LA PELÍCULA

Atención cinéfilos y aficionados negrocriminales con PROMESAS DEL ESTE, la última película de David Cronenberg que persiste en el género iniciado con UNA HISTORIA DE VIOLENCIA. Película modélica, guión perfecto, ambiente tenso e inquietante, violencia escalofriante - la escena de lucha en la sauna es de lo mejor que se ha filmado en ese estilo - y una interpretación perturbadora de Viggo Mortensen, Armin Mueller-Stahl- su mirada azul saja, literalmente, como un cuchillo -, y un espléndido Vincent Cassel. Lo más terrible de esta historia de mafiosos rusos en Londres, que transcurre entre navidades y año nuevo y no da un segundo de respiro al espectador, es que es real como la vida misma.
PROMESAS DEL ESTE
José Luis Muñoz

Hay directores encasillados en un género, que lo han explotado hasta la saciedad, que deciden lanzarse a la exploración de otros. Woody Allen y Match Point sería un ejemplo extremo de viraje de un director que se pasa de la comedia intimista al policiaco y lo hace con fortuna. Otro podría ser el que está haciendo el realizador canadiense David Cronemberg, director de películas polémicas en donde se cruza la sórdido y lo fantástico como Inseparables, Madame Butterfly, La mosca, Crash o El almuerzo desnudo, una filmografía que le convertiría en el hermano gemelo del laberíntico David Lynch, ambos, quizá, los directores de cine que mejor han sabido captar atmósferas malsanas e inquietantes desde que Tod Browning rodara La parada de los monstruos.
David Cronemberg, que iniciara con éxito su peculiar revisión del cine negro con Una historia de violencia, redondea su itinerario genérico en la modélica, cortante – por muchos sentidos: las pistolas son sustituidas por las armas blancas – y cáustica Promesas del Este sin renunciar a ningunos de los presupuestos estéticos que han hecho de él uno de los más valorados directores de culto, una especie de rara avis al que se le permite epatar y provocar, papel, en el séptimo arte, bastante olvidado y devaluado desde que Luis Buñuel rodara su Perro andaluz.
Esta historia rodada en Londres, en los ambientes y territorios de las mafias rusas que extienden sus tentáculos por los países de Europa occidental una vez se ha producido la debacle del imperio soviético, es quizá una de las películas más crudas y violentas que se hayan visto en las ultimas décadas, pero sin que la violencia sea espectáculo gratuito, fuego de artificio, sino todo lo contrario, revulsivo.
Una joven rusa, prostituta y heroinómana, muere al dar a luz en un hospital londinense. La joven comadrona, de origen también ruso, que le atiende en el parto, Anna Khitrova (Naomi Watts en otra de sus sensibles interpretaciones), que vive con su madre Helen (Sinéad Cusack) y su tío Stepan (Jerzy Skolimowski), miembro retirado del KGB, en un pequeño apartamento, decide adoptar a la criatura por lo que tendrá que averiguar la identidad y el pasado de la fallecida. Esa investigación le llevará a adentrarse en el submundo de la mafia rusa, un universo cerrado e hiperviolento, regido por unos pautas de conducta próximas a la yakuza japonesa, y a relacionarse con Semyon (Armin Mueller-Stahl), el aparentemente afable propietario del restaurante de lujo Transiberiano, su dipsómano hijo Kirill (Vincent Cassel) y el enigmático Nikolai Luzhin (Viggo Mortensen), chofer y amigo íntimo de este último, todos miembros de la peligrosa hermandad Vory V Zakone que esconde todo un submundo de corrupción, prostitución, tráfico de drogas y asesinatos con sicarios.
Frías, contundentes y literalmente tajantes, las duras imágenes de David Cronemberg nos pueden retrotraer al mejor Francis Ford Coppola, el de la trilogía de El padrino, y al mejor Martin Scorsese, el de Casino. Cronemberg consigue introducir en cada uno de sus fotogramas un aire malsano y una tensión constante que estalla, a lo largo de la película, en explosiones de tremenda violencia, sin subterfugios ni edulcorantes, en las que los cuerpos – no hay que olvidar que fue cirujano antes que cineasta – son destrozados por la violencia y la sangre escapa de ellos a borbotones. Y no hay engaño. La expeditiva secuencia con que se abre el film ya anuncia el camino que va a seguir estas Promesas del Este que alcanzan su mayor grado de brutalidad en la extraordinaria secuencia de la pelea entre un Nikolai Luzhin, desnudo, y los dos sicarios chechenos en la sauna, una lucha entre perros, a muerte, en la que todo está permitido.
Un guión perfecto, sin uno sólo fallo, creíble – historias como la que cuenta Cronemberg suceden a diario, son parte de nuestra lamentable crónica de sucesos -, unos personajes complejos pero extraordinariamente dibujados – la relación sadomasoquista entre padre e hijo es tan dolorosa como impactante - y unas interpretaciones excepcionales, empezando por Viggo Mortensen, impecable en su papel de duro killer dispuesto a todo, pasando por Vincent Cassel, hijo pródigo que nunca conocerá ni el afecto ni el aprecio de su despótico padre, para terminar con un actor excepcional que se prodiga poco, por desgracia, como es Armin Mueller-Stahl, el nazi de La caja de música de Costa-Gavras, cuya mirada hiela la sangre, configuran los ingredientes de esta excelente película de género perfectamente cocinada pero no apta, desde luego, para cardiacos ni espectadores sensibles.

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