DIARIO DE UN ESCRITOR

16 de julio de 2010
Me piden que fotografíe unos pies en sus zapatos, y yo obedezco y cumplo aunque quien me hace esa petición no cumpla con su promesa de sacarme en el Diario de Navarra. Abro con este pie abrazado con zapato fucsia esta página del diario, pero no esperen lubricidades en él. En la Semana Negra hay sexo, hasta amor, nacen y mueren historias románticas que duran nueve días que son como nueve meses y otras que se expanden hacia la eternidad y complican, no saben ustedes cómo, la vida de sus protagonistas, aunque eso debe de ser la vida, una novela emocionante a pesar de conocer el final. Adivinen de quién es ese pie.
Llegó el día más importante. El de los premios. Desayuno volando en la barra del Pathos con Antonio Altarriba a cuya presentación no pude acudir ayer por la noche, y me voy hacia el Don Manuel en donde me encuentro con Julio Murillo. Antes he redactado la nota del fallo del jurado. Para la ocasión me he puesto pantalón largo y camisa negra. El sótano del Don Manuel se llena de gente y con puntualidad británica Paco Ignacio Taibo II procede al acto de fallo de los distintos jurados de la Semana Negra. En el de relatos quedan finalistas dos actores que también escriben: el gaditano Rafael Marín y el sevillano Javier Márquez. Pero ninguno de ellos gana. Leo mi fallo y anuncio que por unanimidad de los tres jurados, Mercedes Castro, Julio Murillo y yo mismo, la novela merecedora del Silverio Cañada es La sopa de Dios, narración perfecta, con personajes brillantes y trama ingeniosa. Me alegra que Guillermo Orsi se alce con el codiciado Dashiel Hammeth con Ciudad Santa.
Me acerco a felicitar personalmente a Gregorio Casamayor. Le confieso la unanimidad absoluta en el fallo que se produjo en un minuto. Lo agradece, más teniendo en cuenta que es su primera novela y de este modo su vida literaria empieza con buen pie. Así es que, desde aquí, recomiendo esta novela espléndida, divertida e inteligente, sobre la que muy pronto aparecerán reseñas. Y luego me fundo en un abrazo con Guillermo Orsi cuya nobleza física y espiritual me parecen semejantes a la de Vicente Ferrer. La bonhomía de Guillermo Orsi, del que he hablado con frecuencia como escritor, se tiene que sentir, no se puede explicar. Hombre sereno, que mide las palabras, es de una modestia ejemplar, lo que, tratándose de un argentino, es doblemente encomiable. Me hace muy feliz, es un regalo extra de esta Semana Negra, conocer en persona a Guillermo Orsi a quien conocía de vista de otros años, a quien había leído, quien me había derrotado, eso no lo sabe él, en el primer premio Umbriel Semana Negra, en el que quedé finalista con una novela que verá la luz muy pronto.
El punto de encuentro siempre es El Monje. Además, por ser tan asiduos, ya nos han colgado una foto en las paredes de la taberna. Me añado al grupo formado por Alfonso Mateo─Sagasta, a quien felicito por su espléndida interpretación y dirección de La venganza de Don Mendo, y pido un blanco para acompañar a Eduardo Fajardo, Juan Bas, José Carlos Somoza y Julio Murillo. A las dos nos vamos hacia Dossoles, sin Juan Bas que se queda conspirando con Fernando Marías. Nos gusta el restaurante y la simpática y menuda camarera que nos llama chicos aunque todos podamos ser sus abuelos y alguno su bisabuelo. La comida es realmente instructiva, además de buena, a pesar de que no hay arroz con leche. En ausencia de Juan Bas no hablamos mal de él sino todo lo contrario. José Carlos Somoza lo describe como el Rabelais de las letras españolas. Ayer cogimos un taxi y Juan Bas le soltó al taxista, con su vozarrón engolado, No nos des muchas vueltas porque somos escritores de la Semana Negra y te podemos dar una paliza y luego quemarte el coche. Se lo tomó a bien el conductor. Hablamos de la maldad intrínseca del ser humano, presente en todas las novelas de José Carlos Somoza y en las mías, de nazis y aztecas, de serbios y croatas. Estamos de acuerdo en que las leyes, el miedo al castigo, hace este mundo más gobernable, pero que los mimbres de la civilización se pueden romper en cualquier instante. Julio Murillo diserta sobre la Atlántida, territorio mítico presente en sus últimos libros. Y ya camino de nuestros hoteles, para hacer la siesta, el autor de Oricalco nos desvela el argumento de su próxima novela que nos parece, a José Carlos Somoza y a mi, magnífico, por lo que bromeamos con que esté alerta por si sufre un accidente en breve.
Subimos a media tarde en el famoso trenecito. Con Covadonga, la guapa chica asturiana que acompaña al conductor. Juan Bas presenta la novela de Carlos Manzano en la Carpa de Encuentros, El hombre de plastilina ¿Rajoy?, novela desternillante según el buen criterio de Juan Rabelais Bas. Le siguen, en el mismo lugar, los ganadores de los premios de la Semana Negra que hablan de sus libros y de las emociones que les suscita un evento literario en donde se mezcla la fiesta con la literatura, los churros con los libros. Saludo a la locuaz Meli Suárez que, entre acto y acto, me desgrana al oído la historia de una envenenadora conocida suya que puede servirme de argumento para una próxima novela. Y se acerca a nosotros el pinche buey mexicano, que Dios sabe qué transporta en su misteriosa mochila, de la que nunca se desprende, y le dedica un ejemplar de Malayerba a Juan Bas que lo paga en especies, con un copazo de whisky sin hielo que el bebedor de tequilas reposado se echa al gaznate como Agua para chocolate cuya autora debió marchar porque no volví a ver.
Cenamos en el clásico La Iglesiona. Sopa de marisco y huevos fritos con patatas y jamón, para mimar nuestro colesterol. Luego habrá que ponerse a dieta. Hace fresco para estar en la terraza, y nos sentamos dentro en una mesa en la que está Fernando Marías, Juan Bas, dos coruñeses vinculados al mundo de las letras, Julio Murillo y Sanjuana Martínez que, durante la cena, mientras destrozo las yemas de mis huevos con embestidas de pan, los huevos que hay en el plato, por supuesto, me desgrana la descarnada situación mexicana, los despiadados asesinatos, la vinculación del poder con el narco, las muchachas mexicanas que son vendidas a los gringos para ser violadas, luego descuartizadas, finalmente evisceradas para vender sus órganos a clínicas sin escrúpulos en la línea fronteriza en donde se venden órganos al por mayor sin preguntar de dónde vienen, un tráfico sangriento y repugnante que pone los pelos de punta y da para cien novelas negras, por lo que ya veo que mis próximas novelas tendrán el territorio de México como paisaje. Con ese relato de la santa mexicana el postre se desliza lento por mi paladar y Julio Murillo no da crédito a lo que oye. Yo sí, ya oí de esas tropelías en uno de los países más hermosos del mundo que está a un paso de ser un estado fallido.
Un gin tonic en la terraza de Don Manuel. Y hablamos de cine, de una película en especial que es tan magistral, un verdadero decálogo, que mejor no nombrarla, ni verla, por si alguien se contagia y hace películas similares. Estamos viejos, cansados después de 23 años, el gin tonic se demora en el vaso según cae la madrugada. Fernando Marías hace una hora que se retiró. No me atrevo a entrar en el Don Manuel por miedo a tropezarme con Juan Madrid, que llegó hoy, y seguro me arrastraría a una noche de alcohol y perdición. Así es que cojo mis cosas y me voy paseando al hotel bajo la música de la ciudad, que es la de las gaviotas insomnes que la sobrevuelan a todas horas.
Termino esta página de mi diario de hoy con una foto de mi gran, viejo y buen amigo Juan Bas a quien siempre agradezco los momentos que me hace reír en su compañía o en el de sus libros. Y sí, Juan, como Fernando, como Julio, como José y Meli, como José Carlos y el pinche buey mexicano, y la santa pequeña y picante como guindilla, y Paco, que todo lo puede y todo lo sabe, y Guillermo, el bienhallado de esta Semana Negra, son regalos extraliterarios que uno encuentra en esta refrigerada y hermosa ciudad.

Comentarios

B. Miosi ha dicho que…
De primera impresión parece el pie de un hombre. ¿Será el tuyo? Me ha gustado la crónica, relatada en un lenguaje literario que se agradece.

Saludos,
Blanca
Paco Gómez Escribano ha dicho que…
Gracias un día más por traernos la crónica del día, aunque ya va quedando menos para entonar el "Pobre de mí". Un abrazo.