LA FIRMA INVITADA

La niebla y la oscuridad
Hugo Santander Ferreira
Fabrián Rengifo, adolescente piedecuestano a quien sus padres habían enviado a Bogotá a estudiar jurisprudencia, ascendió las escaleras y avanzó a lo largo de la cafetería de la Academia Charlot. Al cruzar el vestíbulo, Celina, alumna de segundo semestre, asomó sus ojos azules desde el salón de clases.
—¿Me recoges a las nueve? —preguntó.
Fabrián se encogió de hombros y levantó sus cejas en señal de duda. Ponderó si aquella invitación a degustar una taza de café sería su mejor oportunidad para solicitar a su maestro, el actor y director de televisión Martín Schild, un papel de reparto en la serie dramatizada Los Heribertos, entonces transmitida los domingos de ocho a nueve de la noche.
—Tengo un compromiso —susurró besando la mejilla pecosa de Celina—; te llamo a las once.
—¿Con leche y azúcar? —inquirió una voz femenina desde la caja.
Giró sobre sí y vio a Amparo Pineda, condiscípula de cabello negro ensortijado quien en las últimas semanas había logrado cierta celebridad como antagonista de la telenovela Penas Salvajes.
—Negro —dijo Fabrián dejando caer sus pupilas sobre su camisa recogida, ceñida y atada en forma de sostén.
Amparo giró sobre sí misma y halando su cabeza dejó extender su negra caballera sobre su espalda semidesnuda. Fabrián avanzó desde la baranda fijando sus ojos en Martín, quien distraído vertía la ceniza de su cigarrillo en un cenicero de arcilla dispuesto sobre una mesa estampada con imágenes de Maquiavelo, Tirso de Molina y Marlowe, hasta cuando la silueta de Amparo se interpuso; entonces escudriñó lascivo la espalda y las nalgas de su condiscípula.
— ¿Es cierto que usted ha leído a Schiller en su idioma original? —preguntó Martín interrumpiendo sus pensamientos.
Fabrián asintió tomando asiento; a través de la ventana a espaldas de Martín divisó las luces titilantes del Teatro Nacional, las cuales anunciaban una comedia de Sor Juana Inés de la Cruz.
—Usted es alemán —dijo Fabrián—, a juzgar por su apellido.
—Tengo la ciudadanía —repuso Martín alisando su cabellera rubia y despoblada—, pero no hablo el alemán. Tal vez usted nos ayude a traducir Die Räube. Ayer firmé con Amparo un contrato con el Instituto de Cultura para escenificarla a fin de año en el Teatro Gaitán.
—Desde luego —dijo Fabrián observando involuntariamente a su condiscípula.
—Ella es ahora mi asistente —Martín se explayó acariciando su rostro.
Fabrián desvió su mirada hacia la calle, en donde un mendigo discutía con uno de los guardias del teatro; su rostro le resultó familiar. “Así sería Zapata”, pensó con sorna. El recuerdo del difunto trajo a su mente el día en que Amparo llegó a clase, vestida de negro, con un velo sobre su rostro; entonces, dijo, estaba de luto por su marido, un comerciante ambulante sexagenario; aunque no era hermosa, era sensual, lo que daría cuenta de su vertiginoso ascenso en el mundo de la farándula.
Una mesera rolliza interrumpió sus divagaciones para servirles sendas tazas de café.
—Fabrián —Amparo lo espetó—. ¿Cuándo vas a mejorar tu figura?
Su rostro desafiante lo lastimó menos que la pertinencia de su pregunta; durante la clase Martín les había dicho que en el mundo del entretenimiento sólo existían dos categorías de actores: los hermosos y los deformes; los demás, independientemente de su talento, estaban condenados a ser rechazados por los directores de audiciones.
—Desde hace un mes voy al gimnasio —respondió observando un dije en forma de calavera sobre el cuello de su condiscípula.
—No se nota —ironizó Amparo, y dirigiendo su mirada a Martín añadió—: ¿No sería ideal como mensajero?
El murmullo de los alumnos de primer semestre, quienes abandonaban su salón de clases, la interrumpió. La escuela funcionaba en una casa victoriana de tres pisos; su cafetería, única área común de la academia, era tan minúscula que al cabo de una semana el alumno más mezquino ya reconocía a cada uno de sus condiscípulos.
Celina alisó sus bucles dorados y los estudió irritada desde la baranda.
—Podría ser el detective Rojas —carraspeó Martín.
Fabrián agradeció con un gesto complaciente; quiso preguntar si aquel personaje sería permanente o de un número reducido de capítulos, pero el rostro severo de Amparo lo amedrentó.
—Esta noche iremos al Centro Comercial Granahorrar —dijo Martín—, en donde proyectan La Misión. ¿Quiere acompañarnos?
Fabrián ya la había visto, pero no podía rehusar la invitación.
—Leí que es excelente —asintió dosificando su entusiasmo.
—¿Piensa invitar a alguien? —inquirió Amparo mirando de reojo a Celina.
Fabrián levantó sus párpados y observó a su amante de chaqueta de cuero y cabellera desordenada.
—A Celina no le gusta el cine —Fabrián negó distraído.
—Está enamorada —insistió Amparo—. ¿Es cierto que espera un hijo suyo?
—Habladurías —dijo Fabrián levantándose de su asiento.
Tres horas más tarde ya habían visto la película y tomaban la avenida setenta y dos en el Renault 18 de Martín.
—Es la primera actuación de Robert de Niro después de Los Intocables —dijo Martín girando a lo largo de la carrera séptima.
—¡Qué voluntad! —exclamó Fabrián—. No sólo volvió a bajar de peso, sino que se dejó crecer el cabello hasta la cintura.
—¿No viste a alguien conocido? —me preguntó Amparo, quien siempre tuteaba antes de pedir un favor.
Fabrián suspiró irritado; Celina los había seguido hasta el teatro, en donde había tomado un puesto a sus espaldas.
—No me refiero a tu amiga —aclaró Amparo—; este es un país libre, después de todo.
—Le das celos —Martín bromeó acariciando a Amparo.
—Tantos que salió en fuga al terminar la película.
—A algunos actores nacionales —intervino Fabrián—; en las tomas de Cartagena.
—Y hacia el final —repuso su condiscípula—, durante el ataque de los portugueses al poblado Guaraní…
—No…
—¿Recuerda al hombre que cae desde las cataratas del Iguazú?
Fabrián entornó sus ojos en un gesto de incredulidad.
—Usted era… —dijo apuntando a Martín con su dedo índice —. ¡Uno de los comandantes que masacraban a los indios!
—¡El mismo! —Martín rió satisfecho.
—¡Desde luego! —prorrumpió Fabrián levantando sus brazos en gesto de aquiescencia—. ¡Felicitaciones! Usted es el que les decía a sus hombres que bogaran marcha atrás.
—Una frase mía —dijo Martín—. ¡Y no cobré nada por esa contribución!
—¡Excelente! —repuso Fabrián—. Da una nota de humor amargo a las últimas escenas.
—¡Nadie lo olvida! —asintió Amparo.
—¿Y ya lo saben? —preguntó Fabrián—; quiero decir, los productores de las cadenas nacionales.
—Les enviamos un comunicado de prensa —asintió Amparo—. ¿Crees que fue por eso que te ofrecieron la dirección de Los Heribertos?
—En parte —respondió Martín—; eso, cuando menos, me ha reivindicado.
Fabrián se preguntó si Martín se refería a su altruismo o a su cobardía; durante el gobierno de Turbay Ayala Martín había hecho parte de la guerrilla del M-19. Se rumoraba que su exilio de tres años en Francia no obedecía a una persecución gubernamental por su participación en la toma del Palacio de Justicia, sino a una estratagema del ejército por encubrir su labor como infiltrado.
—¿Va a actuar en alguna serie? —inquirió Fabrián.
—Prefiero trabajar detrás de cámaras.
Martín observó a su enamorada por un instante, durante el cual su Renault arrolló a una mujer rubia que cruzaba la calle. Fabrián oyó golpes sobre el capó; se volteó y observó un cuerpo que trompicaba a lo largo del pavimento, sus brazos y greñas levantándose grotescamente en el vacío.
—No la vi —farfulló Martín acelerando—. ¡Maldita sea! ¡Fue su culpa! ¿No sabe para qué son los puentes peatonales?
—Debemos recogerla y llevarla al hospital —musitó Fabrián.
—¿Para qué nos apresen? —repuso Amparo acariciando el cuello de Martín en señal de consuelo—. Por lo menos está viva
—¿Usted para dónde va? —preguntó Martín a Fabrián a través del vidrio retrovisor.
—De hecho... —titubeó al caer en cuenta que el apartamento de Celina hacia parte de un edificio frente del sitio del accidente; un estertor frío recorrió su espina dorsal—, a Cedritos.
—Lo llevaremos. ¿Cuál es la dirección?
—Calle ciento cuarenta y cinco con avenida veintidós —carraspeó Fabrián.
Al volver a su apartamento telefoneó a Celina, cuya madre le confirmó que su hija había sido arrollada por un auto aún sin identificar.

Quince días después Fabrián tomó un bus intermunicipal y viajó a Paipa por seis horas a lo largo de una carretera despejada. Releyó varias veces el recorte de periódico en el cual se reseñaba el fallecimiento de una adolescente que arrollada sobre la carrera séptima con noventa y seis; la policía ofrecía una recompensa de diez millones de pesos por cualquier información. Al llegar a la plaza principal preguntó a un campesino en donde era que se grababa Los Heribertos. Siguiendo sus indicaciones atravesó calles y caminos cubiertos de neblina y llegó a una mansión colonial de cuatro pisos. Entró al vestíbulo, en donde operadores, actores, técnicos y asistentes subían y bajaban escaleras intermitentemente. Preguntó por Martín y fue conducido por una asistente al vagón de una unidad móvil, a cuyas puertas oyó un grito seco.
—Ahora discúlpeme —dijo Martín asomándose por un instante—; más tarde lo atiendo. Y a usted la necesito Elvira.
La asistente parpadeó contrariada y entró al vagón para, acto seguido, cerrar su puerta con sigilo.
—Ahora está ocupado —dijo una voz a su costado; se volteó y encaró el rostro sonriente de Amparo.
—Ven conmigo —indicó.
Fabrián la siguió en silencio hasta un jardín de diseño portugués, sembrado de árboles carcomidos por orquídeas, de rosales, de arbustos de magnolias y margaritas, surcado por estrechos corredores de piedra flanqueados de materas con azucenas, gladiolos y petunias.
—Te preguntarás porque no te hemos contratado de nuevo —dijo Amparo encaminándose hacia un chalet contiguo—; tu actuación como el detective Rojas fue estupenda.
—No creí que fuera a ser por un solo capítulo.
—Sí —asintió Amparo—; Rojas no vuelve a aparecer.
—¿Es esa la residencia de la servidumbre? —preguntó Fabrián señalando la fachada de madera del chalet.
— Allí estaremos más tranquilos —afirmó Amparo acelerando sus pasos—. Usted debería acompañarme a la próxima grabación de Penas Salvajes.
—¿Es esa otra gran propuesta de trabajo? —ironizó Fabrián.
Amparo enlazó sus dedos en su mano.
—Quiero que me beses.
Fabrián se sumió en un silencio embarazoso.
—Usted… —musitó intranquilo—, ¿o lo ama?
—Como una hija podría amar a su padre —sonrió Amparo—. ¿Ha visto La Ronde?
—No —Fabrián se disculpó.
—Es un retablo de la fidelidad —satirizó Amparo—. ¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho.
Amparo extrajo una llave y abrió la puerta del chalet; Fabrián siguió a Amparo y descubrió una sala de tres muebles, cocina integral y mesa replegable. Una ventana cubierta por gruesas cortinas dispersaba una luz parda, apenas fragmentada en su centro por un haz de sol que desde el techado piramidal se filtraba por una claraboya.
—Es pequeña —Amparo se disculpó girando la llave de la cerradura—, pero discreta.
Ascendieron a un mezanine por unas escaleras dispuestas alrededor de una viga de metal y pasaron a un vestíbulo diminuto; Amparo abrió otra puerta e invitó a Fabrián a una habitación más estrecha, de lecho verde desteñido, iluminado por un amplio ventanal de cortinas semitransparentes. Fabrián se preguntó si debía tomar la iniciativa.
—¿Quieres ayudar a desabotonarme? —preguntó Amparo mirándolo de reojo, acostándose boca abajo a lo largo de aquel lecho.
Fabrián se hincó de rodillas frente a su rostro y desabotonó su pantalón; Amparo introdujo sus dedos en su ingle. Fabrián observó la cadencia de sus caderas y revivió el golpe de Celina contra el parachoques. No pudo contenerse y eyaculó sobre las facciones de Amparo. En su éxtasis parpadeó y entrevió a través de la puerta entreabierta una silueta que reculaba.
—¿Quién anda ahí? —dijo saltando de la cama y abotonándose apresurado.
Las pupilas de Amparo se dilataron en un gesto de incredulidad. Se levantó, bajó las escaleras y revisó el seguro de la puerta. Fabrián abrió entre tanto la alacena: vacía. Se sintió estúpido al comprobar que su espacio era demasiado pequeño para albergar incluso a un niño. Los muebles continuaban en su sitio. Descorrió la cortina de una de las ventanas y observó las rosas que desde la verja parecían observarlo al vaivén del viento.
—Imposible —concluyó Amparo—; la puerta no ha sido violada, y no hay sitio en donde ocultarse.
—¡La vi! ¡Era una mujer!
—¿Qué traje vestía?
—Gris, creo…
—Habrá sido una nube proyectada desde la claraboya —repuso Amparo—. Ahora debemos regresar
Fabrián asintió contrariado y la siguió en silencio a la mansión. ¿Habría sido una alucinación? Una trampa acaso? Amparo y Martín trabajaban en video. ¿Lo habrían grabado con el fin de chantajearlo? No; él era soltero y no debía responderle a nadie. Sólo entonces consideró la posibilidad de que aquel encuentro subrepticio hubiese sido un capricho de su condiscípula, un mero pasatiempo.
—Me entretuve —dijo Amparo anticipando su pregunta—; será nuestro secreto
Entraron por el patio trasero a la cocina, en donde un gourmet trinchaba sirviéndose lonjas de jamón de cerdo.
Carcajadas estridentes se oyeron desde la sala. Fabrián levantó sus ojos y vio a un mancebo, sin duda un actor, que se despedía de Martín abrazándolo.
—¿Cómo le pareció? —preguntó Martín acercándose.
Fabrián lo miró desconcertado, cavilando si se refería a su papel, al set de grabación, a Paipa o a su amante.
—Fuimos al jardín —intervino Amparo—; quería ver las orquídeas.
—¿Le enseñaste el chalet? —dijo Martín con una sonrisa en la cual Fabrián entrevió cierta complicidad.
—Sólo hasta la fachada —mintió Amparo—; fuimos al pueblo, a la lonchería, en donde nos tomamos un yogurt. Ahora que lo menciono, tengo hambre.
Amparo se alejó al mesón de la cocina.
—Celina murió luego de dos semanas de agonía —dijo Fabrián.
—Lo leí esta mañana —balbuceó Martín.
—Es necesario que se entregue a las autoridades.
—¡Jamás! —exclamó Martín dando un paso atrás, sus ojos desorbitados.
Elvira se acercó desde el comedor. Martín la detuvo con un gesto, indicándole que lo dejase a solas con Fabrián.
—Yo la vi rodar sobre el pavimento —deliró Fabrián—; debimos haberla llevado al hospital.
—¡Ahora no! —advirtió Martín furibundo.
Fabrián contrajo sus labios en un gesto de impaciencia.
—¿No podría darme otro papel? —suspiró.
—¡Ah! —Martín sonrió aliviado—. ¿De eso se trata?
Fabrián levantó sus párpados y lo observó despectivo.
—No es eso —repuso—. No soy alcahueta, Martín. Usted me pide que no le hable de la mujer que atropelló hace una semana; sigo su consejo a pesar de que no puedo dejar de recordarla, y luego asume que ando en busca de prebendas.
—Tiene razón —se apresuró a asentir Martín—; discúlpeme. Lo cierto es que debimos haberle dado más capítulos a Rojas. Pero eso se puede remediar. ¿En dónde se está hospedando?
—Pensaba regresar esta noche a Bogotá.
Amparo irrumpió portando un plato de ensalada y otro de jamón ahumado con puré de papa, el cual entregó a Fabrián con una mirada de complicidad.
—Mi asistente le conseguirá una alcoba en el Hotel Sochagota. Corre por cuenta de la productora.
Fabrián asintió hincando sus dientes sobre los trozos de carne cortada.
—¿Qué escena debemos grabar mañana al amanecer? —preguntó Martín enjugando con el dorso de su mano su frente perlada de sudor frío.
—La aparición de Heriberto Salcedo —respondió Amparo—, y su conversación secreta con Ariadna.
—¡Ah, sí! Junto al lago. Estaba pensando, ¿no podríamos poner a Rojas en su lugar? Podemos decir que luego de diez años secuestrado Salcedo se fugó, asumió la identidad del detective Rojas, apresó a su captor y, ya en vísperas de consumir su venganza, se desenmascaró ante su esposa.
Amparo lo observó sin parpadear por unos instantes.
—¿Ya firmamos contrato con el actor? —insistió Martín.
—Que yo sepa no —respondió Amparo esforzándose por sonreír—; llega esta noche de Caracas.
—Hablaré con él —repuso Martín—. Nos disculpará Fabrián, pero debemos ir al cuarto a reescribir el guión. Si se lo entregamos a las nueve, ¿podría memorizarlo antes del amanecer?
Fabrián asintió con su boca llena. Martín estrechó su mano y se alejó hacia la recepción. Amparo lo observó, le limpió una mancha de grasa en su boca con una servilleta y agitó sus dedos en señal de despedida. Fabrián la vio retirarse en pos de su amante.
Minutos después Elvira, la asistente de dirección que lo había recibido, lo condujo al bus que lo llevaría a su posada.
Fabrián observó el paisaje de plenilunio complacido. Desde niño había querido ser actor. Su primera improvisación en público había ocurrido trece años atrás, en la escuela Anexa a la Normal de Bucaramanga, cuando una de las escolares dirigió una corta representación sobre el descubrimiento de América. A pesar de su precocidad histriónica Fabrián no conquistó, en virtud de su piel oscura, el papel protagónico, el cual fue sosamente asignado a Payares, un rubio de cabellos crespos. Portando un arco, una flecha y unos taparrabos de fique, Fabrián hizo su debut como indio caribe sin parlamento, cuya actuación única sería la de observar inmóvil a Cristóbal Colón, quien engalanado en el atuendo del Rey de Aragón presidiría tres canoas metálicas dispuestas sobre ruedas. Sus condiscípulas, vestidas de delfines, lo empujarían arrastrándose a gatas sobre el tablado. Payares se bajaría de su canoa con una bandera, caería de rodillas, miraría al cielo y declamaría que en adelante el continente sería propiedad de los reyes de España. La obra transcurrió según lo convenido, hasta cuando la normalista decidió cambiar el libreto, sin duda tras haberse percatado que la figura de Colón arrodillado enaltecía la de los indígenas que lo observaban.
—Arrodíllense —ordenó la normalista a sus espaldas—. Y usted, Payares, desenvaine la espada.
Payares extrajo su espada y la audiencia aplaudió complacida. Fabrián, reacio a arrodillarse ante quien consideraba su inferior, y en un impulso súbito de jactancia, tensó su arco y lanzó su flecha contra Zapata, quien de inmediato cayó al suelo. Las risas de la audiencia se tornaron en gritos en cuanto un hilillo de sangre brotó de la boca de su condiscípulo.
Aunque Fabrián fue exonerado de asesinato culposo, sus padres hubieron de soportar las recriminaciones de una sociedad incapaz de descubrir perfidia en sus infantes. Fabrián, quien secretamente se había refocilado con su crimen, hubo a su vez de soportar las vejaciones de sus progenitores; luego de haber obtenido varios premios como actor en Bucaramanga, anunció a su madre su decisión de estudiar actuación en la Universidad del Valle.
—¿Para que maté a alguien más? —replicó contrariada—. Estudie algo recto, como derecho.
Temeroso de sus padres desde la muerte de Payares, Fabrián había obedecido sin desistir, y tras un año de presiones logró que le subvencionasen su matrícula en la recién inaugurada academia Charlot. Su propósito, como el de cada uno de sus compañeros, no era tanto el de estudiar como el de impresionar a sus profesores para que lo recomendasen como protagonista de alguna de las telenovelas transmitidas a diario por los canales de televisión nacional. Aunque cada alumno alentase la esperanza de prosperar algún día como celebridad, gracias al renombre y a los contactos del director de la academia, el pionero del melodrama colombiano, el maestro Fernando Botero, sólo Amparo y dos fisicoculturistas habían logrado roles protagonistas durante el año y medio de funcionamiento de la academia.
—¡Acción! —exclamó Martín al primer resplandor de la alborada a través de su altavoz desde el borde de la lancha contigua.
Fabrián observó a Amparo desde su cuello de golas.
—Os creímos muerto —dijo Amparo entornando sus ojos bajo su sombrilla de encaje—. Aunque en el fondo, siempre me dije que vuesa merced vivía. Por ello os he sido fiel…
Fabrián observó la neblina que el viento propagaba sobre la superficie plateada el lago; un movimiento tenue en sus aguas revivió en su mente el serpenteo de las Néridas de su niñez, quienes entre olas de icopor arrastraban las carabelas. El bote de los camarógrafos y sonidistas le resultó tan irreal como la lúgubre luz de aquel amanecer. Le complació comprobar que la atención de Martín giraba en torno a sus palabras, sus miradas y el movimiento rítmico de sus manos en los remos.
—¿Quién diría que erais en realidad el inspector Rojas? —sollozó Amparo.
—Desde hace tres meses persigo a Montero…
Su parlamento fue interrumpido por la breve visión de una mujer rubia, quien de cara a la superficie, nadaba a una velocidad vertiginosa bajo el agua. Quiso gritar y señalar a los realizadores su presencia, por cuanto él era el único que podía verla a su costado, pero su garganta seca apenas emitió un débil gemido. Sus cabellos se erizaron al verla deslizarse hasta la lancha de Martín, quien tomaba el altavoz, sin duda para inquirir sobre su error. Luego vio su mano lacerada, el rostro de Martín y el sonido de un cuerpo sumergido.
Hubo un silencio breve, en el cual todas las miradas recayeron, tras haber buscado y reconocido ansiosamente a cada uno de los rostros circundantes, sobre el borde de la lancha del director.
Fabrián esperó que los brazos de Martín emergiesen agitándose del lago, luchando contra aquella presencia de ultratumba. En su lugar, las aguas grises y tranquilas cuestionaron su cordura.
—¡Es ella! —aulló Amparo despojándose de su atuendo renacentista.
Fabrián vio en sus ojos reflejado el mismo temor que lo apremiaba.
—¡Sálvenlo! —sollozó Elvira.
—¡No esperaré a que me ahogue! —sollozó Amparo arrojándose en bata de seda a las aguas.
Fabrián la vio nadar por unos veinte o treinta metros hacia la orilla, hasta que gritó y se sumergió alzando sus brazos. Las lanchas encendieron sus motores entre gritos de horror e incertidumbre. Fabrián recobró la calma, diciéndose a sí mismo que no había sido culpable de la muerte de Celina
—¿Qué es eso? —preguntó el director de fotografía con mirada incrédula, señalando una mancha en el agua.
El bote de Fabrián recibió una embestida que lo volteó arrojándolo a las profundidades. Agitó sus brazos al contacto del agua helada hasta aferrarse a un cadáver que emergía: Martín, sus cabellos blancos y su rostro descompuesto en un rictus de zozobra. Sus oídos sangraron a la presión del abismo acuoso. Notó que la luz ya se extinguía, sumiéndolo en unas tinieblas que lo horrorizaron aún más que la agonía de su ahogo. Giró su rostro hacia abajo en donde, pese a la turbulencia de las aguas, vislumbró la mano de un niño prendida a su tobillo. Sus pulmones expulsaron el aire que aún preservaban en un gritó lastimero:
—¡Payares!
La espada de su antigua víctima señalaba las manos descarnadas de Celina, quien aferrada al cuello de Amparo lo observaba complacida.

Hugo Noel Santander Ferreira nació en Bucaramanga, Colombia en 1968. Su interés por las artes y las lenguas lo ha vinculado a diversas universidades de EU, Portugal, Inglaterra y Asia Central. Fundador y director de la agrupación Arte Facto Teatro, en 1991 se gradúa como Comunicador Social de la U. Javeriana de Bogotá, claustro en donde además comienza un doctorado en filosofía. Diplomado en Guión Audiovisual de la Universidad del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario de Bogotá en 1995 ingresa al programa de Maestría en Artes Plásticas (MFA) en cine y televisión de la Universidad de Temple, Filadelfia, USA. Tras su graduación en 1998 se desempeña como profesor de Guión Audiovisual, Creación Literaria y Dirección de Actores en la Universidad Católica Portuguesa, sede Oporto, ciudad en donde además dirige el documental Ilhas do Porto (Arrabales de Oporto) para la RTP (Radio y Televisión Portuguesa) y su monólogo de teatro La primera cita de Nórida Ocampo. Profesor de Teatro Isabelino de la Universidad de Salford (2000-2001) y Catedrático de Español de la Universidad de Manchester (2001-2002), Hugo obtuvo la beca CEP 2002-2003 de la fundación Soros, la cual le permitió desempeñarse como profesor de periodismo en la Universidad Americana de Bishkek, Kirguizistán.
Su ensayo Borges, el cartógrafo de la literatura, originalmente presentado en la Universidad de Manchester, y más tarde publicado por en la revista electrónica Espéculo de la Universidad Complutense de Madrid, ha sido ampliamente divulgado a través de los sitios literarios de habla hispana. Su opúsculo La Crisis del Ateísmo, originalmente publicado en la revista electrónica de filosofía A Parte Rey, fue traducido y publicado en The Philosopher , la revista de la Philosophical Society of England.
Hugo es además autor de la novela Nuevas Tardes en Manhattan, (Bucaramanga: Tabor ed., 2000), (Barcelona: Ed. Buganville, 2002) y de las definiciones de "Dios" y "Narrativa" para la enciclopedia Essentials of Philosophy and Ethics (London: Hodder, 2006). Su largometraje documental, Manatí, retablos de un pueblo subdesarrolado y feliz, fue editado en Londres entre 2003 y 2005. Hugo se desempeña en la actualidad como Profesor Asociado de la Facultad de Comunicaciones y Artes Audiovisuales, Programa de Artes Audiovisuales, UNAB (Universidad Autónoma de Bucaramanga).

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