
De esta Semana Negra me quedo con el premio Hammeth que ha conquistado mi amigo argentino
Guillermo Orsi con su novela
Ciudad Santa; la premiación con el
Silverio Cañada a un nuevo talento dentro de la narrativa negra,
Gregorio Casamayor, con
La sopa de Dios en la que tuve algo que ver con
Julio Murillo y
Mercedes Castro; la profesional presentación que hizo de
El elefante de marfil su autora
Nerea Riesco a la que auguro un recorrido ascendente e imparable; las intervenciones, siempre al límite, de
Juan Madrid, que celebraba sus treinta años de
Toni Romano y dejó en el aire una frase extraña que me repito:
Tengo para cuatro novelas y cinco mujeres; el escepticismo existencial de que hizo gala
Julián Ibáñez mientras presentaba
Giley y
Perro vagabundo busca a quien morder; la inclasificable presentación que hizo el mexicano
Miguel Cane de
La fiesta de Orfeo de
Javier Márquez, que fue la más divertida sin duda de todo el evento; la original intervención de
Fernando Marías hablando de su premiada
Todo el amor y casi toda la muerte acechado por sus fantasmas femeninos;
Juan Ramón Biedma hablando de
El humo en la botella con
Paco Ignacio Taibo II y
Cristina Macía; la buena sintonía que hubo entre
Julio Murillo y su presentador
José R. Calvo a raíz de su
Oricalco; el desparpajo de
Francisco José Jurado hablando de
Benegas; el apasionamiento que puso
José Carlos Somoza al hablar de
El cebo; la excelente presentación que hizo
Juan Bas de la novela
Los asesinos lentos de
Rafael Balanzó; la ejemplar modestia de
Guillermo Orsi al hablar de
Ciudad Santa, y lo generoso que estuvo el flamante premio Hammeth de este año al referirse a
La Frontera Sur,
La mujer ígnea y
El corazón de Yacaré, mis libros en la XXIII Semana Negra. Tuve un presentador de lujo y un colega del que ya soy pareja de hecho:
Carlos Salem. E hice muchos amigos nuevos:
Meli Suárez,
José González Cabolugo, el mexicano
Javier Valdez Cárdenas, autor de
Malayerba y
Mis Narco, el propio
Orsi y esposa.


Pero la Semana Negra no sólo estuvo en los programas oficiales, porque, al margen de los actos programados, que fueron multitud y todos interesantes, cada comida, cena o desayuno, cada tertulia improvisada alrededor de una mesa del Don Manuel con un vaso de gintonic en la mano o una copa de Chardonay acodados en la barra de El Monje, fue también Semana Negra. En esos encuentros improvisados y sin guión previo se habló de literatura, de su fuerza telúrica y ancestral, de proyectos e ilusiones, de próximos eventos y encuentros, de carne y espíritu, de Dios y del Diablo, de la sangre que los escritores convertimos en tinta para que haya lectores que nos quieran y disfruten con lo que escribimos. Y es que en la Semana Negra la difusa línea que separa lo lúdico de lo literario se diluye definitivamente, porque escribimos para seguir siendo niños.Esto fue la Semana Negra y lo seguirá siendo el año que viene para los que sigamos en pie.
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