CINE / FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (2)

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
SEGUNDA JORNADA

Creo que voy a perderme definitivamente la película de Alberto Rodríguez El hombre de las mil caras, sobre ese simpático granuja llamado Paesa, muerto y resucitado cien veces, que aplicó sobre sí mismo el refrán de quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, pero lo malo es que Roldán nos robó a nosotros. Al lado de los que después vinieron, Paesa fue un aprendiz romántico de profesional de las cloacas. El estado mismo es ahora una inmensa cloaca.
Tras un frugal desayuno de pastel vasco, que voy a acabar aborreciendo, y café con leche en una de las muchas pastelerías cafeterías que inundan Donostia, paraíso para golosos pero con muy pocos obesos (el surf, la bici y el footing meten a raya los excesos gastronómicos), entro, por casualidad, sencillamente porque empieza una sesión a la hora exacta que termino el desayuno, al Kursal 2 a disfrutar de una nueva película de la sección Nuevos Directores.

Park, de Sofía Exarchou, una coproducción entre Grecia y Polonia, es Grecia en estado puro, ese país saqueado y sin esperanza al que Europa, y nosotros con ella, ha condenado a la miseria por décadas. La directora novel no puede encontrar un escenario mejor para la alegoría de su película que las abandonadas instalaciones olímpicas de cuando Atenas fue designada sede olímpica. En medio de piscinas sin agua, estadios comidos por la mala hierba, pistas de carreras que han  perdido su dibujo y vestidores destrozados, en cuyas duchas  milagrosamente aún mana el agua, Sofía Exarchou sitúa a un grupo de niños y adolescentes, marginados en una sociedad marginal, sin trabajo, escuela, oficio ni beneficio, que consumen las horas de una vida sin alicientes en juegos agresivos de dominación, beber cervezas, hacer sexo y cruzar un pitbull que han adoptado con otros perros de la ciudad. La directora centra el foco en dos de esos jóvenes, Dimitri, que trabaja en la marmolería del amante de su madre hasta que éste lo despide, y una chica soñadora que hace contorsiones y se integra bien en la banda de los muchachos. Park es un film durísimo, de estética árida, que retrata el presente griego a través de ese grupo de jóvenes (y a Europa a través de esos turistas que buscan sol,  mar y alcohol barato en sus playas, y con los que la pareja se interrelaciona en ocasiones, para sentirse europeos, acompañándolos en sus absurdas bacanales) y lo hace con una simplicidad cinematográfica asombrosa, sin artificios de ningún tipo ni  cargar las tintas en lo melodramático. Una buena fotografía, feísta, unos actores que parecen no interpretar ante la cámara y una pareja protagonista que hacen sexo pero en ningún momento se abrazan ni se besan son los elementos dramáticos con los que juega esta película griega más que notable.

La china Yo no soy Madame Bovary va a competición y es de esas películas que uno agradece, y cómo yo varios de los asistentes a su proyección, para hacer una cura de sueño. La película de Xiaogang Feng es, además de insoportablemente larga, más de dos horas, estúpida. A la manera de cuento de hadas con visos  aleccionadores, un narrador explica la historia de la campesina Liu Xuelian (Fan Binbing) que se empeña en demandar a todas las instituciones habidas y por haber por una sentencia falsa de divorcio. Esa insignificante campesina, por un asunto muy simple, pondrá en cuestión toda la inmensa arquitectura burocrática  china y en jaque a las autoridades, desde el juez al politburó de Pekín pasando por el alcalde, el jefe de barrio, de zona, de comarca, etc. Durante más de dos horas soporíferas, que ponen a prueba la paciencia del espectador, se repite la misma historia de la obsesa demandante, que dedica diez años de su vida a pleitos, adobada con alguna ramificación sentimental (la protagonista se lía con un antiguo compañero de escuela metido a cocinero del politburó, que acaba traicionándola) y lo único novedoso de la propuesta china es la pretendida originalidad de los formatos utilizados (pantalla redonda, tipo catalejo en las secuencias rurales; cuadrada, en las urbanas; y, al final, panorámica, sin que haya justificación narrativa alguna para semejante modernidad). El remate es el final, con moralina incluida (al parecer todo ese montaje alrededor del falso o no divorcio de la pareja está relacionado con la abolida ley del hijo único) y tiene uno la sensación de que ese cuento de hadas, con algún guiño humorístico que resbala a este espectador saturado, no es más que un panfleto aleccionador financiado por las autoridades chinas que entonan un mea culpa por estar tan distantes del ciudadano de a pie (esa campesina pesada que detiene con pancartas sus coches oficiales) y tan centrados en la gran política. Un desbarre en bonitos colorines, eso sí.

Me estreno en Horizontes Latinos, una sección del Festival de San Sebastián que suele ofrecer películas de enorme calidad, así es que me traslado trescientos metros, los que median de los cines Trueba al Kursal 2, batallando contra la lluvia y el viento que forman parte del ADN de la ciudad, para quitarme el mal sabor de boca de la película china, y lo consigo de lleno con una propuesta que viene de un director colombiano, Juan Andrés Arango (Bogotá, 1976), y de título extraño, X Quinientos, una coproducción del 2014 entre Canadá, Colombia y México que tiene localizaciones en esos tres países y además en Filipinas. Conforman la película tres historias de desolación, muerte y violencia,  que no se cruzan, y tienen lugar en México, Canadá y Colombia, de las que parece que sus protagonistas, faltos de lazos afectivos y devorados por el grupo, o jauría más bien, no vayan a poder salir enteros: David (Bernardo Garnica Cruz) un joven mexicano deja su aldea, cuando muere lo último que le liga a ella, su padre, y va al DF, pero vive en un suburbio peligroso en donde es captado por una banda que lo coacciona violentamente; Alex (Jonathan Díaz Angulo) un joven pescador colombiano negro debe hacer trabajos sucios para un clan de delincuentes locales sumamente violentos para conseguir un nuevo motor para su barca, pero da un golpe de timón cuando ve que su hermano pequeño cae en la misma red y se convierte en niño sicario; y María (Jembie Almazán), una chica filipina inadaptada que ha perdido a su madre y vuela a Canadá para ser adoptada por su abuela, no se integra en ese país del primer mundo, reprocha a su benefactora que haya abandonado a su madre en los momentos más duro y pronto buscará jóvenes marginales y conflictivos con los que integrarse para dejar la escuela y cometer fechorías. Hay mucha intensidad dramática y verismo en esas tres historias protagonizadas por jóvenes inadaptados carentes de afecto que buscan la protección del grupo porque les ha fallado la familia, y lo cuenta Juan Andrés Aranco auxiliado por intérpretes en estado de gracia y una luminosa fotografía que retrata bien los infiernos personales de los personajes.

Sigo apegado al cine de los Países Bajos, así es que me dispongo a ver una película hablada en flamenco que compite en la sección Nuevos Directores del festival. Le ciel flamand viene firmada por Peter Monsaert y es tan desasosegante, o más, que Waldstille, y además hay también niña en la historia, Vanessa (Isabelle Van Hecke) sólo que esta tiene una madre, Sylvie (Sara Vertongen), y una abuela, Monique (Ingrid de Vos), que se dedican a la profesión más antigua del mundo y regentan un burdel, algo que la niña no puede dejar de ignorar aunque nunca le permitan asomar la nariz al lugar de trabajo familiar. El drama estalla cuando, el día de cumpleaños de la pequeña, por descuido de la madre, la niña accede a esa zona roja prohibida y tiene además la mala fortuna de tropezar con un pederasta francés, Philippe Leclerc (Serge Lariviere), incidente que provoca un debate moral entre la abuela y la madre sobre la idoneidad de su oficio. Peter Monsaert vira en el último tercio de la película hacia el noir y ello favorece a Le cel flamand y que cobre relevancia uno de los personajes más oscuros de la historia, el tío Dirk (Wim Willaert), el conductor de autobuses.
Tienen que aparecer por la ciudad Ethan Hawke, Sigourney Weaver y Gael García Bernal. Hoy se le esperaba a este último en la alfombra roja del Kursal pero no me esperé a verle. En vez de ello eché una mirada al mar de fondo del Cantábrico y a las olas que subían ría arriba por delante del teatro Victoria Eugenia. También se espera un aluvión de políticos, hay que recordar que son elecciones en Euskadi, y andaba hoy por aquí Pedro Sánchez y me encuentro en las paredes el careto de Arnaldo Otegi: no hay que olvidar que ellos también son actores. 


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