DIARIO DE UN ESCRITOR

14 de julio de 2010

Y seguimos, con muchísimo placer, en la Semana Negra, el único reducto peninsular que se salva de esos calores tropicales que están azotando toda España salvo Gijón. Resulta tan buena la temperatura ─ el termómetro se sitúa en las horas de pleno sol a 25 grados y baja luego a 20, 18 ─ que estoy intentando formar un grupo de presión en la Semana Negra para pedir a Paco Ignacio Taibo II que prolongue el evento más allá de lo razonable, hasta que esos cuarenta grados que azotan Barcelona, o los 45 o 50 que sufren en el Sur, se desvanezcan.


Vuelve a ver sobaos. Y sigo leyendo, mientras bebo mi zumo de naranja y tomo mi café con leche, en la mesa de mi pinche buey, el mexicano de la Malayerba, título que nos une, y Miss Narco, el sinaloense tan conmocionado como el que escribe estas líneas diarias por la hospitalidad asturiana.Alquilo una bici. Pero me dan una grande, de señoritas en paseo, sólo apta para la ciudad. Con ella me hago toda la playa de San Lorenzo y bordeo toda la escarpada costa que va ascendiendo hasta que me permite vistas espectaculares de la bahía y de mar adentro. Sopla la brisa marina, con fuerza, y riza el mar que empieza a romper con fuerza contra los acantilados. El último tramo lo tengo que hacer arrastrando esta inútil bicicleta que no está hecha para estos menesteres. Me estoy un rato contemplando el paisaje, el vuelo de las gaviotas que no mueven las alas y planean aprovechando las corrientes de aire. Y luego desciendo, con los pulmones henchidos de aire fresco.. Un lugar para encontrar a mis colegas es la barra del Monje. Llego siempre el último y me pido mi copa de Viñas del Vero. Hoy junto a un Julio Murillo en pantalón corto y Juan Bas está José Carlos Somoza, recién llegado, con el que me fundo en un fuerte abrazo. Me encuentra muy bien después de tres años sin verme. Claro, qué va a decir. Me habla del pájaro carpintero que tiene en el jardín de su casa y le estresa con su ruido, de las ranas del estanque y los topillos que se le comen los cultivos que tiene. Julio Murillo, para no ser menos, hace una relación de todas las verduras que tiene en su huerto. En vez de escritores parecen agricultores. Nos vamos luego a comer los cuatro a Dossoles. Me hace gracia que la camarera nos llame chiquis. Estas asturianas son muy dulces hablando. Juan y yo pedimos vichiçoise, que está exquisita; José Carlos Somoza y Julio Murillo una ensalada de pasta en timbal. Al vino invita Juan que celebra una buena noticia. De segundos nos inclinamos solomillo de cerdo con reducción de naranja que parece miel y está exquisita. Y de postres arroz con leche y melón. Hablamos del origen de los postres. Somoza aboga porque el arroz con leche nació en Madrid. Los demás creemos que es de todo el norte de España. Luego hablamos de mujeres, porque no tenemos a ninguna sentada a la mesa. Y regresamos a los hoteles paseando por el litoral, a dormir un poco la siesta.Mi querido Juan Ramón Biedma presenta su última novela, El humo y la botella, publicada por Salto de Página, en la Carpa de Encuentros escoltado por Paco Ignacio Taibo II y Cristina Macia. Habla el escritor sevillano, uno de los máximos exponentes de la literatura de terror de nuestro país, del síndrome de Diógenes que arrastra hasta la locura a su protagonista. Le saludo con un efusivo abrazo cuando termina su charla brillante.Julio Murillo, que presenta su novela Oricalco, publicada en Martínez Roca, y que escribe, precisamente hoy, en A Quemarropa, el órgano de la Semana Negra, un brillante artículo sobre la novela histórica, vuelve a armar un trhiller que pivota entre Egipto y las civilizaciones precolombinas que compartieron demasiados inventos, entre las que hubo tantas coincidencias culturales, que hace sospechar que estuvieron en relación entre ellas. Presentado por el mexicano José R. Calvo, la disertación del autor adquiere tono de lección magistral por la cantidad de datos ilustrativos que vierte en la media hora que dispone. Julio llena la sala y firma todos sus libros, algo en él habitual. Francisco José Jurado toma el relevo y el espacio A Quemarropa se queda pequeño por la cantidad de público presente. Jesús Lens se encarga de presentar al autor cordobés, creador del comisario Benegas, que publica Almuzara, y hace hincapié en el poderoso desembarco andaluz en el evento asturmexicano. Benegas, nadie tiene duda de ello, se va a convertir en un personaje policial de referencia en las próximas ediciones de la Semana Negra. En la Carpa de Encuentros es Jesús Palacios quien presenta el libro de Valdemar La plaga de los zombies y otras historias de muertos vivientes. Creo que hace días hubo una discusión técnica sobre quién fue el primer zombí de la historia: ¿Jesús? No, Lázaro. Palacios, uno de los mayores especialistas de género fantástico y de terror, autor de numerosos ensayos sobre el tema, habla del vudú haitiano.

Julio Murillo dedica un Oricalco a José Carlos Somoza mientras Meli Suárez, mi nerviosa amiga gijonesa, busca a mi pinche buey mexicano, vecino de habitación, Javier Valdez Cárdenas que anda perdido por el recinto y va perdiendo cosas allá por donde anda. En estas llega Raúl Argemí, con pinta de comisario, chaqueta blanca incluida bajo la que, quién sabe, puede ocultar un arma de fuego, que está en la Semana Negra como consorte de Cristina Fallarás. Y mi amiga canaria de Las Palmas me informa de algo que ya sé: que Negra y Criminal no llevó ninguno de mis libros al festival. Suerte de La Central, que los tiene todos. Y Nerea Riesco anuncia a sus desolados amigos, entre los que me encuentro, que mañana deja Gijón para volver a su Sevilla de residencia. Trato de congraciarme con ella, de la felonía cometida en mi ejercicio como jurado del infernal karaoke, enviándole una buena colección de fotos en las que la autora de El elefante de marfil sale, cómo no, monísima.
La tarde está ocupada por eventos mientras el sol se oculta y el viento, que ha azotado todo el día Gijón, se calma. Lorenzo Silva charla con David Barba sobre su última novela, y Eduardo Monteverde, Carlos Fortea, Javier Azpeitia, Juan Bas, Fermin Goñi, el serboperuano Goran Tocilovac, Patrick Bard y Teo Palacios se pelean dialécticamente hablando de La Mentira. Una tarde/noche llena de contenidos y de interesantes y variopintas presentaciones que estuvieron todas, sin excepción, muy concurridas.
Recalamos en La Iglesiona, pero dentro, porque hace frío aquí aunque en el resto de España la gente muera de calor, Nerea Riesco, Julio Murillo y José Carlos Somoza. La sopa de pescado es excelente. El pollo guisado es bueno. Falla el postre, que nunca hay arroz con leche por la noche. José Carlos Somoza, que está en Gijón para presentar su último bestseller El Cebo que hace la competencia a la última novela de Stephen King, y Julio Murillo cometen la imprudencia de tomar un infame vino de Cariñena llamado Don Mendo, como la astracanada que representarán mañana en el sótano de Don Manuel bajo la dirección de Alfonso Mateo─Sagasta al que ya no llamo Alfredo. Yo, cerveza. Los cuarenta y seis kilos de la vegetariana Nerea Riesco se conforman con agua, un huevo frito, alguna patata y el jamón que se lo comen otros, porque la autora de Ars mágica está contra la muerte y tortura de cualquier animal. Pero yo vi animales, pescaditos, gambitas, en la sopa de pescado que se tomó de primero. Es ictiófaga. Y carnifoba. Caramba, éste debe de ser un neologismo de invención.
Antes de abandonar La Iglesiona tratamos de acertar la inquietante pregunta que nuestro vecino de mesa Fernando Marías nos lanzó mientras investigaba el perol de sopa de pescado. ¿Cuánto cobra un sicario mexicano por cortar la cabeza a alguien? La pregunta de Julio Murillo es de Perogrullo. ¿Por matarle y cortarle la cabeza? Salvo El jinete sin cabeza de Washington Irving no recuerdo a ningún humano que haya sobrevivido a la decapitación. Yo digo que 900 USD. Julio Murillo y José Carlos Somoza lo rebajan a 600 $. Quien más se acerca es Nerea Riesco que esgrime la irrisoria cifra de 300 $. Pues son 200 $ sentencia un Fernando Marías asesorado por la santa mexicana de la Semana Negra. Me parece una cantidad miserable, insultante. Nunca voy a ejercer de sicario en México. Copas, pocas, en la terraza del Don Manuel, lleno a reventar. Mientras Julio y el corredor de fondo se inclinan por los gintonics, José Carlos Somoza y Nerea Riesco, le dan al whisky. José Carlos Somoza quiere hacer un estudio científico sobre el sexo en la Semana Negra. ¿Pero hay sexo? La vascosevillana dice que sí, que mucho, sobre todo lésbico, que ya se forjaron parejas y tríos en ese perverso tren que primero nos coció, para encender la libido, y luego nos helo, para rebajarla. Julio quiere saber detalles. Pasa Fernando Marías, camino de su cama y propone darle un papel estelar a Nerea Riesco en un próximo musical a estrenar en la próxima Semana Negra. José Carlos Somoza escribirá el guión, exigiendo ausencia de ropa. Si ese va a ser el sesudo contenido yo pondré la música, de streptease. Pero Nerea nos abandona, primero por Valerio Manfredi y luego no se sabe por quién. Así es que mi beso de despedida será virtual. Pasan por nuestra mesa despacho una Meli Suárez, alegre de sidriñas, y mi pinche buey amigo mexicano de la habitación Bette Davis que se deja caer en la mesa que ocupa la poetisa roja Fátima Frutos Y Juan Bas, que parece monje y está arruinando durante estos días su mala fama, se va a dormir mientras llega la escritora austrohúngara Elia Barceló que hoy tuvo su único día libre después de estar trabajando a destajo toda la semana en presentaciones y moderaciones de mesas. Julio Murillo se levanta, para irse a la cama, y yo hago lo mismo dejando a Somoza y a la Barceló pergeñando sus respectivos papeles en La venganza de Don Mendo que se representará mañana ¡Vaya cambio han hecho llevándose a la Riesco y trayendo a Somoza!, me digo, mientras, muy sobrio, me dirijo a mi hotel Pathos.

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