lunes 26 de julio de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

26 de julio de 2010
O algo así. Llueven, y no cesan, las reseñas positivas sobre La Frontera Sur. Creo que son elogios inmerecidos. La última la firma Luis Vea García, excelente cuentista. Pero los recibo bien. Esa es la buena noticia. La mala es que Facebook me hace la puñeta, me bloquea la cuenta, me miente como un villano diciendo que erré en la contraseña. Imagino que soy incómodo en ese foro. Pues nada, que si no contesto no es porque no quiera sino porque no puedo. Mientras, calor en Granada y soñando con paseos por el verde Pirineo. Y dolor, no del físico. Y sentimientos de culpa, que no me faltan, mientras me siento villano de alguna de mis novelas, y quizá lo sea. Hay quién cree ver en mí a Mike Demon. Y mientras ensayo mi papel para una obra de teatro de Gregorio Morales con el riesgo de acabar en el fondo del Genil. Y preparo, a marchas forzadas, mi ponencia en la Universidad de Granada que tiene por título Asesinos y escritores. Calor. Mucho calor.

miércoles 21 de julio de 2010

LA RESEÑA

Esta no es una reseña más puesto que la firma el escritor Guillermo Orsi, uno de los más destacados representantes de la novela negra argentina que acaba de obtener el premio Dashiell Hammeth de la Semana Negra de Gijón y, desde ese evento, gran amigo.

LA FRONTERA SUR
José Luis Muñoz

Editorial Almuzara (2010) 374 páginas.

¿Dónde acaba el paraíso y comienza el infierno? ¿Qué hay en el medio, qué zona gris que algunos confunden con la vida, qué zanja abierta en la existencia humana?
No son preguntas que Mike Demon se formule. No al menos de modo explícito o consciente. Sin embargo, es en la busca de esos límites, en la exploración atávica de su propio territorio, en lo que consume su opaca vida de corredor de seguros.
Mike Demon vive en Los Ángeles, California, aunque su oficio lo lleva por autopistas, rutas y caminos vecinales, atendiendo a una clientela variopinta, para regresar siempre, al cabo de sus jornadas de trabajo, a la tibieza del hogar, a los brazos de su esposa Suzanne, al mundo conocido de un típico hogar medio americano.
Ocasionalmente, este viajante cruza la frontera. No cualquier frontera, sino la que divide al primer mundo del tercero. No hay segundos mundos, cabe aclararlo, ni para el protagonista de esta novela ni para la arbitraria y feroz clasificación que de las sociedades se hace en las alturas del poder. No hay zonas grises, no hay transiciones ni la posibilidad de adaptarse, como quien emerge de la profundidad del mar o cae desde la estratosfera.
En uno de estos viajes, Demon conoce a Carmela, una bella india mexicana a quien su propio hermano explota sexualmente. Como sucede en el despertar a la vida adulta, ella sueña con ser quien no es, con escapar, con cambiar su piel al otro lado de la frontera.
Parece ocioso aclarar que, al enamorarse de Carmela, el vendedor de seguros abre la puerta de su infierno personal, acomete una expedición para la que no está preparado, se margina de lo que hasta entonces ha sido su precario edén de pequeño burgués republicano. Da un primer paso, luego un segundo y al tercero o cuarto ya está atrapado, ya ha prometido más de lo que está dispuesto a cumplir, ya ha entrado en la red de la corruptela y la violencia que campean impunemente en los callejones y los prostíbulos de Tijuana.
José Luis Muñoz es un autor sorprendente. Diálogos y personajes absolutamente verosímiles, breves pero certeros trazos en la descripción de ambientes, y ya estamos metidos en su historia, compartiendo la desazón de Mike Demon con la misma intensidad que la esperanza entre ingenua y perversa de Carmela. Hay libros que uno cruza despacio, con una lectura minuciosa y lenta, buscando sus recodos para detenerse en éste o aquel capítulo. Este ejercicio de lector paciente no es posible, no lo es desde la primera página, en “La Frontera Sur”, una novela que no permite otro abordaje que la entrega a su potente historia de amor y de violencia, a sus exuberantes personajes que, como si actuaran ya por su cuenta, tejen la trama de una historia atrapante, de un vertiginoso viaje al fin de la noche que ya no es posible abandonar hasta la última página.
No hay zonas grises, decía. No hay sosiego cuando se cruzan los abismos que nuestra civilización no sólo tolera sino que promueve con obscenidad. En su tanteo en la oscuridad, Mike Demon tropieza una y otra vez con eso que se interpone obstinadamente entre su confortable existencia y la felicidad. Sus propias limitaciones –y las de su entorno: una sociedad opulenta e indiferente que no atina a ver el mundo más allá de sus coquetos jardines- lo atrapan como un cepo, lo inmovilizan en unas celdas tan cerradas y en un mundo tan violento como aquél, al otro lado de la frontera, aunque con otros códigos.
“La Frontera Sur” habla de esto, con escenas de ritmo y resolución cinematográficas, sin efectismos, abandonando a sus personajes a la suerte que ellos mismos juegan como fulleros sin respaldo. José Luis Muñoz escribe sin manierismos, con eficacia demoledora, a puro contragolpe. Como un boxeador acorralado, saca fuerzas de la desesperación de personajes y situaciones sin salida, y encuentra una que los lectores disfrutamos: la de la mejor novela negra. Y gana por nocaut.
Guillermo Orsi



LA ENTREVISTA

La magnífica y extensa revista Narrativas, que dirige con pericia y tesón Carlos Manzano, publicación que no sólo reseña de forma exhaustiva las novedades literarias sino que incluye en ella magníficos textos creativos de una y otra orilla del mundo hispano, tuvo a bien entrevistarme. Reproduzco íntegro el texto de esa larga conversación.Narradores
José Luis Muñoz
Salamanca (España), 1951
http://lasoledaddelcorredordefondo.blogspot.com
* * *
José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) estudió Filología Románica en la Universidad de Barcelona durante los años de las revueltas estudiantiles contra la dictadura franquista y militó en grupos de oposición democrática hasta la muerte de Franco. Es escritor, novelista, articulista, apasionado del cine y viajero. Aunque ha incursionado en casi todos los géneros literarios ─el fantástico, el erótico y el histórico─, el que más ha frecuentado ha sido el género negro, siendo uno de sus más genuinos representantes en España. Como articulista de opinión ha publicado numerosos escritos y columnas en los diarios El Sol, El Independiente, El Observador y El Periódico, entre otros, y reportajes en las revistas GQ, DT y Cinemanía. Escritor vinculado a la Semana Negra de Gijón, desde sus inicios, ha dictado también conferencias en universidades de Latinoamérica e intervenido en diversos foros literarios, siendo su presencia habitual en la Semana Negra de Gijón que organiza el escritor hispano mexicano Paco Ignacio Taibo II. Tiene en la red el blog literario La soledad del corredor de fondo, que en un año ha recibido más de treinta mil visitas.
Entre los numerosos premios literarios que ha obtenido a lo largo de su carrera destacan el Tigre Juan, el Azorín, La Sonrisa Vertical, Café Gijón y Camilo José Cela. Simultánea la escritura de novelas y libros de relatos ─La lanzadora de cuchillos (Icaria, 1989), Una historia china (Editorial Koty, 2000) y Viajeros de sí mismos (Brosquil, 2006)─ con reportajes de viajes para las más prestigiosa revistas del ramo como Traveler y Viajes National Geographique, entre otras. Sus obras han sido traducidas al búlgaro, checo, italiano y francés.
Publicó en Etiqueta Negra, la mítica colección policial de Paco Ignacio Taibo II para Júcar, sus dos primeras novelas policiales: El cadáver bajo el jardín (Júcar, 1987) y Barcelona negra (Júcar, 1987). Le siguieron Los ojos ajenos (Ayuntamiento de Toledo, 1988), El barroco (Plaza & Janés) 1988), Serás gaviota (Ayuntamiento de Toledo, 1989) y La casa del sueño (Laia, 1989). Con una novela negra y erótica, Pubis de vello rojo (Tusquets, 1990), se alzó con el Premio La Sonrisa Vertical. Con Mala hierba (Grupo Libro 88, 1992), El final feliz (Ayuntamiento de Alcorcón, 1993), La malformación de R. Melic (El Brocense, 1994), La precipitación (CIMS, 1999) incursiona en el género negro con sabor americano, la novela social, el fantástico y el policial, respectivamente. Lifting (Algaida, 2001), con la que obtuvo el Café Gijón, fue un punto y aparte humorístico en su carrera.
En 2001 recibe el encargo de Editorial Planeta de novelar el descubrimiento de América, y lo hace en tres tomos, Guanahaní (Planeta 2001), El fuerte navidad (Planeta, 2002), Caribe (Planeta, 2002), que constituyen la trilogía La pérdida del paraíso, editado simultáneamente en España, Colombia y México y distribuido por todo el continente latinoamericano.
Vuelve al género erótico con El sabor de su piel (Alfadil, 2004), con la que gana el premio Letra Erótica que convoca la editorial venezolana, y al histórico con Los ritos ajenos (Ayuntamiento de Jumilla, 2005), sobre la persecución de los judíos en tiempos de los Reyes Católicos.
Sus últimas novelas publicadas son todas de género negro: Lluvia de níquel (Algaida, 2004), sobre la locura adictiva del juego en Las Vegas y al hilo de un reportaje que publicó en la revista GQ con fotos de Helmut Newton; Último caso del inspector Rodríguez Pachón (Algaida, 2005), una intriga policial en la sensual La Habana, y La caraqueña del maní (Algaida, 2007, thriller de etarras y chavistas ambientada en Caracas que recibió unánimes elogios literarios y mencionó el New York Times a raíz del incidente Chávez-Rey de España.
Acaba de publicar, El mal absoluto (Algaida, 2008) drama de venganzas que giran alrededor del Holocausto, en clave de thriller psicológico, que obtuvo el premio Ciudad de Badajoz, y el libro colectivo Lo breve si breve (Albardanía, 2008) en donde se incluye un relato sobre la película porno que rodara Marilyn Monroe.
Su última novela, El corazón de Yacaré (Imagine Ediciones), una historia romántica con tintes negros ambientada en Sudamérica que transcurre en un país imaginario que es la síntesis de todas las sangrientas dictaduras que ensombrecieron el continente entre los años 70 y 80 del siglo pasado fue presentada en el marco de la Miami Book Faire International.
Sus novelas han merecido elogios, entre otros, del cineasta Luis García Berlanga, del desaparecido escritor Manuel Vázquez Montalbán, de la RAI, los medios de comunicación franceses y de la crítica literaria argentina afincada en España Lilian Neuman, así como de las revistas Qué Leer, Culturas de La Vanguardia, el blog de literatura La Tormenta en un Vaso, La Biblioteca Imaginaria, Anika entre libros, Llegir en cas d’incendi, entre otros, y han sido citadas por el New York Times.
Acaba de ganar el IV Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona con La Frontera Sur (Almuzara, 2010). Su último libro publicado, que hace el veintiocho, es La mujer ígnea y otros relatos oscuros (Neverland, 2010).
NARRATIVAS: Desde tus primeras novelas, editadas allá por 1987, han pasado ya unos cuantos años en los que has publicado un buen número de libros. ¿Qué camino dirías que ha tomado la narrativa de José Luis Muñoz desde sus inicios hasta la actualidad?
JOSÉ LUIS MUÑOZ: Bueno, creo que se ha abierto, ha ampliado horizontes. Mis primeras no-velas eran más locales, quizá porque no conocía tanto mundo o porque me interesaba más el inmediato. Las últimas transcurren en México, Venezuela, Alemania, Estados Unidos, Cuba…En las primeras novelas había, quizá, un mayor deseo de experimentación que, en las más actuales ha quedado un poco arrinconado por el deseo de construir historias lo mejor armadas posibles, creíbles, que atrapen al lector. Pero sigo apegado a los géneros, en especial al género negro que me ha marcado desde el inicio. Y en todas ellas, las de antes y las de ahora, hay un punto de vista nihilista de la condición humana, una visión negativa del hombre, por lo que es difícil encontrar en mis novelas personajes positivos y felices sino contradictorios y torturados.
N.: Has publicado varias novelas que podrían encajar dentro de géneros diversos (policiaco, viajes, erotismo, novela romántica…) ¿Te calificarías a ti mismo como un autor de género? ¿Por qué crees que algunos escritores utilizan ese término de una manera peyorativa?
JLM.: Los géneros son la literatura con mayúsculas. La Odisea es un libro de viajes. El Quijote, un libro de aventuras. Crimen y castigo, una novela negra. Lolita es una novela romántica. Asumo los géneros, trabajo dentro de ellos, pero violo sus normas. Pubis de vello rojo era una novela erótica, pero también negra. El corazón de Yacaré era romántica, pero sobre todo negra. La Frontera Sur es una novela negra, sí, pero también podría ser un western moderno, con sus paisajes más emblemáticos, con el chico pasando la frontera mexicana para salvar a la chica y fracasando en su empeño. A mí no me molesta en absoluto que se me clasifique como autor de género, y como dices he indagado en casi todos los posibles. Es más, de memoria te puedo citar a un par de académicos, Arturo Pérez Reverte y Antonio Muñoz Molina que son apasionados de los géneros y los dos han escrito novela negra. Y un autor tan maravilloso como Francisco González Ledesma no sólo escribe género negro sino que vuelve a la novela del Oeste. Ese desprecio del que tú hablas por los géneros lo tuvo una cierta crítica, felizmente desaparecida, para la que un buen libro era aquel que te producía un sopor considerable y se te caía de las manos.
N.: En cualquier caso, el género en el que más te prodigas es el de la novela negra. ¿Qué encuentras en este género literario para que te interese tanto?
JLM.: La novela negra es al siglo XIX y XX lo que la novela social fue al XIX. Somos los herede-ros de Zola, Stendhal, Balzac. El género negro nos permite destripar las entrañas podridas de la sociedad, hablar de corrupción política o económica, de sicariato y de crimen de estado, de terrorismo y prostitución, de tráfico de personas y de drogas, es una forma de denuncia envuelta con dosis de intriga para que lector saboree un caramelo envenenado. La novela negra, por su amenidad, resulta de agradable lectura. Dentro de la novela negra cabe prácticamente todo. Mi bautismo literario fue con dos novelas negras, publicadas simultáneamente, El cadáver bajo el jardín y Barcelona negra, libros de cubierta negra satinada, publicados en la colección Etiqueta Negra de Silverio Cañada y Paco Ignacio Taibo II y presentadas en la I Semana Negra de Gijón. Estaba predestinado a seguir en el género, aunque me he salido muchas veces de él.
N.: Te has prodigado más en la novela que en el relato breve. ¿Sientes alguna clase de preferencia por alguna de estas dos formas narrativas?
JLM.: El relato breve me gusta mucho. Precisamente, al mismo tiempo que La Frontera Sur se publica La mujer ígnea y otros relatos oscuros (Neverland, 2010) en el que recojo relatos premiados fronterizos con el género negro y el fantástico. No es que me prodigue menos sino que las editoriales tienen menos interés por el relato breve y los lectores lo valoran menos, como algo pequeño frente a la novela, una apreciación muy equivocada desde mi punto de vista. El relato es como una pequeña novela, una novela bonsái, en la que tienes que tener las cosas muy claras, no te puedes permitir digresiones ni una página floja porque el inicio, nudo y desenlace se producen en un reducido puñado de hojas y todo tiene que ser perfecto, encajar. He publicado cuatro libros de relatos, La lanzadora de cuchillos, Una historia china, Viajeros de sí mismos y La mujer ígnea y otros relatos oscuros, y docenas de ellos en las revistas Interviú, Playboy y Penthouse.
N.: ¿Qué busca José Luis Muñoz cuando se pone frente a una hoja en blanco? ¿Cómo surgen las historias y la necesidad de contarlas?
JLM.: La génesis de las novelas daría argumentos para escribir otras novelas. Las historias sur-gen de una forma muy diversa, aleatoria. Muchas veces a raíz de un suceso en el diario, una noticia que me sobrecoge; otras, algo que percibo en el ambiente, que oigo en la calle, o que imagino a raíz de ver a alguien que concita mi atención; hay historias que saco de sueños; otras que me llegan como dictadas de no sé dónde; o sobre algo que me ha sucedido. Los escritores convertimos en literatura nuestras experiencias. Lo que sí sé es que no padezco ese estado de pánico ante la página en blanco que dicen tener muchos escritores, que estoy lleno de ideas y mi única angustia, ésta muy real, es saber que no tendré tiempo suficiente para desarrollarlas todas. Concretando: escribí El Barroco como venganza contra un pésimo restaurante pretendidamente genial que quería ser El Bulli; Barcelona negra para seducir a una chica que me gustaba; La casa del sueño para liberarme de una pesadilla recurrente; El mal absoluto porque vi un programa de televisión y una entrevista con un verdugo nazi nada arrepentido de lo que hizo que me impactó; La caraqueña del Maní aprovechando una estancia en Caracas y porque la ciudad me pedía una historia; Lluvia de níquel porque me sedujo la locura del juego en Las Vegas. La Frontera Sur porque quería desarrollar una historia colateral que ya estaba en Lluvia de níquel. Y así sucesivamente.
N.: A pesar de que la temática que abarca tu obra es muy variada y toca un amplio número de asuntos, sería posible hallar un nexo de unión que podríamos situar en el tema del mal, la perversidad inherente al ser humano (una de tus novelas, de hecho, se llama El mal absoluto y gira sobre uno de los grandes horrores de la historia de la humanidad, el nazismo). ¿Te interesa especialmente este aspecto del ser humano, su tendencia al mal?
JLM.: Hay dentro de nosotros zonas oscuras, y ésas son las que literariamente me interesan. Lo oscuro está muy relacionado con la novela negra. Me interesa el tema del mal desde un punto de vista psicológico, el cómo un individuo normal, por una serie de circunstancias, deviene en asesino, que es algo que desarrollo en las dos novelas protagonizadas por Mike Demon, Lluvia de níquel y La Frontera Sur, por ejemplo, en como los verdugos nazis no tenían conciencia de las barbaridades que hacían porque carecían de empatía hacia sus víctimas y consideraban el exterminio una labor patriótica, y eso lo planteo en El mal absoluto extendiendo la culpa de lo que pasó no sólo a los nazis. En mis novelas no suelen haber personajes modélicos sino todo lo contrario. De La Frontera Sur, mi última novela negra, Ricardo Bosque ha dicho que es una novela de malos y peores. La maldad, por desgracia, es inherente a la condición humana desde que Caín asesinó a Abel, y la maldad aflora en nosotros en cuanto se relajan las normas, se difuminan las leyes o se dejan de castigar y se premian comportamientos violentos, que es lo que sucedió en la Alemania hitleriana con las persecuciones a judíos, gitanos, homosexuales y disidentes. Pero el horror nazi no es un caso aislado, ni siquiera del pasado. A pocos kilómetros, en la ex Yugoslavia, vecinos que habían convivido toda la vida se tiraron a degüello en cuanto matar a un bosnio y violar a su hija estuvo permitido en esa guerra espantosamente cruel en la que se cometieron todo tipo de aberraciones. Pero esa fascinación por el Mal, que encontramos en la literatura, también la hallamos en el cine, en la pintura, la escultura, etc. La violencia en los cuadros de Caravaggio es sobrecogedora, por ejemplo.
N.: Es habitual tu presencia en la Semana Negra de Gijón. ¿Qué relación te une con ese festival y qué importancia crees que reviste dentro del panorama literario actual?
JLM.: Pues una relación muy entrañable y ligada a mi nacimiento literario. Allí presenté mis dos primeras novelas y he estado presente en los últimos años. Es algo muy lúdico, que permite a los autores, cuyo trabajo es solitario, verse las caras, intercambiar impresiones, divertirse, sin
divismo por parte de nadie porque el organizador del evento, Paco Ignacio Taibo II, con quien me une una vieja amistad, impone unas normas democráticas de comportamiento que todos le agradecemos. Creo, sin dudar, que es el más extraordinario festival literario que se organiza en el mundo e iré siempre que me inviten, como parte de una tradición muy agradable. Por otra parte es un extraordinario escaparate, y no sólo del género negro, que es el fundamento de la Semana Negra, sino también del fantástico o el histórico que se han incorporado. Los autores vamos a pasarlo bien, pero también a trabajar, porque participamos en numerosas mesas redondas, impartimos conferencias, presentamos libros, etc.
N.: Más allá de las historias que abordan tus novelas, se observa en el trabajo de José Luis Muñoz un cuidado exquisito por el lenguaje, una construcción formal que revela un talento narrativo no muy común en estos días. ¿Eres un escritor concienzudo, de los que reelaboran el texto cuanto sea necesario hasta lograr el ritmo y el estilo deseados, o apenas corriges lo ya escrito?
JLM.: Gracias por tus apreciaciones. Intento que la música suene bien, que no desafine, y eso requiere leer muchas veces las novelas que uno escribe hasta que se publican y te olvidas de ellas. Los escritores trabajamos con las palabras, creamos nuestros universos a través de ellas, somos alquimistas del lenguaje, y es vital acertar con el adjetivo preciso, dotar a la narración del ritmo adecuado. Cada novela tiene su propia partitura, al menos en mi caso, y nunca sé cuál será hasta que empiezo a escribirla. Sí, corrijo mucho, de forma obsesiva, corrijo hasta horas antes de que el original entre en imprenta para desesperación de mis editores. Me leo mis propias novelas hasta diez veces antes de que se publiquen, o más, y las reescribo varias veces cuando las estoy creando, sobre la marcha. En la actividad literaria hay el momento creativo, de inspiración, cuando te dejas llevar por el torrente narrativo que de tu cabeza pasa al papel, el ordenador ahora, que es lúdico, hermoso, a través del cual perfilas la historia, escribes casi al dictado de alguien que tienes dentro, capítulo a capítulo, o de un tirón, como es el caso de Los ritos secretos, una novela corta que escribí durante doce horas sin parar, pero luego, detrás de ese momento de magia, hay un arduo trabajo no tan gratificante, más artesanal, de repaso exhaustivo y enriquecimiento del texto.
N.: Como lector, ¿cuáles serían tus preferencias en el terreno de la narrativa en castellano y tus autores favoritos? Negrita
JLM.: El boom sudamericano fue fundamental. De esa pléyade de autores extraordinarios me quedo con García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Cortázar, Sábato. Fue un nuevo siglo de Oro de las letras sudamericanas sin desmerecer a Delibes, NegritaCela, Torrente Ballester, Sánchez Ferlosio, Luis Martín Santos, que me gustan mucho. Y en novela negra González Ledesma, Vázquez Montalbán, Juan Madrid y Andreu Martín me parecen determinantes. A un nivel más personal, porque me han marcado como novelista de género negro, me decanto por dos autores extranjeros que han cultivado la novela negra, Marc Bhem y su extraordinaria La mirada del observador, y Tierry Jonquet y Tarántula. James Cain es otro autor extraordinario, como Patricia Higshmith. Fuera del ámbito de la literatura negra me gustan mucho Nabokov, Malcom Lowry que, junto con Cortázar, es mi icono literario, porque Bajo el volcán es la novela que más me ha impresionado; London, Conrad, por los buenos momentos que me han hecho pasar en mi juventud; los rusos, claro, Tolstoi y Dostoievski; el inconmensurable Thomas Mann y los últimos premios nobel, que me parecen todos muy acertados: Coetzee, Jelinek, Hertha Müller. Y Thomas Bernard, que me lo dejaba, y me parece demoledor. Como verás la lista es interminable.
N.: Por último, ¿en qué proyectos literarios está ahora trabajando José Luis Muñoz?
JLM.: En dos. Uno ya casi está terminado y es una novela de intriga y múltiples localizaciones sobre las idas y venidas de un médico criminal nazi llamado Heim, apodado Doctor Muerte, del que se conoce tan poco que nadie sabe a ciencia cierta dónde está ni si vive, que burló durante más de cuarenta años a sus perseguidores. Es una novela que conjuga ficción y realidad, muy periodística, muy ágil, creo, con la que me lo he pasado muy bien. Creo que es una novela con atractivo suficiente, que viaja desde el presente al pasado de Mauthausen en donde ese tal Heim prestó sus servicios. La otra es una novela muy compleja, y muy larga, sobre la marcha de Hernán Cortés hacia Tenochtitlán, una epopeya que quería narrar en el año 2001 y aparqué para escribir en su lugar La pérdida del Paraíso sobre el descubrimiento de América, y he ido postergando hasta ahora. Voy por la mitad y no sé cuándo la terminaré.

EVENTOS

23 AÑOS DE SEMANA NEGRA
Mi vida literaria, y la extraliteraria, está ligada a la Semana Negra, y no es una afirmación retórica ni una frase hecha para quedar bien. Los que me conocen saben por qué lo digo.
El domingo 18 de julio, una fecha fatídica para los que creemos en la democracia y aborrecemos de las dictaduras, ósea un día doblemente triste, se clausuró la 23 Semana Negra de Gijón, la única semana de nueve días del mundo, el concilio de escritores más original y lúdico de la literatura internacional porque es un canto a los géneros, porque los géneros son la esencia de la literatura.
Tras las palabras del presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces, que ya no repetirá como mandatario asturiano pero sí como semanero, porque desde el inicio estuvo ligado a este acontecimiento, y del concejal de cultura, un gallego que glosó la calidad de las pulperías del recinto ─ me temo que se comió más pulpo que libros se vendieron, en honor al pulpo Paul ─ tomó la palabra Paco Ignacio Taibo II, el factótum absoluto de este evento genérico que empezó por el género negro criminal y se ha abierto a la novela histórica, al fantástico y al cómic, para calcular el numero de visitantes que se han dejado caer por ese campamento gijonés, más de 800.000, los libros que se han vendido, 37.000 ejemplares, el centenar largo de autores que han pasado por la feria, los cientos de actos programados, las exposiciones de fotoperiodismo y miniaturismo, etc. etc.
Nadie duda de que si la Semana Negra de Gijón tiene ese carácter lúdico, abierto, democrático, porque ni un solo autor acude a ella como divo sino como colega, de que si la Semana Negra propicia la hermandad entre los autores que dejan en su casa su proverbial caínismo para mostrar su cara más afable, es por Paco Ignacio Taibo II, por los Taibo, en general, una dinastía asturmexicana de luchadores por la cultura de la que formó parte su patriarca, ya desaparecido, Paco Ignacio Taibo I, Paloma, la incansable trabajadora y esposa de PITII, y Marina, su hija, que ha heredado el apasionamiento de su padre.
Estuve, y fue un honor, en la primera Semana Negra que se celebró en el puerto del Musel, con mis dos primeros libros El cadáver bajo el jardín y Barcelona negra, y he estado de forma regular en ella desde el año 2000 hasta la fecha. En la Semana Negra se han presentado mis últimas novelas. En la Semana Negra me he reencontrado con mis amigos colegas, que son muchos, y he conocido a otros. La Semana Negra alteró mi vida, hasta los cimientos. Y su clausura siempre produce un sentimiento de tristeza. Después de esa sidriña en el maravilloso pueblo de Cudillero batido por el viento y las olas, hubo abrazos muy sentidos y un hasta luego.
De esta Semana Negra me quedo con el premio Hammeth que ha conquistado mi amigo argentino Guillermo Orsi con su novela Ciudad Santa; la premiación con el Silverio Cañada a un nuevo talento dentro de la narrativa negra, Gregorio Casamayor, con La sopa de Dios en la que tuve algo que ver con Julio Murillo y Mercedes Castro; la profesional presentación que hizo de El elefante de marfil su autora Nerea Riesco a la que auguro un recorrido ascendente e imparable; las intervenciones, siempre al límite, de Juan Madrid, que celebraba sus treinta años de Toni Romano y dejó en el aire una frase extraña que me repito: Tengo para cuatro novelas y cinco mujeres; el escepticismo existencial de que hizo gala Julián Ibáñez mientras presentaba Giley y Perro vagabundo busca a quien morder; la inclasificable presentación que hizo el mexicano Miguel Cane de La fiesta de Orfeo de Javier Márquez, que fue la más divertida sin duda de todo el evento; la original intervención de Fernando Marías hablando de su premiada Todo el amor y casi toda la muerte acechado por sus fantasmas femeninos; Juan Ramón Biedma hablando de El humo en la botella con Paco Ignacio Taibo II y Cristina Macía; la buena sintonía que hubo entre Julio Murillo y su presentador José R. Calvo a raíz de su Oricalco; el desparpajo de Francisco José Jurado hablando de Benegas; el apasionamiento que puso José Carlos Somoza al hablar de El cebo; la excelente presentación que hizo Juan Bas de la novela Los asesinos lentos de NegritaRafael Balanzó; la ejemplar modestia de Guillermo Orsi al hablar de Ciudad Santa, y lo generoso que estuvo el flamante premio Hammeth de este año al referirse a La Frontera Sur, La mujer ígnea y El corazón de Yacaré, mis libros en la XXIII Semana Negra. Tuve un presentador de lujo y un colega del que ya soy pareja de hecho: Carlos Salem. E hice muchos amigos nuevos: Meli Suárez, José González Cabolugo, el mexicano Javier Valdez Cárdenas, autor de Malayerba y Mis Narco, el propio Orsi y esposa.

Pero la Semana Negra no sólo estuvo en los programas oficiales, porque, al margen de los actos programados, que fueron multitud y todos interesantes, cada comida, cena o desayuno, cada tertulia improvisada alrededor de una mesa del Don Manuel con un vaso de gintonic en la mano o una copa de Chardonay acodados en la barra de El Monje, fue también Semana Negra. En esos encuentros improvisados y sin guión previo se habló de literatura, de su fuerza telúrica y ancestral, de proyectos e ilusiones, de próximos eventos y encuentros, de carne y espíritu, de Dios y del Diablo, de la sangre que los escritores convertimos en tinta para que haya lectores que nos quieran y disfruten con lo que escribimos. Y es que en la Semana Negra la difusa línea que separa lo lúdico de lo literario se diluye definitivamente, porque escribimos para seguir siendo niños.Esto fue la Semana Negra y lo seguirá siendo el año que viene para los que sigamos en pie.

LOS LIBROS

LA PERDIZ BLANCA
Cecilia Bardají

Ediciones Libertarias, 2010
156 páginas


Resulta inhabitual que una primera novela alcance las cimas de perfección y consiga transmitir emociones al lector por la intensidad con que están escritas y la belleza literaria que llevan dentro. La perdiz blanca es un rara avis, como su mismo título indica, un espécimen extraordinario de esas características, sorpresa y goce, uno de esos libros que caen aleatoriamente en mis manos y que no tengo el más mínimo reparo en recomendar con entusiasmo porque sería una lástima que esta joya, tallada con delicadeza por las finas manos de Cecilia Bardají, pasara desapercibida, quedara en el olvido.
Una niña es la narradora de esta historia que transcurre en las estribaciones pirenaicas de la Maladeta, los montes Malditos y, a través de sus ojos y sus reflexiones, el lector entrará con ella en el mundo complejo y fantástico de la infancia y percibirá la realidad que le rodea bajo su prisma. Es una niña que vive en un ambiente rural, que tiene una madre abnegada que trabaja en el hogar, para que la familia sea feliz, y un padre cazador y brusco al que todos, en la familia, detestan.
Para mi padre, ausente dos días de caza por los montes, ojalá se pierda en uno de ellos, no habrá canelones; el desprecia estas comidas no propias de su tierra.
No es una novela en la que sucedan grandes cosas, no hay tremendismo rural, aunque si violencia soterrada que flota en el ambiente, sino mirada interior, paisaje admirablemente descrito, recreación de escenarios que resultan tan visuales como táctiles u olfativos, descripción de personajes tamizados siempre por esa mirada infantil, y fantasía, como la de la misma protagonista que cree que su cuerpo está invadido por hormigas e incluso siente, y lo transmite al lector, su correteo por el interior de su cuerpo.
El misterio de la muerte, los despertares a la sensualidad, cuando se encierra en un cuarto con unas amigas e inician exploraciones corporales, la visión del padre como algo ajeno y destructor de la armonía familiar, con quien apenas cruza algún monosílabo la protagonista, las muchas horas de soledad e ensimismamiento que se producen en la vida de esa niña que se fabrica su propia realidad para rehuirla, los narra Cecilia Bardají con prosa bellísima y cuidada que se ajusta de forma milimétrica a lo narrado, que nunca desafina, porque en La perdiz blanca la literatura se hace música, en ninguno de sus compases.
Hace muchos años Juan Marsé me dio una de las claves de su literatura. Una novela tiene que sonar bien al leerla, hay que acertar con la palabra exacta, y huir del sonajero y de lo artificial. Cómo se consigue eso es la magia de la literatura y no aparece escrito en ningún manual porque es un don. Y eso es lo que hay en la prosa modélica de esta novela.
Ya no abre los ojos la abuela, ni habla ni contesta. A menudo su mandíbula inferior se descuelga y descansa inerte sobre su pecho. En ocasiones silba como si dentro de su boca hospedara todas las llaves que penden de su cuello y a través de cada uno de los ojos de ellas corriera el aire. No entiendo por qué la Muerte se lo rumia tanto, si esta vieja no es rival digno de tenerse en cuenta.
La novela se cierra con la preparación de un manjar a base de canelones, plato festivo en Cataluña y Aragón, descrito con el mismo énfasis, detallismo y riqueza literaria que El festín de Babette de Isak Dinnesen, una jornada que termina con el final de ese trayecto iniciático que es la infancia, con el definitivo adiós a toda inocencia.
A partir de aquel atardecer y sueño sin fortuna, las lágrimas no corrieron nunca más de la fuente de mis ojos, porque mi corazón y mi pecho se secaron. Desde entonces y definitivamente fueron uno y otro campo yermo desprovisto de alimento. Solo las hormigas permanecen habitando ambos lugares…
Una maravillosa novela de una calidad literaria extraordinaria. Ahora sólo le hace falta el reconocimiento, algo que tantas veces resulta esquivo y es otro misterio que uno tampoco encuentra en ningún manual.
José Luis Muñoz

LA SOPA DE DIOS
Gregorio Casamayor
Acantilado, 2009. 185 páginas.
Premio Silverio Cañada a primera novela negra publicada

En su primera novela Gregorio Casamayor (Cañadajuncosa, 1955), autor del libro de relatos Borrón y cuenta nueva, opta por el género negro y lo adereza con un sentido del humor realmente vitriólico aprovechándose de la personalidad de su protagonista y narrador, Fede Cortés, un asesino de la tercera edad que escribe su historia exculpatoria, en primera persona y desde la enfermería de la cárcel, en donde su vida no es mucho mejor que cuando estaba libre.
El desayuno, aquí en la enfermería de la cárcel, es vomitivo, como la comida y como la cena. Monótonas. Frías, Sosas. Preferiría una pastilla, o que me conectaran el suero.
Casamayor, con una prosa perfectamente medida a lo que cuenta, directa, levantando la sonrisa del lector casi en cada párrafo, relata el día a día de eso que llamamos tercera edad y lo hace con buenas dosis de causticidad.
De lunes a sábado el brigada llevaba una vida lamentable en el barrio. Como la mía. Como la de cualquiera de los jubilados y prejubilados que pululamos por esas calles empinadas como almas en pena. Somos muchos y a todos nos aquejan los mismos males, que sí un poco de azúcar, la tensión alta o baja, el colesterol, la artrosis, casi podríamos intercambiarnos las recetas. Y sin el casi. Una vez a la semana, o cada quince días, solemos citarnos todos en el ambulatorio, que es el lugar de encuentro por antonomasia. El parlamento del barrio. Antes de entrar en la consulta ya nos hemos diagnosticado y recetado.
La sopa de Dios es bastante más que una intriga criminal bien servida ─ aunque el protagonista narrador se encargue de omitir sus propios delitos con premeditadas elipses─ porque Casamayor se centra más en describir, con acierto, la vida de barrio, la de esa Ciudad Meridiana, excrecencia marginal de Barcelona, por donde se mueve el infortunado Fede Cortés, jubilado que se enrolla con facilidad con las mujeres de la limpieza que pasan por su casa, que hasta tiene la desdicha de casarse con una de ellas y tener que aguantar a los dos angelitos que tiene como hijos, una poetisa analfabeta que tiene el brazo picoteado por la jeringuilla y un chapero que, a punta de navaja, lo lleva al cajero para que le suelte la pasta. Y en ese universo canalla se mueven personajes tan variopintos como el brigada, secundario de lujo de la novela, al que en el barrio admiran porque disparó a la cabeza a un pobre delincuente que asaltó el bar del barrio, sujeto que se baña una vez a la semana, se acicala como puede los domingos con un traje sucio y arrugado, se va a comer a Casa Leopoldo y se encierra con una señorita en un hotel, rutina que repite semana tras semana y le hace sospechar a Fede que ese ritmo de vida le debe venir de algún golpe que dio el chusquero retirado y no de su parca pensión de militar, o el detective, el señor Búho, al que pone sobre la pista de su vecino militar y le escribe informes tan llenos de faltas ortografías que horrorizan al protagonista narrador.
En esta primera incursión en el género de moda Casamayor construye una novela modélica, muy amena, en donde los ambientes están perfectamente descritos con prosa visual y efectiva, la caracterización de los personajes es ejemplar, sin descuidarse de ninguno de ellos, y retrata, con acidez, pero también con una cierta ternura, esa vida de barrio marginal al que se ven abocados a vivir pensionistas a los que la mensualidad no les llega a final de mes y han de estar constantemente trampeando.
Casamayor hace buena, en su novela, esa teoría, esgrimida por muchos teóricos del género, de que nuestra novela negra arranca de la picaresca del Siglo de Oro, porque pícaros, con un endiablado sentido del humor negro, son todos los personajes que pueblan La sopa de Dios.
José Luis Muñoz

LAS PELÍCULAS

ENTRE NOSOTROS
Maren Ade

Hay películas que parecen reivindicar un cierto feísmo visual y hacen de él su declaración de principios. Entre nosotros, drama sentimental sobre las dificultades amorosas de una pareja de jóvenes alemanes en la arisca isla de Cerdeña, la segunda película de Maren Ade, es un film mal retratado, con fotogramas oscuros que deberían haber sido desechados, exteriores quemados, interiores mal iluminados, color más vulgar que el de cualquier película aficionada de un turista en vacaciones y dibujada, para postre, con planos largos, lentísimos, en los que la cámara aparece más inapetente que sus propios protagonistas. ¿Dogma? No, porque las películas de los discípulos de Lars Von Trier llevan en sus entrañas cargas de profundidad y ésta parece un encefalograma plano, fragmentos de celuloide sin vida.
Con guión muy simple ─interiores, conversaciones entre los protagonistas, una excursión a la montaña, una secuencia de amor junto a la piscina y una cena con invitados─, y todo ello para subrayar los estados de ánimo de los protagonistas que evidencian, una y otra vez, la dificultad de su relación por el carácter soberbio y cuadriculado de él, un joven arquitecto (Lars Eidinger), y la imprevisibilidad y excentricidad de ella (Birgit Minichmayr), la relaciones públicas de una importante discográfica, Entre nosotros daría para un cortometraje de diez minutos pero se alarga hasta casi dos horas.
Esta película tediosa, cuyos personajes no consiguen prender la atención del espectador por su vulgaridad psicológica ─ los diálogos no son nada interesantes y se tornan aún más inanes cuando invitan al matrimonio amigo a cenar a casa ─ ganó el Gran Premio del Jurado de la Berlinale del 2009, algo que sinceramente me asombra para un film gris y aburrido de principio a fin.
José Luis Muñoz


Las vidas posibles de Mr. Nobody
Jaco Van Dormael
Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody) es una película de ciencia ficción que el belga Jaco Van Dormael empezó a rodar en 2007, pasó por Cannes y Sitges en 2009 con disparidad de opiniones, y que llega a nuestras salas el próximo viernes. El filme enfoca su lente en Nemo Nobody (Jared Leto), un anciano de 120 años que en pleno 2092 se ha convertido en el único mortal vivo entre los humanos, que gracias a los avances científicos se han vuelto inmortales. Cuando Nemo se encuentra en su lecho de muerte, revive 3 posibles existencias y matrimonios que tal vez pudo experimentar.
Bajo esta premisa Van Dormael construye, por su planteamiento, ejecución, y definición formal y de fondo, su más ambicioso proyecto. Sus altas metas le impiden coronarse, pero en un estancamiento de ideas como el que vivimos en la actualidad, ya se agradece al menos propuestas que visualmente intentan parecer frescas, pero que en el fondo, si se excava un poco, no lo son demasiado.
Tal y como ocurre viendo el conformismo con el que se ha optado para elegir la banda sonora, que escoge canciones, que por su uso en anteriores películas y el contexto del que parten, se pueden convertir en lugares comunes, más si suenan prolongadamente en diferentes estadios /episodios de la película. Eso no quiere decir que la conjunción con las imágenes no resulte, y que la selección musical no esté compuesta por grandes temas, pero sí que su uso no parece demasiado trabajado ni inteligente.
El principal escollo del director belga es confundir complejidad con confusión. La compleja estructura del filme, y los constantes saltos en el tiempo, y las diferentes vidas del personaje central, hacen que el espectador se pierda con facilidad por su telaraña argumental, que como el filme que protagonizaba Bill Murray, parece dar vueltas sobre unas mismas imágenes y situaciones. Algo que hace decaer el interés.
Y eso a pesar de los notables esfuerzos por parte del director de envolver su historia con un bello precinto visual, que se sustenta por la gran libertad creativa que genera una historia como la de Nemo contada mediante la fabula.
Los paralelismos con Dos vidas en un instante y Corre Lola Corre, son evidentes incluso para su autor, pero su imaginario visual se enriquece de filmes más dispares, desde el reciente El curioso caso de Benjamín Button, hasta Leólo, los filmes de Jean Pierre Jeunet o C.R.A.Z.Y. La suma potencia la factura visual del filme belga más caro de la historia, haciendo que en sus inicios te atrape y te deslumbre con facilidad, pero a medida que la historia transcurre y la paciencia del espectador se agrava, el hilo argumental que teje Van Dormael muestra todas las carencias que el impacto visual no permitía ver desde el inicio.
De su enrevesado guión sin garra, subyace demasiado la misma idea de las segundas oportunidades, de la arbitrariedad de las grandes decisiones, y de la elección y sus consecuencias. Es quizás en su visión irónica del futuro donde más brillo le saca al asunto.
Las vidas posibles de Mr. Nobody es el clásico filme que sorprenderá a muchos, encandilará a otros, y sacará de sus casillas a otros. El que firma se queda en un plano intermedio, sabiendo que tras ese look videoclipero impresionante no hay mucho a lo que agarrarse. Pero al menos sus logros formales te mantienen atrapado durante 40 minutos de sus 140 minutos, y se agradece la valentía de Jaco Van Dormael por abordar un proyecto de grandes ambiciones, a pesar que el resultado no sea el más deseado.
Marc Muñoz