DIARIO DE UN ESCRITOR


15 de julio de 2010

Abonado al sobao matutino en el Pathos, como al arroz con leche en el Dossoles al mediodía. Hoy no hay bicicleta, después del desayuno, sino lectura a orillas del mar, con el sol dándome en la cara y escuchando, por la megafonía del Paseo de San Lorenzo, la información de las mareas. Al mediodía, en la terraza del Don Manuel, se improvisa un aperitivo bárbaro al que no falta nadie, como si se tratara de escritores hambrientos. No sé quién ha traído las viandas, salvo el jamón, que iba en la maleta de Carlos Salem. Autores y autoras se lanzan a degüello para hacerse con porciones de quesos diversos, y buenos, pimientos del Padrón que no pican y anchoas del Cantábrico. Unos tacos mexicanos, que pringan y son complicados, requieren una técnica especial para ser engullidos, según comenta el experto jefe del campamento literario Paco Ignacio Taibo II que luce espectacular camiseta en donde se puede leer, y ver, Yo he visto a Paco Ignacio Taibo II beber una copa de vino, lo que resulta una infamia, obra de fotoshop: el taco no se mueve, es la persona. Corre el vino entre esta jauría hambrienta que uno se pregunta que pasaría si fuera dejada en una isla desierta, tipo Perdidos. Llega Jerónimo Tristante, y los vascos Jon Arretxe y José Javier Abasolo que, a falta de copa de vino, bebe directo de la botella. Algunos esgrimen cuchillos jamoneros, pero nadie se atreve a cortar esa pata de cerdo. Lo intentan Carlos Salem, Carles Quílez, y fracasan en el intento. Finalmente la pata pasa al interior del restaurante a ser cortada a máquina. Vamos al Dossoles, pero antes hacemos nuestra parada en el Monje en donde descubrimos a un Juan Bas departiendo con una guapa periodista mexicana que promete hacerme una entrevista sobre La Frontera sur, que luego no hace. Vamos al restaurante, en el que previamente hemos reservado mesa, y pedimos salmorejo, bueno pero escaso, y merluza frita en salsa dulce. Hoy tenemos comensal nuevo con la persona del escritor y guionista de comics Antonio Altarriba cuyo libro Maravillas en el país de las Alicias tanto me gustó. Hablamos, y censuramos, la camiseta de José Carlos Somoza, ilustrada con una foto de unas maravillosas señoritas desnudas y sobre tacones, salidas de la cámara de nuestro admirado Helmut Newton, a las que han puesto cinta negra sobre sus pechos. La sobremesa se centra en la fotografía, en las revistas de fotografía y en el mundo del cómic. Y como Juan Bas se alza antes, para ir a su hotel a preparar su presentación de la tarde, duplico mi ración diaria de arroz con leche, adicción que trato de justificar con algún trauma de infancia.
El trenecito de las 17 30 que lleva a la Semana Negra, va lleno, a rebosar. Llegamos justo al final de la tertulia que versa sobre novela negra en donde están la santa mexicana, Juan Ramón Biedma, José Carlos Somoza, Rogelio Guedea, Carlos Zanón, Gregorio Casamayor, Guillermo Orsi, Enrique Rubio, Willy Uribe y Jon Arretxe, moderados por Paco Ignacio Taibo II y Raúl Argemí. En la misma carpa de Encuentros Laura Castañón glosa El Cebo, la última novela de José Carlos Somoza, y acaba preguntándole cómo se le ocurren al autor esos retorcidos argumentos, y se remonta Somoza, acompañado en la tarima con un loco, que luego resulta ser borracho, que todos creemos forma parte de su atrezzo para la presentación, que gesticula y aplaude sin ton ni son, que el argumento arranca de cuando ganó La Sonrisa Vertical con El silencio de Blanca y un periodista tituló Psiquiatra cubano en paro gana premio de novela erótica. El Cebo, que es una mujer adiestrada para atraer delincuentes y que estos sean detenidos, se llama, en un juego de palabras Diana Blanco. Firma Somoza ejemplares a sus incondicionales lectores y me paso a la carpa de A Quemarropa en donde Juan Bas, antes de presentar la última ganadora del Café Gijón Los asesinos lentos de Rafael Balanzá, tiene que echar a loco, que se confirma borracho al esgrimir una botella de sidra, con sus maneras de vasco. Bas borda su presentación ayudado por un cigarrillo y un vaso que intuyo no es de agua. Me pierdo el concurso de tortilla de patata, del que el autor de Voracidad es jurado, porque la parte más lúdica del recinto es también laberíntica, pero no me pierdo una palabra de la sabiduría de Guillermo Orsi, presentado por Jesús Lens, que habla de su novela Ciudad Santa, firme candidata de los Hammeth que se fallan mañana, y de ese Buenos Aires en que sitúa casi todas sus novelas, y de una situación económica muy parecida a la que padecemos ahora en nuestro país. Paso, porque las presentaciones son coincidentes, a escuchar un rato a Paco Ignacio Taibo II presentar La mantis, la última novela de Mercedes Castro y luego con ella y Julio Murillo nos retiramos a deliberar en secreto y clandestinamente en el despacho del jefe sobre qué novela debe llevarse el codiciado premio Silverio Cañada. Mañana, la respuesta. El plato fuerte de la jornada no figuraba en el programa oficial pero circulaba de boca a oreja desde hacía días. Alfonso Mateo─Sagasta, que parece haberse descolgado de un cuadro del Greco, dirigía el cuarto ensayo de La venganza de Don Mendo que superó, con creces, las expectativas que levantó. Con un vestuario impecable y un decorado que había que imaginar, con perfectos efectos especiales sonoros ─ trompetas, ríos, cabalgadas, redobles de tambores ─ y unos escritores metidos en piel de actores, los espectadores que abarrotábamos el sótano del Hotel Don Manuel convertido en corral de comedias, asistimos desternillados a la representación de la bufonada de Pedro Muñoz Seca. Todos estuvieron bien, pero unos mejor que otros. Impresionó la profesionalidad de Elia Barceló, que se sabía el texto a la perfección y desarrolló, durante toda la función una extraordinaria vis cómica. No defraudaron las expectativas a su favor que tenía Rafael Marín. Javier Márquez se descabelló de forma impecable. El musculoso y viril Francisco José Jurado bordó haciendo de mariposón catalán, hasta en el acento. Pero quién sorprendió, y mucho, fue José Carlos Somoza que irrumpió en escena bailando, de la mano de Marina Taibo, y parecía sentirse muy a gusto en su papel de monarca. Alfonso Mateo─Sagasta, con peluca y sin ella, fue Mendo y estuvo al quite de la representación como director que era. Y todos aplaudimos a rabiar deseando nueva función el año que viene.
Y siguen los campamentos de verano de escritores en Gijón.

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