DIARIO DE UN ESCRITOR


Fairbanks, 21 de mayo de 2013

 
Nos perdemos el desayuno del Motel Super 8. Lo sirven de 6 am a 9 am, para que te lo pierdas. Así es que vamos al Denny's, que está a dos pasos, y pido tortilla con queso (el queso fundido va por fuera en vez de por dentro) y maravilloso café; MJ desayuna una torrija con sirope, pero no creo que sea como mis torrijas, las que hago yo cuando tengo un pan adecuado y ganas de hacerlas.
El centro de Fairbanks me parece tan espantoso como el de Anchorage. Bueno, quizá menos, porque luce el sol. En la Avenida 2 hay murales pintados que dan un poco de color a la sosa arquitectura del lugar. Lo más interesante es un bar, el Meca, en donde a esta hora temprana, las once am, ya entra gente con aspecto de estar alegre, o triste, y agudizar su estado con dosis de alcohol. Imagino que en invierno el dueño hará una fortuna con todos los borrachos de Fairbanks que no tienen otra cosa mejor que hacer que darle a la botella. Pero no exageremos, porque no veo a nadie que se tambalee por las calles; tampoco que ande recto. Realmente no hay nadie por la calle. Imagino el lugar en invierno. Aunque dicen que hay que estar activo, que hay ópera, ballet y no sé cuantos cines.
El río Chena, al que vamos, es puro chocolate. Parece sucio, pero no lo está. Arrastra lodo, ramas y trozos de hielo gris. El Discovery III es un antiguo barco fluvial, como los de las novelas de Mark Twain que iban por el Misisipi, con palas traseras que lo propulsan, quilla plana y tres terrazas. Nos situamos en la de arriba, tras comer un par de donuts y un café sin azúcar que va con la entrada, puesto que sigue haciendo sol en esta Alaska iluminada que se me hace extraña.
A orillas del Chena hay todo tipo de casas con sus embarcaderos privados y algunas con su hidroavión. El río, en invierno, se hiela y se convierte entonces en pista de patinaje por donde pueden ir los coches si el grosor lo permite. Yo, que tengo fobia al hielo, desde luego no sería uno de ellos. Las casas son de todo tipo, construcciones primarias que parece que se la haya hecho el propio propietario con pocas luces arquitectónicas, tipo barraca valenciana, o mansiones de tres plantas, amplios ventanales, porches, terrazas y garajes. Las hay cuyas paredes son simples troncos encajados y sellados con musgo y barro, como las primitivas cabañas que se construían los pioneros en plena fiebre del oro. No se separan unas de otras acotando sus jardines con muros, otra de sus características. Y en muchas de ellas ondea la bandera de Estados Unidos junto a la de la Alaska, tan parecida a la europea.
Esta gente tiene manía con el disecado. Lo que creo son tres patos en un jardín de una de esas casas me doy cuenta, tras ver que no se mueven, aletean ni dicen ni mu al paso del Discovery que son meras esculturas de carne. También hay un gigantesco alce relleno de serrín en la reconstrucción de un poblado athabascan en el que desembarcamos para estirar las piernas, ver una manada de caribús, antes de ser convertidos en vestidos, y escuchar la charla de tres chicas indígenas de la tribu athabascan dos de ellas, y la otra inuit, que estudian en la universidad de Fairbanks. Curioseamos el interior de las cabañas, modestas y primarias, un solo espacio en donde cocinar, dormir y descansar junto al fuego de la chimenea, todas construidas con troncos que encajan perfectamente y no dejan una sola ranura entre ellos, y asistimos al proceso del secado del salmón.
Salmón es lo que comemos en el barco, de regreso a su puerto fluvial, un delicioso paté de ahumado combinado con queso fundido, y comeremos en Salmon Bake que nos gustó tanto ayer, así es que ocupamos una mesa al aire libre en el Pioneer Park, porque hace calor, con nuestras raciones XXXL de pescado y lo acompañamos de judías dulces, un vaso de coca cola MJ y yo una limonada a falta de Gewutztreminer o Reisling. A todo se acostumbra uno.
Como queda tarde por delante, pero mucha tarde, en realidad toda la noche si queremos, vamos a un cine que está al lado del Motel Super 8. Teniendo en la retina la memoria de El gran Gatsby de Jack Clayton este Gatsby de fuegos artificiales me parece espantoso, y desde luego Leonardo DiCaprio no le llega a la suela del zapato a Robert Redford. Somos cuatro espectadores en la macrosala, pero el precio de la entrada, 6 dólares, es bastante más barato que en España.
Ando, al hilo de España, algo desorientado también de lo que pasa allí. Sé, lo que para mí no es una novedad, pues se cumple el dicho de piensa mal y acertarás, que el bodorrio de la hija de Aznar en El Escorial, esa ceremonia principesca que fue una ridiculez espantosa, se pagó, en parte, con el dinero de los corruptos que estaban invitados a ella, Correa y compañía, y que el genocida Videla murió en su arresto domiciliario perpetúo al que fue condenado, sin arrepentirse de lo que hizo porque ese generalote brutal siempre fue un desalmado, es decir, alguien que no tiene alma. No celebro la muerte de Videla, porque no celebro ninguna muerte, ni la de Franco en su momento, pero no nos desanimemos que seguro que la humanidad nos dará más Videlas, Francos, Pinochets, Hitlers y Pol Pots.

 

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