DIARIO DE UN ESCRITOR

5 de julio de 2010

El calor sofocante me saca de la cama a las nueve. Té egipcio con sobaos caseros. Pero caseros de verdad: los hice el otro día por intuición y acerté con las medidas sin necesidad de pesar los ingredientes. Luego, a trabajar en la redacción definitiva de Marea de sangre que hoy mismo envío al editor. Falta por concretar la portada ─ la mía me parece muy aceptable ─ y la contraportada. Si todo va como debe ir, libro nuevo antes de que finalice el año Y con habaneras en la presentación en Negra y Criminal según pacté con la mezzosoprano Marta Areny.
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Hace unos días José María Aznar, el mayor enemigo del PP, pontificaba en televisión desde su cátedra de las FAES. Sin bigote, con melena negra como el azabache y una chaqueta color albero, realmente espantosa señora Botella, el ex presidente se despachó a gusto con el lío constitucional del Estatut ─ España ya no se rompe, señor Aznar, ni se balcaniza como dijo usted, líder de lo cenizo ─. Con este embajador en nuestra contra, con este antipatriota contumaz que habla cuando debería callar, lo tiene muy crudo Mariano Rajoy que simula no oír las barbaridades que dice quien fue su mentor y es ahora su máximo obstáculo.
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Se quejan de la huelga salvaje del metro. Se quejan de que no hubo servicios mínimos que, seamos serios, me parecen abusivos y deberían pasar del cincuenta por ciento, que apenas se nota la huelga, al veinticinco por ciento. Piden huelgas civilizadas, lights, quienes despiden de forma salvaje, se apuntan por libre a la nefasta medida del gobierno de rebajar los sueldos y practican el filibusterismo laboral. Mientras, crece una campaña contra los sindicatos cuya velada intención es dejar completamente desprotegidos e inermes a los trabajadores para así mejor exprimirlos. La huelga, parece haberse olvidado, es una forma de lucha, implica confrontación, conflicto con la patronal y de su éxito depende la suerte de los trabajadores. A esta nefasta situación nos ha llevado un capitalismo salvaje al que nadie le está pidiendo que pague por el desbarajuste causado.
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El calor amaina a partir de las ocho y media. Entonces sopla una brisa que hace soportable estar en la calle. Después de una ascensión de doscientos metros, por la empinada calle del Barranco del Abogado ─ le calculo un desnivel de un 35% por ciento ─ una cerveza repara el esfuerzo en Casa Paco, bar restaurante con vistas en el que sopla una agradable brisa y tiene Granada a sus pies y la Sierra Nevada enfrente.
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Ayer no hubo Babelia, ni hoy País. Al mediodía me senté en La Ermita con Narrativas, la excelente revista literaria que dirige Carlos Manzano y en la que colaboro con gusto. Ciento cincuenta páginas dedicadas a creación literaria a uno y otro lado del Atlántico ─ se publican una veintena larga de relatos ─, reseñas ─yo firmo la del último libro de Fernando Marías y de Hertha Müller─ y una detallada relación de todo lo que se ha publicado en los dos últimos meses. El número de este mes está dedicado a un narrador: al que escribe estas líneas. Hay una detallada entrevista que me hace Carlos Manzano a propósito de La Frontera Sur y un relato, Canción de muerte en Moralzarzal, que encabeza La mujer ígnea y otros relatos oscuros.
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Faltan cuatro días para coger ese tren negro.

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