DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 6 de agosto de 2011

Se produce un cambio de huéspedes. Salen por una puerta el profesor de filosofía y el escalador cocinero de mi casa y entra, por otra, una norteamericana de San Diego, California, a la que conozco desde 59 años, pronto sesenta.
Su bautismo en el Valle no pudo ser más accidentado: una brutal tromba de agua se abate sobre nosotros mientras bordeamos un pantano, de noche, y la violencia de la lluvia nos obliga a detenernos en Pont de Suert en medio de una carretera convertida en río torrencial y sin ver absolutamente nada por la impotencia de los cepillos limpiaparabrisas. Por suerte el coche es grande y pesado y aguantó la embestida del agua y el conductor mantuvo su sangre fría y la copiloto yanqui no se dejó llevar por ninguno de sus habituales ataques de pánico. Pero al día siguiente salió el sol, el desayuno estuvo en la mesa (esas maravillosas ensaimadas cuyo aroma me llega todas las noches al dormitorio por alguna rendija de la venta, las tostadas con mantequilla y mermelada de naranja amarga, el zumo recién exprimido por el anfitrión), la sopa, aprobada anteriormente por cinco comensales que la degustaron y repitieron, siguió cundiendo tras 45 días de consumo ininterrumpido y empezamos el programa de excursiones con un paseo de altura que tiene su punto de partida en Caneján, seguimos con un ascenso al Coth de Baretges, cuyas piedras ya me saludan, con confraternización con las vacas y caballos de la zona, y terminamos con el espectáculo de ese extraño río que brota con fuerza inaudita en Uelhs de Jueu, junto a la Artiga de Lin, procedente de La Maladeta, y se despeña ladera abajo hasta encontrar acomodo en el Garona.
Hoy, comprando el diario a mi vecina argentina que siempre me lo reserva, me dice de nuevo su nombre y yo prometo recordarlo: Lis. Ya no lo olvido. Lo que convierte el nombre de su papelería, La Flor de Lis, que yo creía un homenaje a la muy próxima Francia, en un juego de palabras privado. ¿De qué flor está hablando Lis desde el toldo de su establecimiento?
Flores aquí hay muchas, millones, como granos de arena en una playa, de todos los colores y formas, espectaculares y modestas, erguidas y deprimidas, aromáticas o asépticas. Faltan en mi balcón, me reprocha la paisana de Jacques Brel, pero he de optar por los rojos geranios, bandera del Valle, o las sábanas lavadas que deben orearse. Hay prados que son blancos, amarillos, azules o rojos, o blancos, amarillos, azules y blancos a la vez, que no huelen a hierba sino a la miel que hoy serví como postre a mi invitada norteamericana y que ella mezcló de tal manera con el tradicional mató catalán, ese queso fresco delicioso y con una curiosa textura de harina, hasta convertirlo todo en una sopa; pese a su aspecto tan heterodoxo, le gustó.
La huésped yanqui no es como el profesor de filosofía especulador (adjetivo que, como el sustantivo mercado, ha sufrido una irrecuperable degradación en su significado primigenio) que compartió charlas y vinos con el anfitrión; ni como el cocinero escalador que dejaba atrás a los dos sesentones, absortos en sus brújulas y mapas topográficos, con sus veintidós años, o menos: o como la excursionista bretona de ojos verdes que resultaron azules y conoció el anfitrión como autoestopista y olvidó tras una piedra su primer bastón y tras un hito fronterizo un badajo de vaca (perfecto para llamar a mis huéspedes al desayuno), en su relación con las sendas de Arán: la norteamericana se cansa, rebufa y maldice, aunque luego bendice la belleza del Valle por el que pasea. El anfitrión ha de tirar de ella con los consabidos engaños que se utilizan en la montaña con los niños pequeños que ya no quieren dar un paso más: Ya llegamos, Está a la vuelta de la esquina, Después de esa curva, Tras ese repecho, Cinco minutos, Ya lo veo, etc. En unos meses quiere tocar a los gorilas de espalda plateada de Uganda. El anfitrión se muestra escéptico sobre ese viaje africano y cree que el encuentro de los primates con la norteamericana sólo se producirá si los gorilas bajan de la montaña al llano y no si ella sube del llano a la montaña, porque no subirá.
Mientras el anfitrión sube y bajo montañas, se pasea por valles, susurra a los caballos y se extasía con los aromas de las flores, el mundo, a su alrededor, se hunde un poco más y los que lo habitan se indignan. En Siria, ante la indiferencia de todos (la misma que reina en la Somalia arrasada por la última hambruna), los indignados mueren a balazos por centenas, y en Israel toman plazas y calles. Pregunta, desde China, el director de El Bosque si ya se hundió España. No tardará, le contesto desde unos cuantos miles de kilómetros y otro continente.
Juan José Millás pone su siempre lúcido pie de foto en EPS. La instantánea es de un grupo de ministros de la UE, entre ellos Elena Salgado, que equipara a los personajes de un cuadro de Rembrant. Los forenses ante el cadáver de Europa, lo titula el escritor. Y Europa, la que se hunde, la que agoniza, no es ninguna entelequia: somos usted, mi vecina, yo.
Creo que tiene que haber mucha más indignación, que ésta sea global, que marche toda en una misma dirección, el cambio del actual sistema social y político por otro que urge inventar, para que la tierra recupere de nuevo su eje vital y pueda seguir girando.
Los indignados planteamos convertirnos en partido político. Ya tienen el voto del anfitrión. Y espero que Paula, cuando cumpla dieciocho años, no tenga que acampar en Sol, o en Plaça Catalunya, porque el mundo será un poco mejor que éste porque es imposible imaginarlo peor.

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