DIARIO DE UN ESCRITOR

6 de julio de 2010

Mi despertar es de monóxido de carbono. Antes de las ocho un camión se detiene ante mi balcón abierto y descarga su veneno gaseoso que rápidamente llega al dormitorio. Me levanto malhumorado, cruzo el apartamento, cierro el balcón y me pregunto cuando prohibirán la circulación rodada en los núcleos habitados y se dejarán de tanta histeria antitabaco. Cae, con un té, el último trozo de sobao casero.
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Sin corregir el original de Marea de sangre me siento extraño, vacío. Tranquilo, me digo, que ya vendrá el laborioso proceso de las galeradas en el transcurso del cual el escritor se siente un galeote. A las dos y media del mediodía el calor es insoportable. A lomos de mi bicicleta lanzo una mirada rápida al termómetro que hay frente a Correos, el Times Square de Granada, y me confirma lo que mi cuerpo siente: 39 grados. Uff. El calor me convierte en una especie de perro malhumorado. Lo siento por los que me sufran. Como en una de mis oficinas. La camarera es muy atractiva, pero hace mucho calor hasta para mirarla. Estoy bajo el vendaval de un aparato de aire acondicionado y como macarrones, para que no me vuelva a quejar de que en Granada no hay macarrones. Contesto la correspondencia y descargo unas cuantas fotos ajenas de mi ordenador a un pen drive. Luego la camarera, patrona de la casa y cocinera, que se ha quedado dormida viendo un programa de ñus, animal que sirve para eso y para que se los zampen leones y cocodrilos, se va a un entierro y yo me vuelvo a mi casa, con 40 grados que marca el termómetro en Times Square.
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Parece que hago publicidad de Narrativas porque dedican parte de su último número a mi persona, pero realmente es una revista muy buena. Me gustan los relatos que publican, de autores pocos conocidos de la otra orilla. Y las reseñas de libros y la lista realmente exhaustiva de novedades.
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Esta mañana compré cinco tomates, cuatro pequeños, para gazpacho, que no pude hacer porque ni tenía pimiento ni pepino, y uno grande, hermoso, oloroso, rojo y fuerte que me prometía devorar con fruición durante la cena. El tomate resultó un fraude. Muy bonito, muy terso, mucho perfume a rama ─ me temo que los rocían con aerosoles, que todas se las pescan ─ pero absolutamente insípido. Le fui echando aceite, vinagre y sal y nada, era tan, tan insípido que ni la sal sabía a sal. Castigaré a mi frutero de la Plaza del Aguador.
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Pero antes de esa cena frugal me fui pedaleando a la Plaza de San Miguel Bajo, o San Nicolás, porque el santoral lo llevo flojo, que menos mal que es Bajo, porque está en lo más alto del Albayzin, me rompí las piernas subiendo por las cuestas y caí sobre una silla del bar en donde el otro día, cuatro atrás, me fiaron porque no llevaba un solo euro en el bolsillo, ni céntimos de euro, Pago la cerveza que le debo a una mujer que pensaba que ya no me iba a ver más y me tomo otra con una tapa esmirriada que lleva una hoja de lechuga, un tercio de tomate y una milésima de pepino. 330 pesetas. Ni en el más lujoso bar de la Plaza Calvo Sotelo, ahora Francesc Macía, llegaron a cobrar esa barbaridad por una cerveza. Por ese precio antes comías o te daban caviar. Y ahora es lo que vale una vulgar cerveza. Llevan mucho tiempo tomándonos el pelo.
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Tras una charla larga en la que me quedo sin saldo e interrumpe el Hoy de Gabilondo, en lo que lo más divertido es ver como Ernesto Elkaizer se pone siempre nervioso mientras sus dos contertulios ironizan desde posiciones de derechas, me voy a dar un paseo nocturno en bicicleta. Subo por la calle Gracia, tuerzo por Alhondiga, me meto por la calle de los soportales de Correos, recorro el primer trozo de San Matías, en donde antaño vivía, giro a la derecha para pasar por delante del Pícaro y luego ya no me sé el callejero del Realejo, pero bajo por una pendiente de narices que desemboca, tras dos cerradas curvas, en el Paseo del Genil y me detengo en Rosa para zamparme un helado de limón. Y luego ya a casa. Tiempo estimado media hora.
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Y antes de la charla y la cena, la homónima se quejó porque ya no salía en estas páginas. ¿Cómo van a salir los homónimos si desaparecieron, me dieron plantón el otro día en La Ermita y no quieren tratos conmigo? Bien. Para que puedan volver a salir hemos quedado con ellos en vernos mañana. Seguramente en La Ermita.
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Hace siglos que no sé nada de mi amiga pueblana. Y más todavía que no sé de mi buen amigo Pedro Gálvez que se me ha vuelto a perder. Localicen a Gálvez, por favor. Puede ser el título de una próxima novela.
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Setenta y dos horas para subirme al tren negro. Un ronquido, de vecino/a se mete por mi ventana abierta. Corre el aire mientras mi ordenador sigue con el lentísimo proceso de desfragmentación, que suena muy terrible pero lo único que hace es liberar espacio en el disco duro.

Comentarios

Blas Malo Poyatos ha dicho que…
Su Blog ha sido un descubrimiento. ¡Excelente!

Me ha parecido una crónica estupenda, fresca y entretenida. Me ha encantado, así que, con su permiso, voy a colocar una enlace a su blog desde el mío para poder leerle más a menudo.

Un saludo