DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 14 de agosto de 2011
Con los recortes que Berlusconi quiere imponer en Italia imagino que aflorará la indignación absoluta en la bota de Europa. Si los italianos ya estaban indignados con los desmanes de la bragueta del Cavallieri -¿por qué llamarán caballero a un tipo zafio como él- con lo que se avecina ahora espero que se ocupen todas las plazas desde Palermo a Milán. Curiosa esa manía de satisfacer a los mercados arrojando gente al paro. 50.000 funcionarios serán desalojados de sus despachos. Un aviso a navegantes de lo que puede hacer el PP cuando el 20N, si no se le pone coto, gobierne en España. Pero Il Cavallieri quiere gravar las grandes fortunas también. ¡Menos mal!
Los indignados de Siria siguen muriendo ante la indiferencia del mundo que utiliza distintas varas de medir; en el país estrangulado por Bashar al Assad que, hasta ahora, era tildado de moderado (el duro era su difunto padre) de cada funeral salen nuevos funerales en una espiral de violencia imparable. Y los indignados de Libia no acaban de echar a Gadaffi ni con la ayuda tibia de la OTAN cuyos bombardeos asesinan a cientos de civiles a pesar de la inteligencia y precisión de sus bombas. Los indignados de Somalia, muertos de hambre, no tienen energías para hacerse oír y pronto pasan de tener interés mediático. Y aquí los indignados siguen con sus acciones, reivindicaciones y su amenaza, que espero cuaje, de convertirse en partido político que será lo único que me mueva de la abstención.
De todo ello me informo por el periódico, ante la cerveza de un euro treinta que me cobran a euro veinte (bonificación por cliente asiduo) en uno de los bares vascos del pueblo, rodeado de turistas franceses que pasan la frontera para comprar alcohol mucho más barato (los he visto llenar de provisiones etílicas los maleteros y hasta las partes de carga de sus pick up), bajo los efectos de la resaca de las cuatro caipiriñas, que me tomé ayer noche, y con la siempre gratificante visión de las verdes montañas enfrente.
Ya camino de la panadería, después de haber digerido todas las desgracias del mundo en este sábado al sol, una francesa con un mapa desplegado sobre el capó de su coche me pide consejo acerca de una excursión al arriu Nere. Le explico que la pista la puede hacer con su vehículo y que luego la marcha es por una interminable tartera, saltando de piedra en piedra y jaleada por los gritos de las marmotas, hasta dar con un silencioso lago vigilado por un imponente pico. Le aconsejo que, por el mismo precio, vaya al Coth de Baretges, que está mucho más cerca, y promociono constantemente, hasta a los invitados en la fiesta de ayer, de lo que ya me estoy arrepintiendo. Al final voy a conseguir que mis dominios dejen de serlo.
La panadera me dice que lloverá mientras me sirve el pan de cuarto de leña poco quemado, que hoy lo está bastante. Y acierta al instante, porque salir de la panadería y caer las primeras gotas del cielo. Y eso que le dije a la turista francesa, escrutando las nubes como un campesino avezado, que tendría buen tiempo para sus excursiones. Como y veo la tele ya en mi casa. Envío largos mensajes bilingües por el móvil que también son respondidos en dos idiomas; escribo; veo las tres películas de la Sexta3, que hoy concentra una programación excelente (El hombre que pudo reinar de John Huston, Malicia, en donde descubro a una jovencísima Gwyneth Paltrow, casi una colegiala, entre Alec Baldwin, Bill Pullman y una malísima, y algo redondeada, Nicole Kidman en su etapa de pelo rizado, y termino con la espléndida Cotton Club de Coppola), actualizo el blog, repaso una antigua novela corta y empiezo a elucubrar sobre una posible novela negra ambientada en New Orleans inmediatamente anterior al Katrina cuyo título podría ser Dieciocho whiskies antes de morir, que me suena a western.
De China me llegan noticias frescas sobre el futuro hegemónico que tendrá, sin duda, la gran potencia oriental (el director de El Bosque me dice que China puede aplastarnos cuando quiera, económica o militarmente) y sobre su insoportable polución, muy superior a la que padecí en Granada. También me habla de las chinas, de las que se queda prendado. No me extraña. Cuando estuve en Hong Kong lo realmente difícil era descubrir a una china que no fuera guapa.
Ya de noche, con el rumor de la lluvia cayendo lentamente sobre mis ventanas, preparo un bizcocho y, a pesar de que lo hago a ojo, creo que acierto con todos los ingredientes, sube correctamente, se tuesta ligeramente, aunque quizá me haya pasado con el aceite. Y a todo eso mi querida Paula se resiste a asomarse al mundo. No me extraña. Pero yo haré todo lo posible para mejorarlo.
Hoy no pisé la montaña. Algo excepcional.
Arán, 13 de agosto de 2011
Desperté en medio de un sueño, seguramente para que no avanzara. La Sonrisa Etrusca se disponía a presentarme a alguien: Te presento a mi chico…Evidentemente no quería que me lo presentara. Así es que abrí los ojos a las nueve y media de la mañana, con el sol radiante sobre los párpados, me incorporé de la cama y bajé, con cuidado de no tropezar, al salón a prepararme el café con leche.
De nuevo solo, lo que tampoco está mal después de quince días acompañado por gente variopinta y apreciada. Ayer dejé en el escenario de Marea de sangre, veinte años después (sigue el mar en su sitio, algún rascacielos remozado, pero el pueblo es distinto, y yo más) a mi huésped norteamericana, la viajera incansable cuya droga es hacer kilómetros volando de una punta a otra del mundo, en buenas manos, y antes de abandonar el mareante ajetreo de la costa con sus cientos de bañistas, tipos bebiendo cervezas en sillas acolchadas en el paseo marítimo y exhibicionistas que se paseaban medio desnudos por las aceras luciendo músculos, tatuajes y piercings, regresé al Valle, de noche, lo que me gusta porque las carreteras están solitarias y sólo he de seguir la traza blanca e hipnótica de la línea mediana, derecha e izquierda, del llano al monte, bordeando pantanos que, de noche, se hacen más interminables pero me libran del vértigo, porque no veo sus aguas más que cuando la luna da en ellas.
Hoy voy a recuperar todas mis rutinas perdidas días atrás por culpa de las visitas, volveré a la apacible normalidad. Escribir después de ducharme, mientras me seco con la corriente creada en la buhardilla por las dos ventanas abiertas; comprar Público a Lis por la película que regalan; leer el diario en mi mesa de la terraza del bar vasco con una cerveza de un euro treinta que a mí me cobran euro veinte, y mirando los montes cercanos; pasar por mi panadera a por mi cuarto de kilo de pan de leña; hacer la comida, la siesta, leer un poco en alguna verde pradera…
Mientras saboreo el café con leche con cara de sueño veo un reportaje sobre Mali en el Canal 33. Urge un viaje, sobre todo cuando caiga en el Valle el invierno con toda su crudeza. Barajo varios destinos para enero. Mali es uno de ellos. Amazonas, otro. Aunque quizá me incline por Camboya y los templos de Angkor.
Al bajar a la calle e internarme por el pueblo me doy cuenta de que se preparan las fiestas mayores y los vecinos cuelgan serpentinas de fachada a fachada, montan tenderetes, prueban la música. Cuando hay fiestas en una localidad o se participa o se huye de ellas a gran velocidad. Decido participar. Lis, mi atenta proveedora de diarios, me invita a la fiesta de la calle que tendrá lugar a las siete de la tarde. Aportaré una botella de vino, tortilla de patatas, aceitunas, queso.
Como. Duermo. Sueño escuchando como fondo un documental de cocodrilos en Los Llanos de Venezuela de TV3 y los martillazos de mis vecinos que están montando la carpa de la fiesta en la calle. Sueño profundamente integrando en el sueño los golpes de martillo y el chapoteo de los cocodrilos. Y tengo la sensación de que mi séptima vida fue solo un sueño porque no me queda ya constancia de su realidad, ninguna. Curioso que todo se vaya difuminando como una voluta de humo que termina diluyéndose y convirtiéndose en nada. Maldito relativismo.
A las siete y media bajo a la calle. Pero antes invito a Ojos Azules a que se agregue a la fiesta. Vendrá. La calle es pequeña, corta, pero se congrega medio pueblo debajo de la carpa que han alzado en un momento mis vecinos. Hay tres brasileñas que se encargan de las caipiriñas; un bailarin de breakdance lesionado que anda con muletas y se interesa por los conceptos de novela negra y novela enigma. Le explico diciéndole que nada tengo que ver con los juegos de Agatha Christie. Dos tipos que trabajan en la construcción y talando árboles y están hartos de tanto bosque y tanta nieve, mierda blanca la llaman, en el Valle. Relativismo. Una infinidad de niños. Y una docena de jóvenes. Pronto huele a asado y churrasco. Y la música chilaut suena, amansa a las fieras.
En ese callejón en donde vivo hay una aglomeración humana. Yo quería la soledad y no la encuentro. Vienen dos franceses de Foz, herbolario él, que habla bien el castellano. Y sus tres hijos. A una chica francesa que se llama Leticia, como la futura reina, le regalo Babylone Vegas dedicado como antes regalé a Lis, argentina pero también paraguaya, La pérdida del paraíso. Corren las bebidas espirituosas. Y el vino tinto francés cuando llega Ojos Azules que prueba mi tortilla de patatas y el foie con tostadas mientras charlamos aparte, en un banco. La fiesta sigue, se añade más gente. Acompaño a Ojos Azules hasta su coche y la despedida es larga, extraña y agradable. Regreso a la fiesta justo para probar las caipiriñas. Las brasileñas de Sao Paolo son verdaderas artistas y yo las ayudo a picar hielo. Me miman. Me sirven dos vasos más de caipiriña, enormes. Espero encontrar la puerta de mi casa luego y subir las escaleras sin caerme. La fiesta acaba a las 2. Hoy es la noche de San Lorenzo. A las tres dicen que se verán las estrellas fugaces cruzar el firmamento. Son las 2. No creo que aguante una hora despierto. Además una inmensa luna se encarga de hacer invisible esa lluvia de estrellas.
Arán, 8 de agosto de 2011
ENSAIMADA

Una paisana colombiana se interesa por las ensaimadas. Decido, tras una disertación teórica sobre la composición de tan suculento bollo mallorquín, comprar un par y comerlas con mi huésped norteamericana para que vea su aspecto y se relama a distancia. Las ensaimadas que fabrica el obrador de la esquina de mi casa son suculentas, confeccionadas a la manera tradicional, es decir, con manteca de cerdo, el saim que creo debe venir del árabe la palabra mallorquina. Es fundamental que dicho dulce energético, con el que comienza un buen desayuno, esté algo aplastado y bien espolvoreado con azúcar glas. Las que muestro en esta foto pasaron gozosamente a nuestros estómagos y la instantánea la tomé inmediatamente antes, conteniendo a la norteamericana de abalanzarse sobre ellas y devorarlas a bocados. Lo prometido es deuda.
OVEJAS
Este par de ovejas son mi despertador natural. Por la mañana los rayos de sol y sus balidos me sacan de mis sueños nocturnos y me encaran con la realidad. Fui a visitarlas en compañía de la norteamericana que hoy, de momento, no se queja de los suaves paseos que damos después de los desayunos. Planea la estadounidense establecerse en el Valle que le asombra cada día con rincones de incomparable belleza que le voy descubriendo.
FLORES
Viendo la alfombra de flores que hay exactamente a cien pasos de mi casa, en uno de los prados que luego desembocan en un abigarrado bosque, se diría que está uno inmerso en la primavera. Pero no. Aunque este verano esté resultando muy extraño la primavera quedó atrás. Cuando digo que aquí el campo me huele a miel me refiero a esto, a que las flores blanquean, en este caso concreto, los prados.
ROMÁNICO
Esto se va pareciendo a una guía turística pero es que Arán, además de las bellezas que le otorga la naturaleza, es también arte: el románico. Con la huésped norteamericana nos dirigimos a Vilac, población que es un mirador privilegiado de Vielha y del muro impresionante que cierra el Valle hacia España. Su iglesia románica es una de las más bellas del entorno. Lástima que esté cerrada, como casi todas, por miedo a los saqueos de Erik el Belga o sus adláteres.
BALCONES
La profusión de flores que componen alfombras de colores en todos los prados del valle adornan también los balcones de todas las casas, excepto la mía. Estos aromáticos adornos naturales son tan paradigmáticos de la zona pirenaica en la que me encuentro como la bandera morada con esa cruz extraña que es la enseña de Arán.
MATERNIDAD
Si por algo estoy frustrado es por no poder sentir lo que es la maternidad. Quizá en una próxima reencarnación seré mujer y experimentaré ese estado de gracia que sigue al doloroso parto, o yegua como la de la foto que, en uno de los prados de Mongarri, amamanta a su tierno potrillo con sus dos solitarias y semiocultas ubres.
VACAS
Llegando a Montgarri la californiana huésped y yo tropezamos con un rebaño de cachazudas vacas que tras pastar un rato se ponen en marcha y se abren camino por el pastizal hacia un monte cercano. Observándolas me pregunto cuál es la razón de que les hayan serrado los cuernos.
MONTGARRI
El santuario de Montgarri es uno de los lugares emblemáticos del Valle. Desde el Pla de Beret en donde dejamos el coche tomamos una amplia senda que subiendo y bajando lomas suaves y a través de hermosos bosques de abetos desemboca en ese enclave de recogimiento. Montgarri, para mí, está lleno de recuerdos nostálgicos de esa séptima vida que murió hace apenas dos meses y nació precisamente aquí por paradójico que parezca. La norteamericana y yo decidimos descansar y, de paso, cenar. El sol marcha y la temperatura baja. En vez de fría cerveza con lonchas de jamón del país, nada que ver con el de Huelva, apetecería un chocolate con churros.
DEL SURREALISMO AL LIRISMO
De noche mantengo una larga y animada charla con una desconocida que me pide permiso, muy educadamente, para abordarme. Si alguien toca a tu puerta con un ¿Se puede? la educación te obliga a abrirla. Tras dos horas de cruces de palabras que van de surrealismo al lirismo resulta que la interlocutora, que tiene una agradable sonrisa y habita en la capital del reino, escribe, y además lo hace muy bien. Esa conversación que se prolonga hasta las dos de la madrugada se cruza con otra que viene de Timor Este. En un momento, por culpa de que no sé cómo se desconecta el chat de FB, estoy hablando con cuatro personas a la vez en otros tantos continentes y manteniendo una conversación privada con los ciervos que, desde el cercano bosque, me llaman con sus secos y cortantes bramidos.
DIECIOCHO WHISKIES ANTES DE MORIR
El Hotel Chelsea de New York cierra sus puertas para convertirse en apartamentos. Por sus habitaciones pasaron, y se amaron, Leonard Cohen, Janis Joplin, Patti Smith, Robert Mappelthorpe, Sid Vicious, Norma Jean/Marilyn Monroe, Arthur Miller…El poeta Dylan Thomas se tomó en su cuarto dieciocho whiskies, eso dice la leyenda, antes de morir. Maravilloso título para una novela, por cierto, que quizá escriba.

Comentarios

M. Deveriá ha dicho que…
Es siempre maravilloso acercarse a tu muro y a tu blog. Nos haces de verdadero guía del Valle.
Muy poderoso el título para una novela tuya, que será, seguramente, negra y criminal.
Un abrazo grande.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Mi querida Dama de Sanabria, el Valle la está esperando y también este corredor de fondo.
Pues sí que es un título magnífico ése. Lo tomo.
Besos
M. Deveriá ha dicho que…
En breve, vuelvo a casa después de casi un mes fuera de ella. Por ahora es difícil subir hasta su maravilloso refugio pero sigo pensando en ello.
El título de esa futura novela es perfecto para vos, monsieur.