CINE / FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN (3)

FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.

TERCERA JORNADA
Ethan Hawke recibió ayer noche el premio Donostia a una carrera extraordinaria como actor de la que me quedo con Antes que el diablo sepa que has muerto, el canto de cisne de Sidney Lumet. Yo no lo vi. Yo no veo a nadie encerrado como estoy catorce horas en los cines y cruzando en uno y otro sentido el puente de María Cristina. Yo no veo más que fantasmas en las pantallas blancas de las salas de cine, y vidas que sueñan los creadores que son los directores. Pero sí vi, sentada en una terraza, a Adéle Haenel, una de las jóvenes intérpretes de Huérfana. 

Cabría dilucidar si Florence Foster Jenkins, la última película de Stephen Frears, es una perla. Yo creo que no, pero está en la sección Perlas del festival donostiarra. La realidad siempre supera a la ficción, así es que la increíble, patética y tierna historia de Florence Foster Jenkins, una apasionada de la música neoyorquina cuyas dotes como cantante de ópera eran nulas y llenó el Carnagie Hill de la Gran Manzana, amén de vender miles de discos con sus espantosos trinos, es tan real como inverosímil.  El film es la versión americana de una comedia francesa estrenada no hace un año con el nombre de Marguerite: afrancesaron al excéntrico personaje y la dirigió Xavier Giannoli. En esta ocasión los franceses se le adelantaron a Stephen Frears, exactamente lo contrario de lo que ocurrió con Valmont de Milos Forman. El director de Los timadores es  una firma que garantiza corrección y oficio, pero sigue muy lejos el realizador británico de su obra cumbre Las amistades peligrosas. El biopic de la excéntrica cantante de ópera y dama de la alta sociedad neoyorquina es una película que se ve bien, está cuidadosamente ambientada en el NY de los años cuarenta con exteriores e interiores suntuosos en donde no falta detalle (de nuevo la ciudad de las ciudades convertida en glamuroso plató) y su principal baza  es la interpretación que Meryl Streep hace del histriónico personaje; la protagonista de Memorias de África hace gala de su don de impostar voces, en la que es maestra indiscutible así como en el de clonar acentos extranjeros, y de su desenfada vis cómica. Hugh Grant, como esposo de la diva, el británico St. Clair Bayfield, borda su papel, mientras Simon Helberg, como el divertido pianista Cosme McMoon, demuestra tener dotes como gran comediante. Podía firmar perfectamente  Florence Foster Jenkins Woody Allen, pero lo hace Stephen Frears

El cine rumano goza de un prestigio cinematográfico muy alto desde Cuatro meses, dos semanas y dos días, pero Vanatoare, de Alexandra Balteanu, que se proyecta en la sección Nuevos Directores, no hace honor a esa cinematografía. Mujeres rumanas que ejercen la prostitución en un paraje desolado en donde se cruzan vías y carreteras, y junto al bar de un mafioso. Vidas de mierda las de esas mujeres que hacen sexo sin miramientos por una miseria de dinero que luego se queda la policía cuando las detiene.  Pero a la directora rumana, adicta al dogma (molesto sonido directo;  vaivenes de cámara; ausencia de montaje) le falta el sentido de la elipsis, con lo que las secuencias, cuatro o cinco conforman la película, se eternizan por el forzado estiramiento de las mismas, y además está trufada de diálogos absurdos (la larga discusión en torno al respeto entre el mafioso del bar y la prostituta más joven) que nada aportan.  Vanatoare es una película corta que se hace larguísima.  Un mortal aburrimiento con intenciones muy críticas, eso sí, de otro país europeo que parece que no se va a levantar en mucho tiempo.

Sale el sol en Donostia y ese fenómeno paranormal atmosférico tiene su correlato cinematográfico dentro de los cines Trueba y en la Sección Oficial.  Si creía que lo había visto todo con la china Yo no soy Madame Bovary y la rumana Vanatoare, estaba muy equivocado, pero suerte que me coge bien desayunado.  El gigante, la representación sueca al certamen, parece una broma del país que la ha elegido para estar en el certamen y del comité seleccionador. Lo mejor que se puede decir de ella es que se equivocaron de festival y debieran haberla mandado a uno de cine infantil. La película de Johannes Nyholm parece una versión Disney de La parada de los monstruos de Tod Browning. El protagonista es un hombre con graves deformaciones craneales, una especie de hombre elefante, que vive en una residencia con personas aquejadas por graves problemas psíquicos y malformaciones físicas. La pasión del tal Rikard es la petanca, así es que se irá al campeonato de petanca de los países del norte de Europa a competir con los campeones daneses y triunfará. En sus fantasías Rikard se sueña un gigante que recorre con sus zancadas el mundo que ve desde su altura con un único ojo. Una estupidez para vendernos la idea de que la monstruosidad la establecemos los que nos creemos normales, tema que fue tratado magistralmente tanto por David Lynch en El hombre elefante como por Peter Bodganovich en Máscara. El  argumento de El gigante, con su insoportable tufo sensiblero y explotación de la deformidad, es tan estimulante como ese deporte playero en el que el film consume buena parte de su metraje, pero algo paranormal debe de haber pasado en el festival con ese tema, con el de los gigantes, porque Colossal, de Nacho Vigalondo, y Un monstruo viene a verme, de J.A. Bayona, están pobladas por esos enormes seres, así es que creo que voy a perderme a conciencia esas dos películas. 

Lo mejor del festival de San Sebastián lo encuentra uno fuera de la Sección oficial.  La película de Emir Kusturica es una de esas perlas que uno no puede perderse y por las que  sustituye la comida de las 14 horas por un pastel vasco.  Confieso que a veces me cargan los excesos del realizador serbio, pero debe ser que ando hambriento de buen cine, y de otras cosas mi estómago, y el desenfreno visual y narrativo del  iconoclasta director de Underground me ha llegado hasta el tuétano. Que todavía existan creadores tan libérrimos como Emir Kusturica es un lujo.  El serbio sigue fiel a sí mismo,  facturando ese cine barroco, surrealista y desmesurado a ritmo de frenético ritmo zíngaro: ocas que arden después de rebozarse en la sangre de un cerdo; una gallina que pone huevos mientras se mira en un espejo; ovejas reventadas por minas; una serpiente que bebe leche; un halcón que no se desprende de su amo; un oso que come de la boca del protagonista; un reloj que devora entre sus engranajes manos y brazos que pilla;  fiestas salvajes con baile y alcohol y ritmo frenético que no tienen fin, y, en esa alocada atmósfera, la guerra y su sinrazón, la locura humana superando a todo lo animal en su irracionalidad más absoluta, y de la que el director extrae un original humor negro marca de la casa.  El mundo animal y el racional de la mano en ese circo sin horario que monta el director serbio. On the Milky Road, En la carretera de la leche (porque es la que el protagonista, encarnado por el propio Emir Kusturika, recorre una y otra vez a lomos de un burro cargado con leche recién ordenada) es también un poema de amor kistch alrededor de un ángel, la actriz  Mónica Bellucci que resplandece en todas las secuencias del film.  Cuando parece que la desmesurada On the Milky Road ha terminado, empieza de nuevo.  Genial y excesivo como siempre, amado y odiado a partes iguales, es una suerte que el cinéfilo aún pueda coger un empacho de este director inclasificable y original que se quiere a sí mismo y no está dispuesto a cambiarse. Que siga.

Seguimos con las perlas. ¿Me podrá sacar alguna película el buen sabor de boca que me ha dejado On the Milky Road. Pues casi lo consigue la posterior propuesta de Mia Hansen-Love, El porvenir, una lección de cómo una intelectual puede paliar las adversidades sencillamente porque tiene la cabeza bien armada. Cine minimalista el de El porvenir, en el que, aparentemente, nada sucede pero sí. Sensibilidad a flor de piel de la joven directora francesa y cuidado a los pequeños detalles que no pasan desapercibidos al espectador atento. La caligrafía de la extraordinaria película de la realizadora de Edén, sobre la vida de su hermano disc jokey obsesionado por su trabajo, es precisa, de filigrana, en esta recreación de la vida de su madre, así es que Mia Hansen-Love vuelve a radiografiar su proximidad emocional. Una madura profesora de filosofía de un instituto de París, Nathalie (una extraordinaria Isabelle Huppèrt, sin duda la mejor actriz francesa del momento), apasionada de su trabajo docente y revolucionaria en el pasado pero algo conservadora en el presente (se enfrenta a los estudiantes huelguistas que impiden a sus alumnos asistir a su clase), atraviesa una etapa crucial en la vida a partir de la cual es preciso reinventársela: su marido Heinz (André Marcon), también profesor de filosofía, con quien lleva una eternidad casada, la deja para irse con una mujer más joven (el momento más tenso es cuando han de partirse la biblioteca); su madre depresiva y posesiva, Yvette (Edith Scob , la protagonista de Ojos sin rostro de Georges Franjú, aquí una anciana bellísima y elegante), intenta suicidarse, lo que la obliga a internarla; y a ello se añade un cierto cansancio existencial del que sólo le salvan sus dos hijos encantadores, Chloe (Sarah Le Picard) y Johann (Solal Forte), y un grupo de ex alumnos con los que comparte discusiones filosóficas. Teóricamente Nathalie está libre de ataduras, más cuando muere su madre, y por ello acepta la invitación que le hace Fabien (Roman Kolinka), joven radical libertario que es su alumno más aventajado, sobre el que ejerce un afecto protector (consigue que su editorial le publique un libro), para pasar unos días en una casa de campo en la montaña que comparte con otros muchachos de su edad. Y allí es cuando se produce una historia de amor perfecta, porque las historias de amor perfectas son aquellas que nunca tienen lugar, entre Fabien y su profesora (sencillamente magistral ese primer plano de los ojos del joven libertario filósofo que conduce de regreso a la granja, tras haber dejado a su profesora en la estación de tren, sabedor de que ya no se cruzará más en su camino). La vida sigue, sin sobresaltos, para Nathalie, un personaje femenino con quien resulta imposible no empatizar, que nunca acepta el papel de víctima, aunque la vida le golpea, quizá porque, como dice ella, suple los afectos perdidos con la sabiduría que le da los libros y la filosofía que se aplica sobre ella misma.

La primera película española de la Sección Oficial que veo es Que Dios nos perdone, un thriller negro dirigido por Rodrigo Sorogoyen. Un asesino y violador de ancianas anda suelto por Madrid coincidiendo con la visita del Papa Benedicto y la policía debe actuar con cautela para que la noticia no explote en la prensa. Coincide el tiempo con la etapa más salvaje de la crisis y el movimiento de los indignados del 15M.  Dos policías muy diferentes en carácter y en método, el tartamudo e introvertido Velarde (Antonio de la Torre) y el violento Alfaro (Roberto Álamo), se harán cargo de una investigación exhaustiva del caso que les llevará a enfrentarse con sus superiores jerárquicos y con sus compañeros. El director de Stockholm dirige con brío este film policial y dibuja con verismo el perfil de esa pareja de policías tan diferentes pero que se complementan. Ritmo y emoción garantizados de principio a fin, y final de altura.  

Mañana más, y seguramente mejor. Hoy vi la luz del sol durante cinco minutos. Cosas de estar siempre a oscuras.



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