son lo opuesto a las majestuosas secuoyas de Yosemite o Sequoia Park.
La carretera que conduce a Fairbanks llanea por una planicie infinita de humedales entre cordilleras de baja altura que ya no están nevadas. Los árboles son espigados, de ramaje débil, casi espinas. El cielo es de un azul apagado. No hay excesivo tráfico.
Atravesamos una zona pantanosa de tundra. Las pocas coníferas que brotan de ese suelo parecen quebradizas y agónicas. Alaska tiene tres millones de lagos y un billón de charcas. En pleno verano tiene que estar esto infestado de mosquitos.
Cada quinientos metros, en los arcenes de la carretera, hay buzones de correos de casas invisibles perdidas entre la foresta a las que se llega por caminos impracticables. Quizá sus dueños marcharon ya, hartos del clima y de la noche invernal, o se dispararon un tiro en la boca en el último invierno y allí están, sentados en el interior de sus casas, hasta que el vecino vaya a hacerle una visita o un oso olisquee su carne corrompida.
En Denali Park encontraron a Christopher McCandless, ese joven norteamericano muerto de frío e inanición que huyó de la sociedad y la vida y cuya triste historia de derrota recogió Sean Penn en la película Hacia rutas salvajes.  Alguien escribió una novela corta sobre su drama ecológico y fue un best-seller. La vida es así: unos mueren para que otros sigan viviendo.
Llegamos a Nenana que es un bosque de esas raquíticas coníferas, una tundra inundada, una gasolinera, una iglesia y un motel. Nenana, que da nombre a un río de Denali Park, o viceversa, y cruzamos luego por un puente de hierro el río helado. Sigue el paisaje de coníferas raquíticas y charcas con buzones en la carretera de las casas fantasmas.
Me fijo en el precio del galón de gasolina cuando pasamos por las estaciones de servicio. En California está a 3,70, en Nuevo México la hemos comprado a 3,15. Y Alaska que, junto con Texas, es el estado más rico en petróleo, la vende a 4,77. Paradojas.
Nos acompañan manchas de nieve que no se han fundido durante todo el trayecto hacia Fairbancks. Luce el sol, pero el cielo está de un blanco pálido. Sigue el tráfico tan escuálido como los árboles de ese bosque boreal.
Abunda la chatarra en Alaska. En los arcenes de la carretera hay camiones, camionetas y coches abandonados, con los hierros retorcidos y oxidados que, en otro lugar del mundo, estarían en un cementerio de coches.
Bajamos de una meseta hacia el llano por una carretera que serpentea y tiene vistas a un río importante, seguramente el Chena, que zigzaguea entre el bosque boreal. Sigue ese cielo de un azul pálido y feo, a tono con el paisaje.
Cuando dejamos la tundra y pasamos entre montes, las coníferas, con menos agua y más tierra, muestran un aspecto más saludable y no tan raquítico, crecen en anchura y altura, pueden echar raíces que aguanten sus troncos.
Atravesamos un bosque de árboles esbeltos de corteza blanca y sin hojas que hayan brotado de sus ramas, señal de que la primavera aún no ha llegado a Alaska.
En uno de esos buzones de casas perdidas en el monte hondea la banderita de Holanda. Un emigrante de los Países Bajos que huyó a la última frontera a vivir como Jeremias Johnson durante unos cuantos años y recogerá sus hazañas en uno de los muchos libros que escriben los aventureros que es instalan aquí y se venden en las librerías de Juneau, Anchorage o Fairbancks.
El aeropuerto está antes de llegar a la ciudad. El río que vimos desde lo alto, el Chena, lo cruzamos por un puente y lo vamos bordeando hasta que llegamos a Fairbanks, tres horas después de haber dejado Denali, una ciudad tan espantosa como Anchorage pero con peor paisaje. Conociendo las ciudades de Alaska, salvo Juneau, no me extraña que la gente se aísle por montañas y bosques.
Fairbanks es el sitio más caluroso de Alaska, con temperaturas que llegan hasta los 30 grados en verano, y también el más frío en invierno, cuando el termómetro baja hasta los 60 grados bajo cero de inhumana frialdad. Pero hoy marca 51 grados farenheit. Calor después del frío helador de Denali. Todo un contraste.
Pasamos por delante de una iglesia de madera. Hay tantas confesiones en Alaska como habitantes. La Primera Iglesia de Dios, la Segunda Iglesia de Dios, la Iglesia de las Cuatro Esquinas…
Dejamos el equipaje en el Motel Súper 8, nos aligeramos de ropa, tanto que yo me pongo una camiseta de manga corta, y nos vamos con el coche embarrado a la universidad de Alaska. Se encuentra ésta en la cima de una pequeña colina que es un mirador del bosque boreal, la tundra y una cadena de impresionantes montañas nevadas que se dibuja en el horizonte pero no se acaban de ver bien por el azul desvaído del cielo. En la universidad está el Museo del Norte. Entramos y vemos tres películas en su cine. Somos los únicos espectadores. Un documental habla de la relatividad del frío. Cada organismo lo siente a su manera, pero a veinte bajo cero las lentillas se pegan a la córnea y a treinta tiras un café helado y te queda una escultura. El frío, a pesar de que el termómetro baja más en donde estamos en invierno, es más soportable que en Juneau o Anchorage por la humedad que tienen esas dos ciudades próximas al mar. Entrevistan a pobladores solitarios que viven en la última frontera, los del buzón en la carretera, sin luz, agua y saliendo a la intemperie a hacer sus necesidades en invierno, que debe propiciar el estreñimiento. Todos afirman que Alaska es el mejor sitio para vivir. Los que sobreviven, claro. El otro documental es sobre las auroras boreales, esos fenómenos árticos de luces que se producen en los inviernos de Alaska. El tercero loa la estructura y el contenido del museo. Durante este último echo un sueño reparador.
Hay fotografías, en las paredes del museo, del fotógrafo japonés Michio Hoshino devorado por un oso en la península de Kantchatka. El oso lo sacó de su tienda y lo mato. Los osos se meten en todas partes y son tipos de cuidado. Se me están quitando las ganas de tener un encuentro con ellos.
En el Museo del Norte vemos el segundo grizzly de Alaska. Disecado. Otto es un enorme oso pardo ante el que todo el mundo se fotografía. Hace dos como yo, está alzado sobre sus dos patas traseras y es algo estrecho de hombros. El oso puede correr hasta 50 kilómetros por hora, pesar 600 kilos y de nada te sirve refugiarte en un coche porque lo destroza a zarpazos y te saca por el cuello por la ventanilla. Otto preside la sección de disecados del museo en donde hay bisontes, linces, osos blancos, más pardos, caribús y alces. Taxidermista, repito, es un buen oficio en Alaska. Todos los animales que no hemos visto en ninguna parte salvo en las ciudades y en este Museo del Norte. Curiosa la última frontera.
Los japoneses, durante la segunda guerra mundial, ocuparon las islas Aleutianas que están muy cerca de ellos. Por esa razón la ciudad de Tokyo, Alaska, que está en la frontera de Canadá, dejó de llamarse así pasa pasar a ser Tok. Guarda el museo, en una de sus vitrinas, la gorra, pistola, uniforme y sable de un oficial japonés que debió de hacerse le harakiri.
Solo 55 millas, las del estrecho de Bering, separan Alaska de Siberia. Alaska es la continuación de Siberia, o viceversa. El estrecho fue bautizado así en honor al danés Bering que estaba al servicio de los zares. Alaska fue rusa entre 1741 y 1867; en ese año la vendieron a Estados Unidos por sólo siete millones de dólares, a dos centavos el acre. Costó tan poco que ahora regalan tierra a quien tenga el valor de venirse a vivir aquí. Y en 1959 pasó a ser Alaska el estado número 49 con una bandera azul con estrellas que recuerda la de Europa.
Salimos del Museo del Norte con hambre y vamos a comer a un restaurante al aire libre en el parque de los pioneros, el Salmon Baker. Nos sentamos a una mesa de madera sobre bancos corridos a la intemperie aprovechando que la tarde es soleada y hace más calor que frío. Mi solomillo de salmón a la plancha está exquisito; el grueso bistec que se zampa MJ, tierno. De postre bizcochos caseros y café. No se come tan mal en Alaska, o yo como mejor que en otros sitios, o mi paladar se está atrofiando a marchas forzadas, que todo puede ser.
En el Parque de los Pioneros hay una especie de pueblo español al que han traído cabañas antiguas de toda Alaska datadas con sus fechas. Son viviendas hechas con troncos, pequeñas, de una sola planta, que se utilizan en la actualidad como tiendas, pero ninguna está abierta por estar fuera de temporada. También hay un barco de río, el Nenana, varado en tierra, y un vagón de tren antiguo como reliquias históricas del pasado reciente.
Regresamos al motel a las siete pm. A las nueve pm el calor es tan insoportable, porque el sol se ha colocado justo a la altura de nuestra ventana y allí permanece quieto, una hora larga, que tenemos que encender el aire acondicionado cuando ayer, veinticuatro horas antes, 160 millas atrás, a cuatro horas de carretera, nos moríamos de frío, tiritábamos y subíamos el termostato de la calefacción. Tierra de contrastes, Alaska.
            A las dos, cuando me duermo, me asomo a la ventana. Reina la luz del amanecer. Incluso en invierno, los lobos solitarios que eligen Alaska como sepultura, dicen que se ve muy bien por la calle a la luz de la luna y la nieve, y que lo importante, para combatir las depresiones, es estar siempre activo, descorchando la botella de whisky y llenándote el vaso una y otra vez.
 

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