Con los recortes que Berlusconi quiere imponer en Italia imagino que aflorará la indignación absoluta en la bota de Europa. Si los italianos ya estaban indignados con los desmanes de la bragueta del Cavallieri -¿por qué llamarán caballero a un tipo zafio como él- con lo que se avecina ahora espero que se ocupen todas las plazas desde Palermo a Milán. Curiosa esa manía de satisfacer a los mercados arrojando gente al paro. 50.000 funcionarios serán desalojados de sus despachos. Un aviso a navegantes de lo que puede hacer el PP cuando el 20N, si no se le pone coto, gobierne en España. Pero Il Cavallieri quiere gravar las grandes fortunas también. ¡Menos mal!
Los indignados de Siria siguen muriendo ante la indiferencia del mundo que utiliza distintas varas de medir; en el país estrangulado por Bashar al Assad que, hasta ahora, era tildado de moderado (el duro era su difunto padre) de cada funeral salen nuevos funerales en una espiral de violencia imparable. Y los indignados de Libia no acaban de echar a Gadaffi ni con la ayuda tibia de la OTAN cuyos bombardeos asesinan a cientos de civiles a pesar de la inteligencia y precisión de sus bombas. Los indignados de Somalia, muertos de hambre, no tienen energías para hacerse oír y pronto pasan de tener interés mediático. Y aquí los indignados siguen con sus acciones, reivindicaciones y su amenaza, que espero cuaje, de convertirse en partido político que será lo único que me mueva de la abstención.
De todo ello me informo por el periódico, ante la cerveza de un euro treinta que me cobran a euro veinte (bonificación por cliente asiduo) en uno de los bares vascos del pueblo, rodeado de turistas franceses que pasan la frontera para comprar alcohol mucho más barato (los he visto llenar de provisiones etílicas los maleteros y hasta las partes de carga de sus pick up), bajo los efectos de la resaca de las cuatro caipiriñas, que me tomé ayer noche, y con la siempre gratificante visión de las verdes montañas enfrente.
Ya camino de la panadería, después de haber digerido todas las desgracias del mundo en este sábado al sol, una francesa con un mapa desplegado sobre el capó de su coche me pide consejo acerca de una excursión al arriu Nere. Le explico que la pista la puede hacer con su vehículo y que luego la marcha es por una interminable tartera, saltando de piedra en piedra y jaleada por los gritos de las marmotas, hasta dar con un silencioso lago vigilado por un imponente pico. Le aconsejo que, por el mismo precio, vaya al Coth de Baretges, que está mucho más cerca, y promociono constantemente, hasta a los invitados en la fiesta de ayer, de lo que ya me estoy arrepintiendo. Al final voy a conseguir que mis dominios dejen de serlo.
La panadera me dice que lloverá mientras me sirve el pan de cuarto de leña poco quemado, que hoy lo está bastante. Y acierta al instante, porque salir de la panadería y caer las primeras gotas del cielo. Y eso que le dije a la turista francesa, escrutando las nubes como un campesino avezado, que tendría buen tiempo para sus excursiones. Como y veo la tele ya en mi casa. Envío largos mensajes bilingües por el móvil que también son respondidos en dos idiomas; escribo; veo las tres películas de la Sexta3, que hoy concentra una programación excelente (El hombre que pudo reinar de John Huston, Malicia, en donde descubro a una jovencísima Gwyneth Paltrow, casi una colegiala, entre Alec Baldwin, Bill Pullman y una malísima, y algo redondeada, Nicole Kidman en su etapa de pelo rizado, y termino con la espléndida Cotton Club de Coppola), actualizo el blog, repaso una antigua novela corta y empiezo a elucubrar sobre una posible novela negra ambientada en New Orleans inmediatamente anterior al Katrina cuyo título podría ser Dieciocho whiskies antes de morir, que me suena a western.
De China me llegan noticias frescas sobre el futuro hegemónico que tendrá, sin duda, la gran potencia oriental (el director de El Bosque me dice que China puede aplastarnos cuando quiera, económica o militarmente) y sobre su insoportable polución, muy superior a la que padecí en Granada. También me habla de las chinas, de las que se queda prendado. No me extraña. Cuando estuve en Hong Kong lo realmente difícil era descubrir a una china que no fuera guapa.
Ya de noche, con el rumor de la lluvia cayendo lentamente sobre mis ventanas, preparo un bizcocho y, a pesar de que lo hago a ojo, creo que acierto con todos los ingredientes, sube correctamente, se tuesta ligeramente, aunque quizá me haya pasado con el aceite. Y a todo eso mi querida Paula se resiste a asomarse al mundo. No me extraña. Pero yo haré todo lo posible para mejorarlo.
Hoy no pisé la montaña. Algo excepcional.
Arán, 13 de agosto de 2011
Desperté en medio de un sueño, seguramente para que no avanzara. La Sonrisa Etrusca se disponía a presentarme a alguien: Te presento a mi chico…Evidentemente no quería que me lo presentara. Así es que abrí los ojos a las nueve y media de la mañana, con el sol radiante sobre los párpados, me incorporé de la cama y bajé, con cuidado de no tropezar, al salón a prepararme el café con leche.
De nuevo solo, lo que tampoco está mal después de quince días acompañado por gente variopinta y apreciada. Ayer dejé en el escenario de Marea de sangre, veinte años después (sigue el mar en su sitio, algún rascacielos remozado, pero el pueblo es distinto, y yo más) a mi huésped norteamericana, la viajera incansable cuya droga es hacer kilómetros volando de una punta a otra del mundo, en buenas manos, y antes de abandonar el mareante ajetreo de la costa con sus cientos de bañistas, tipos bebiendo cervezas en sillas acolchadas en el paseo marítimo y exhibicionistas que se paseaban medio desnudos por las aceras luciendo músculos, tatuajes y piercings, regresé al Valle, de noche, lo que me gusta porque las carreteras están solitarias y sólo he de seguir la traza blanca e hipnótica de la línea mediana, derecha e izquierda, del llano al monte, bordeando pantanos que, de noche, se hacen más interminables pero me libran del vértigo, porque no veo sus aguas más que cuando la luna da en ellas.
Hoy voy a recuperar todas mis rutinas perdidas días atrás por culpa de las visitas, volveré a la apacible normalidad. Escribir después de ducharme, mientras me seco con la corriente creada en la buhardilla por las dos ventanas abiertas; comprar Público a Lis por la película que regalan; leer el diario en mi mesa de la terraza del bar vasco con una cerveza de un euro treinta que a mí me cobran euro veinte, y mirando los montes cercanos; pasar por mi panadera a por mi cuarto de kilo de pan de leña; hacer la comida, la siesta, leer un poco en alguna verde pradera…
Mientras saboreo el café con leche con cara de sueño veo un reportaje sobre Mali en el Canal 33. Urge un viaje, sobre todo cuando caiga en el Valle el invierno con toda su crudeza. Barajo varios destinos para enero. Mali es uno de ellos. Amazonas, otro. Aunque quizá me incline por Camboya y los templos de Angkor.
Al bajar a la calle e internarme por el pueblo me doy cuenta de que se preparan las fiestas mayores y los vecinos cuelgan serpentinas de fachada a fachada, montan tenderetes, prueban la música. Cuando hay fiestas en una localidad o se participa o se huye de ellas a gran velocidad. Decido participar. Lis, mi atenta proveedora de diarios, me invita a la fiesta de la calle que tendrá lugar a las siete de la tarde. Aportaré una botella de vino, tortilla de patatas, aceitunas, queso.
Como. Duermo. Sueño escuchando como fondo un documental de cocodrilos en Los Llanos de Venezuela de TV3 y los martillazos de mis vecinos que están montando la carpa de la fiesta en la calle. Sueño profundamente integrando en el sueño los golpes de martillo y el chapoteo de los cocodrilos. Y tengo la sensación de que mi séptima vida fue solo un sueño porque no me queda ya constancia de su realidad, ninguna. Curioso que todo se vaya difuminando como una voluta de humo que termina diluyéndose y convirtiéndose en nada. Maldito relativismo.
A las siete y media bajo a la calle. Pero antes invito a Ojos Azules a que se agregue a la fiesta. Vendrá. La calle es pequeña, corta, pero se congrega medio pueblo debajo de la carpa que han alzado en un momento mis vecinos. Hay tres brasileñas que se encargan de las caipiriñas; un bailarin de breakdance lesionado que anda con muletas y se interesa por los conceptos de novela negra y novela enigma. Le explico diciéndole que nada tengo que ver con los juegos de Agatha Christie. Dos tipos que trabajan en la construcción y talando árboles y están hartos de tanto bosque y tanta nieve, mierda blanca la llaman, en el Valle. Relativismo. Una infinidad de niños. Y una docena de jóvenes. Pronto huele a asado y churrasco. Y la música chilaut suena, amansa a las fieras.
En ese callejón en donde vivo hay una aglomeración humana. Yo quería la soledad y no la encuentro. Vienen dos franceses de Foz, herbolario él, que habla bien el castellano. Y sus tres hijos. A una chica francesa que se llama Leticia, como la futura reina, le regalo Babylone Vegas dedicado como antes regalé a Lis, argentina pero también paraguaya, La pérdida del paraíso. Corren las bebidas espirituosas. Y el vino tinto francés cuando llega Ojos Azules que prueba mi tortilla de patatas y el foie con tostadas mientras charlamos aparte, en un banco. La fiesta sigue, se añade más gente. Acompaño a Ojos Azules hasta su coche y la despedida es larga, extraña y agradable. Regreso a la fiesta justo para probar las caipiriñas. Las brasileñas de Sao Paolo son verdaderas artistas y yo las ayudo a picar hielo. Me miman. Me sirven dos vasos más de caipiriña, enormes. Espero encontrar la puerta de mi casa luego y subir las escaleras sin caerme. La fiesta acaba a las 2. Hoy es la noche de San Lorenzo. A las tres dicen que se verán las estrellas fugaces cruzar el firmamento. Son las 2. No creo que aguante una hora despierto. Además una inmensa luna se encarga de hacer invisible esa lluvia de estrellas.
Arán, 8 de agosto de 2011
ENSAIMADA
OVEJAS
FLORES
ROMÁNICO
BALCONES
MATERNIDAD
VACAS
MONTGARRI
DEL SURREALISMO AL LIRISMO
De noche mantengo una larga y animada charla con una desconocida que me pide permiso, muy educadamente, para abordarme. Si alguien toca a tu puerta con un ¿Se puede? la educación te obliga a abrirla. Tras dos horas de cruces de palabras que van de surrealismo al lirismo resulta que la interlocutora, que tiene una agradable sonrisa y habita en la capital del reino, escribe, y además lo hace muy bien. Esa conversación que se prolonga hasta las dos de la madrugada se cruza con otra que viene de Timor Este. En un momento, por culpa de que no sé cómo se desconecta el chat de FB, estoy hablando con cuatro personas a la vez en otros tantos continentes y manteniendo una conversación privada con los ciervos que, desde el cercano bosque, me llaman con sus secos y cortantes bramidos.
DIECIOCHO WHISKIES ANTES DE MORIR
3 comentarios:
Es siempre maravilloso acercarse a tu muro y a tu blog. Nos haces de verdadero guía del Valle.
Muy poderoso el título para una novela tuya, que será, seguramente, negra y criminal.
Un abrazo grande.
Mi querida Dama de Sanabria, el Valle la está esperando y también este corredor de fondo.
Pues sí que es un título magnífico ése. Lo tomo.
Besos
En breve, vuelvo a casa después de casi un mes fuera de ella. Por ahora es difícil subir hasta su maravilloso refugio pero sigo pensando en ello.
El título de esa futura novela es perfecto para vos, monsieur.
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