DIARIO DE UN ESCRITOR

9 de julio de 2010


Bien. Llegó la fiesta esperada. El acontecimiento literario que cierra el curso. La única semana del mundo que consta de nueve días. El plácido encuentro entre escritores que dejan aparte sus diferencias para comulgar en lo que les une. Un festival que dura 23 años. Que invita a autores de una y otra orilla, norte y sur. Un encuentro literario que es único en el mundo. Estoy hablando de la Semana Negra.
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Empezó ayer. En Casa de América. Una encerrona del hiperactivo Paco Ignacio Taibo II, condenado él, al que todavía no le sale una sola cana en el alborotado cabello ni en su bigote mex. En el sótano hace formar en semicírculo a los autores. Yo, no sé por qué, o sí, me siento al lado de Nerea Riesco. O quizá sea ella la que se sienta a mi lado. Cuando reparten los micrófonos los presentes, algo desconcertados, sabemos que tenemos que hablar. Allí arranca la Semana Negra. Y con una pregunta del asturmexicano. ¿Por qué escribimos? Saltan varias teorías al ruedo, pero la que me gusta, a la que arrimo mi ascua, es que lo hacemos porque deseamos prolongar la infancia. Cuando el micrófono cae en mis manos lo digo. Empecé a escribir a los seis años, como juego, y sigo jugando. Los géneros son la literatura. Y las normas, para saltarlas. Luego, afuera, alguna cerveza con los chicos de Almuzara al completo, incluyendo el gran Guillermo Orsi al que conozco cuando me registro en el hotel Chamartín y le agradezco en persona los elogios que deslizó en el blog de mi hijo. Y nos vamos luego, en petit comité, a cenar a un japonés que resulta ser chino en el que demostramos el conjunto de argentinos, mexicanos y españoles nuestra habilidad en comer arroz con palillos. Antes he saludado a Fernando Marías, a Silvia Pérez Trejo, a Cristina Macías, Marina Taibo, pertrechada con una cámara más grande que la del año pasado, a Paco Gómez Escribano y Pedro de Paz, pero no veo a la star mediática Celia Santos.
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Celia Santos tarda más en llegar a Madrid en avión que andando. Pero llega a punto al andén de Atocha del que debe partir el tren negro. Mientras arrastramos maletas Fernando Marías, Juan Bas y yo teorizamos sobre asuntos transcedentes: lo que ha avanzado la humanidad desde que a alguien se le ocurrió poner ruedas en las maletas. Casi tanto como la fregona. Alguien confunde a Celia con otra persona y le pregunta a esta salmantina criada en Barcelona, que tiene los ojos vivos que he visto jamás, por el tiempo de Granada. Embarcamos en el tren que, en el transcurso de su largo recorrido, con su carga de escritores negros, fantásticos y una histórica, la jovencísima Nerea Riesco que nos hace a todos adultos y a algunos muy viejos, experimenta los rigores del cambio climático: primero un calor sofocante para, mediada Castilla La Mancha, a la altura de Valladolid, en donde vive, por si no lo saben, la abuela de Nerea Riesco, a la que estamos a punto de visitar, se convierte en tiempo glacial. Alguien me presta una rebeca. Celia Santos. Quien está contento con el tiempo es Juan Bas, por su gran humanidad. A Carlos Salem, con su atuendo pirata y vestido de negro sólo le falta una espada en una mano y un garfio en el otro brazo. Hay periodistas por los alrededores. Y ponen la oreja por lo que luego leemos. Suerte que, por prudencia, no destripamos a ningún colega, aunque a mí me pescan hablando del caínismo literario. No en la Semana Negra, que conste, que parece una hermandad de buena gente, de tipos que se emborrachan, cantan y dicen, unos más y otros menos, alguna cosa brillante. El tren se lo toma con calma. Y la nevera no funciona. La alternativa a la sed es agua caliente y Pepsi hirviendo. Agua caliente. Un tipo muy alto, muy joven, muy guapo, de cuyo nombre no consigo acordarme, Troy Donahue en sevillano, adivina el nombre de la perrita del mexicano Cané, quizá Miguel, sí, como Michael Caine, vaya desastre de crónica que hace mi memoria, antes de que el histriónico escritor radicado en Gijón le plante un par de besos a Juan Bas al que abracé, por la alegría de verle en el vestíbulo del hotel Chamartín, hace ya seis horas: Audrey, como la Hepburn, la perrita. El hambre acucia y nada mejor que establecer una discusión sobre lo engorroso que son las galeradas y cómo las erratas nos juegan malas pasadas. Hay, con perdón, porque siempre hay que pedir perdón, tres escotes deslumbrantes en el vagón: el de la argentinamadrileña Silvia Pérez Trejo; el de la vascasevillanaperovallisoletana Nerea Riesco y el de la salmantinacatalana Celia Santos. Entre vagones uno de los jefes de tren, al menos tiene las llaves de las puertas, nos alecciona a un grupo de incautos que deciden darle conversación sobre los arrollamientos en las vías. Cada conductor, viene a decir, ha descuartizado a un viandante, el de Castelldefels, 13. El tipo parece que se va a extender en su perorata hasta que se acueste el sol y se inicia una indisimulada desbandada de oyentes que encabeza Fernando Marías, le sigue Juan Bas y luego yo, y más gente, como el creador de Benegas, policía cordobés, tipo fibroso al que le gusta el boxeo y tiene pinta de fintar. Al final el ferroviario sanguinario, que sólo habla de arrollamientos en las vías, se queda con Nerea Riesco y José Luis Molinero que, porque lo veo al lado de Celia Santos, creo, de forma infundada, que es hijo de Justo Molinero, craso error. Revolotea por el vagón una pelirroja espectacular que se llama Cristina Fallarás y la escritora austrohúngara Elía Barceló que, con el brazo en cabestrillo, pero no exactamente, dará muestras a últimas horas de la tarde de sus dotes para el flamenco.

En Mieres. ¿O no es Mieres? Juan Bas y yo nos salimos del pasacalles oficial, encabezado por un coche patrulla, las autoridades locales y PITII, para engullir un par de cervezas y alcanzamos la comitiva antes de que devoren los bollos preñados de chorizo y otras contundentes exquisiteces que nos dan de comer en un hangar. Para hacer patria muchos pedimos sidriña. O hay mucha hambre por parte de estos criminales escritores o la crisis ha obligado a reducir las viandas. A los diez minutos las largas mesas están vacías de comida y secas de bebida. De regreso a la estación Juan Bas se toma un digestivo whisky y yo le doy a un café. Y luego al tren. A dormitar. A leer. Mientras Juan da una rueda de prensa.
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Llegamos a Gijón la roja a ritmo de manifestaciones. Nos gritan como si fuéramos los causantes de la crisis global mientras la fuerza pública intenta contener los ánimos encendidos. También lo intenta PITII que intercambia impresiones con los manifestantes. Por muchos de nosotros, seguro, pasa por la cabeza sumarnos a los manifestantes que se quejan de los despidos de Chupachups, otro de los inventos, junto al trolley y la fregona, que demuestran que la humanidad avanza. Acompañados por pitos, abanicar de pancartas y alguna lindeza - a la pelirroja de la semana la llaman vividora -montamos en el autocar y conseguimos arrancar con la ayuda de la fuerza pública que contiene la exaltación obrera. Pronto todo el país, todo el mundo, se echará a la calle, espero. A mí este año me alojan en el Pathos y, aunque cada habitación tiene el nombre de un actor y su foto, no consigo averiguar el nombre del mío. Eso sí, estoy a la derecha de Ronald Reagan que es el de la habitación 102.

PITII da muestras de su florida y emotiva oratoria en el Museo del Tren antes de comer más bollo preñado, más empanadilla y más tortilla de patata. Celia se emociona en su bautizo en la Semana Negra. Fernando hace de fotógrafo, y consigue fotos buenas y comprometedoras del corredor de fondo. La fotogenia de Nerea Riesco seduce las cámaras. Cogemos al boss y nos hacemos una foto con él. Y luego platicamos, de forma larga, amena y emotiva con la mexicana Laura Esquivel, la maravillosa autora de Como agua para chocolate que tiene un aspecto apacible y es una mujer bella.
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El cocinero chino del Don Manuel nos cocina una sopa, unas tortillas, lomo, patatas y flanes a Carlos Salem, JNegritauan Bas, Nerea Riesco y yo para la cena. Celia Santos, muchacha generosa, me deja probar su arroz con leche que a mí no me dieron. El españolargentino Salem nos cuenta una historia literaria de su padre. Nerea rememora otra que contó un escritor hace dos semanas negras en una tertulia nocturna. Hablan, porque yo ya estoy derrumbado, de Madame Bovary, Raskolnikoff, Borges, Cortázar. Nos retiramos a nuestras habitaciones antes de que den las dos. Dejamos a Salem que dé cuenta de la botella de vino con gaseosa. Nerea, antes de levantarse e irse a la cama me dice un piropo, al que correspondo con otro, y previamente, horas atrás, con una dedicatoria en una novela que compro, mía, para regalársela: Barcelona negra. Y yo me pierdo, de regreso al Pathos, porque Gijón es la única ciudad del mundo en donde me extravío con facilidad, y en Granada también. Miro al actor que tengo en la puerta de la 101 y sigo sin identificarlo. Y va sin fotos porque es muy tarde. ¡LAS TRES!

Comentarios

Paco Gómez Escribano ha dicho que…
¡Las tres de la mañana! Qué golfos. Guardad fuerzas, que la Semana Negra dura 9 días. Qué envidia de esos bollos preñaos de chorizo. Lo cierto es que me lo pasé estupendamente en la Casa América. La mesa reedonda, o como se diga, estuvo bien. Curioso el ver las motivaciones de cada escritor a la ora de escribir. Estoy de acuerdo contigo en cuanto a que la Literatura es un juego, a pesar de luego los críticos analicen los textos y saquen conclusiones que a los primeros que nos sorprenden es a los propios autores. Pasadlo muy bien, pero cuidado con las tertulias del Don Manuel y con los pensamientos expresados en voz alta bajo los efluvios etílicos, porque a la mañana siguiente, uno descubre que vuelve al estado de sobriedad. Y hay que dar la cara. Claro, que una copita de whisky mañanera ayuda a retomar el estado de la noche anterior. Un abrazo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, Paco. De verdad que deseo que un año cojas ese tren negro con nosotros y disfrutes de los bollos preñaos y demás exquisiteces. Seguro que será pronto.