DIARIO DE UN ESCRITOR


Seward, 27 de mayo de 2013


Nuestro último desayuno en el Swan Nest Inn, (y no Next como dije ayer aquejado por el sueño y el cansancio que también experimento hoy, el hotel que bien merece una novela por los tipos que pasan por el establecimiento y por Nick que se enrolla con ellos), que es también nuestro último desayuno en Alaska, se produce a las 8 de la mañana, cuando las nubes que estuvieron cubriendo de llovizna la zona comienzan a alzarse y el día se prevé tan radiante hoy como desabrido estuvo ayer.
Media hora antes me deslizo sin problemas por esa vertiginosa escalera de mano,  ejercicio gimnástico que puedo hacer aquí y ahora; con diez años más ya me habría caído de bruces sobre la moqueta del suelo la primera noche. Me ducho, me visto, arreglo, lo que se puede, mi pelambrera y barba de Jeremiah Johnson y voy al comedor en donde MJ ya está tomando su desayuno. Lleno mi taza de café, mi vaso de zumo de naranja y corto tres bizcochos de frutas diferentes que la mujer de Nick ha horneado la noche anterior: me encuentro como en familia, porque eso es lo que pretende precisamente el Swan Nest Inn, la familiaridad entre los que se alojan en él y su dueño, nada que ver con los roles de propietario de negocio y clientes, en el caso de que el hotel sea un negocio y no un medio de subsistencia, porque ocho habitaciones no dan mucho trabajo, pero tampoco mucho dinero.
Hay nuevos huéspedes sentados a las mesas y tomando su desayuno esta mañana, y cada uno de ellos va desgranando sus interesantes experiencias en Alaska, porque el Swan Nes Inn, realmente, no es un hotel al uso sino un lugar de cita de amigos circunstanciales de viaje por Alaska. Una chica que está a punto de dar a luz odia la última frontera, especialmente Anchorage, en donde vive, y declara estar deprimida por esos largos inviernos sin sol y frío que traspasa la piel porque la ciudad es húmeda. Un tipo que vive en Wassillia, el pueblo de Sarah Pallin, con la que nunca se cruzó por la calle, confiesa que está en Alaska por los sueldos elevados y que, cuando se jubile, se irá a los 48 de abajo. Nick, por el contrario, declara su amor por el estado más norteño de Estados Unidos, afirma que nunca más volverá a vivir en Los Ángeles, de donde se vino a los trece años, y asegura que se pueden hacer muchas cosas en toda época del año, incluidos los largos y duros inviernos, como acampar, sí, acampar en la cima de un témpano y dejarte llevar por la corriente. El procedimiento lo explica y es tan fácil como subir a esa cama que tengo en la habitación: se clava en la cima de hielo una plataforma de madera (no sé cómo se sube ni cómo se transporta en el kayak, pero esa es otra historia) y sobre ese suelo de madera, similar al que he tenido bajo mi cama (ahora sé de dónde le viene a Nick la afición por esos pisos altos a los que hay que trepar si se quiere dormir: es escalador) se ancla la tienda de campaña. Subir y bajar por el hielo, sin caerte al agua helada, como le pasó ayer al polluelo, es fácil: crampones en las botas, piolets, clavos y cuerdas. Una experiencia que no haré en ninguna de las vidas que me queden por delante: escalar un iceberg.
Mientras escucho todas estas historias de Alaska, de boca de los que están encantados con ese territorio helado y despoblado aunque comprar el papel de váter pueda ser una odisea de millas por carretera heladas, y de los que están allí sólo por el dinero que pueden ganar rápidamente, calibro si incluir en Brother a Nick, a Berge, que se levanta con bermudas y sale de la habitación con su mujer tailandesa con la que vive de forma intermitente cuando se va a Tailandia o ella deja su hotel de Pataya para  compartir sus vacaciones con el extrovertido dentista que habla un castellano musical por sus raíces bolivianas, a la embarazada deprimida que no soporta los oscuros y fríos inviernos, al chino malabarista Yaitzén del restaurante de ayer, a un montón de personajes a los que he ido conociendo gracias a la traducción simultánea de MJ, imprescindible para este periplo por la última frontera y mi conductora, en el sentido amplio de la palabra, aunque algunas veces haya sido yo su gps cuando se ha perdido por esas carreteras vacías y no había un alma a la que preguntar. Así es que dejaré Alaska con las puertas abiertas a un próximo viaje (eso sólo me ha pasado con Cuba, pero todavía no he hecho ese viaje aplazado) que haré si el dinero, la salud y mi tiempo lo permiten en otra época del año (con flores, Alaska, es otro territorio; y en invierno también debe serlo y los precios de lo que esté abierto quizá sean más asequibles) porque la última frontera ejerce sobre mí la misma fascinación, cincuenta años después de haberla leído, que La llamada de la selva, o quizá fuera del bosque, porque las traducciones no eran muy buenas ni fieles por los años sesenta del pasado siglo, pero que era un título que define perfectamente lo que puede ser Alaska para el viajero aventurero y todos esos lobos solitarios que tripulan barcas, avionetas, pickups, motos de nieve y trineos y viven alejados de la civilización por voluntad propia y porque sienten la llamada de la naturaleza de la que el hombre huyó y ellos regresan. La novela de Jack London, un clásico de la literatura de aventuras, retrata muy bien lo que mis ojos ven: paraíso para unos e infierno para otros.
Nos despedimos de Seward visitando de nuevo su puerto que, con sol, es otro, bien diferente. Barcos de pesca y pequeños yates y veleros privados comparten muelles. Me doy cuenta, entonces, entre otras cosas, de la enorme agilidad de los norteamericanos a la hora de montar negocios porque desde la fundación de Estados Unidos lo estuvieron haciendo de forma incansable e imaginativa y por eso están dónde están. A Seaword acuden pescadores de todo el país, obreros y ejecutivos que se quieren desestresar echándose a la mar en su propio barco o en uno alquilado para pescar alguna de las seis variedades de salmón que hay en sus costas, una especie pequeña de tiburón o los famosos y gigantescos halibuts para los que necesitarán cañas especiales de acero y luchar a brazo partido con el bicharraco. Alrededor del deporte de la pesca se mueve un importante negocio en Seward. No sólo alquilan barcos, con o sin capitán experto, sino que filetean el pescado que hayas capturado, lo envasan al vacío, lo meten en neveras especiales y lo envían al lugar de residencia del cliente. Quien pesca, o quien cace (ignoro si hay un sistema similar para que los cazadores se lleven troceados los alces y ciervos que caigan bajo el fuego de sus disparos) se lleva sus trofeos a casa, cómodamente, y se los come a unos cientos de millas de donde se hizo con su presa.  
Pero aún no me he ido, porque todavía queda Alaska por ver, así es que después de despedirnos de Nick, cuyo hotel, fuera de ironías, me ha encantado y recomiendo a todo aquel que quiera sentirse a gusto en Seward, hemos cogido el coche y nos hemos ido al Exit Glacier, que está a las afueras, y allí compruebo, mientras ascendemos por un camino no demasiado tortuoso, que Alaska tiene algunas cosas que no me gustan: la nieve, por ejemplo. La nieve de Alaska es muy diferente de la de Arán y, supongo, de la de toda Europa: no se compacta, y eso quiere decir que no hay manera de hacer una bola de nieve con ella, y no ofrece ninguna resistencia a tu pisada y te hundes irremisiblemente en ella y resbalas con frecuencia. La tocas y no parece nieve sino pequeñas bolitas transparentes de agua solidificada que se disuelven entre los dedos.
Quedan horas en Alaska y éstas nos van a deparar una sorpresa imprevista que no estaba programada en el glaciar Exit y que, según  los rángers del parque de Kenai, no pasaba desde cinco años atrás, así es que MJ y yo somos inmensamente afortunados por llegar a ese punto del parque nacional de Kenai en el momento justo.
De que los osos negros trepan a los árboles, algo que había leído sin  tomar demasiado en consideración, tenemos una constatación palpable a muy pocos metros de donde estamos, separados por un  barranco que es como los fosos de los zoológicos y nos da una cierta seguridad: uno de ellos, de tamaño considerable, devora, en la copa de un pequeño árbol, ajeno a nosotros, sus frutos y no le importa que un grupo de curiosos humanos contemple, embobado, su desayuno. Como si no existiéramos. El oso negro milagrosamente no cae de ese árbol alto al que se ha encaramado ni rompe ninguna de sus ramas que parecen frágiles pero son flexibles y se mueven con el peso del plantígrado. Come todo lo que le da la gana, se da su tiempo, baja sin problemas deslizándose por el tronco y desaparece tras los árboles.
Ese oso, y el impresionante glaciar Exit ante el que nos detenemos unos minutos, y un grupo nutrido de pescadores inuit que captura con redes la cena de hoy en el canal de Cook a las 9 pm, y el buffet libre en el restaurante del chino feliz, Yaitzén, que nos hace nuevos números malabares y confecciona un minúsculo perrito de papel con sus dedos gordezuelos que guardo en el bolsillo de mi camisa para entregar a una de las personas que más quiero, y el buen amigo Nick que adora Alaska y por nada del mundo se iría de allí porque en invierno trepa a los témpanos y se deja llevar por ellos, y los halibuts y salmones maravillosos que me he comido en todos estos días, y la delicada nativa que bailó delante de mí en Anchorage una mañana que nevaba con fuerza, y un ciclista gitano (Soy peligroso, dijo riendo, soy gitano, y exhibió una navaja imaginaria) cuyo abuelo era de Galicia y pidió que le hiciéramos una foto ante el lago Kenai antes de proseguir su viaje a Homer que le llevará otras treinta y seis horas pedaleando, y las enormes extensiones de ese curioso bosque boreal de árboles enanos, y las  noches que no son noches, y esa luna llena que me deslumbró en Valdez un día que no oscureció nunca, y ese frío pavoroso que experimenté en otra noche en vela en Denali, y esos tres glaciares que vi, más la rugiente cascada Nugget de Juneau, todo eso y más son imágenes que me llevo de la última frontera y que estaré digiriendo durante meses o quizá años.
Volveré le dije a Nick, con la cabeza protegida por un gorro de aspecto ruso que, finalmente,  me compré para mitigar la frustración de haber dejado escapar el del ejército soviético con la hoz y el martillo en Juneau por su precio excesivo.
¿Volveré? ¿Cuándo? ¿En qué vida?
Alaska, descubro en el último momento, es en realidad Alasha, tal como lleva escrito en su camiseta un taciturno y orgulloso pescador inuit en el canal de Cook que aprovecha la marea baja para capturar pequeños peces con su red. Ellos, los inuits, los auténticos habitantes de la última frontera, llevan cuatro mil años aquí, desde que cruzaron el estrecho de Bering; los demás estamos de paso, no pertenecemos a esta tundra esponjosa de subsuelo helado que impide que los árboles sean altos y que los lagos se deshielen.
Me voy de Alasha en plena primavera que acaba de eclosionar, en contraste con el invierno que saboreé a la llegada, con todos los árboles con hojas verdes que agita la brisa marina cuando los que vi en Anchorage, recién desembarcado del ferry, lucían ramas descarnadas. En apenas diez días se ha producido el ciclo de la vida, ha reverdecido todo el paisaje, los alces han tenido sus crías, aunque alguna de ellas acabará en las fauces de los glotones osos, y un polluelo cayó al agua desde un acantilado por cien que sobrevivieron.
Alasha.   


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