DIARIO DE UN ESCRITOR

Barcelona, 21 de agosto de 2011
La Ciudad Condal, en verano, es un infierno del que se debe huir. A Arán, por ejemplo, que echo mucho de menos cuando me arrastro, que no ando, por las aceras barridas por el sol y que multiplican por diez el calor que reciben. Ojos Azules me dice que en el Valle también hace calor y ha ido a la piscina. No me habla del mismo calor, porque si lo tuviera no podría ni hablarme.
Nunca me llevé bien con el verano, al contrario de otras personas cercanas que parecían disfrutar de él. Como norteño prefiero el fresco, y hasta el frío. Este invierno me pondrá a prueba.
Mientras llego a la parada de autobús razono por qué los pueblos cálidos no podrán evolucionar nunca ni tener el mismo nivel de progreso social y económico que los fríos. Con esta temperatura lo que menos apetece es trabajar. Sí balancearse en una hamaca, tomar un daiquiri y admirar el balanceo de una mulata que se dirige al mar. Y uno no duerme por las noche, sino que cae en un sopor, anestesiado por la humedad y el calor, una conjunción criminal. El calor te aplasta a las dos de la tarde. Si estuviera en Cuba, vale, pero estoy en Barcelona, España.
Por mucho que miro no veo mulatas en bikini, ni mares turquesas, ni mojitos ni daiquiris, sino una ciudad en domingo, con las persianas bajadas, las calles desiertas y algún transeunte suicida, como yo, desafiando la canícula. Me siento como un viejo en el banco de la parada, hasta que llegue el bus, y sigo leyendo Erich el zurdo, la muy buena novela de Domingo-Luis Hernández.
Me acosté tarde, ayer, cerca de las cuatro de la madrugada. Me falló, inexplicablemente, el programa de tratamiento de textos del ordenador y hube de buscar otro alternativo con urgencia. Sudé para bajármelo y no es el mismo que tenía antes, sino bastante peor, pero sirve para escribir. Me levanté tarde. A eso de las once, porque no puse el despertador y en mi cuarto de Barcelona en el que estoy de prestado no entra ningún rayo de luz. No vi al negro de la esquina, así que se quedó hoy sin croissant. Quizá me estuvo esperando horas pero fui yo el que no se presentó hasta demasiado tarde. Nadie en sus cabales aguanta tanto tiempo en una esquina de la calle Numancia bajo ese sol infernal. Ni un negro que ha cruzado el estrecho en patera.
Hoy es domingo, así es que toca comida familiar en la cuarta casa de mi sexta vida. No la recupero, ni la casa ni la vida. Nunca lo intenté aunque no conseguí convencer a quien siempre temió que así fuera y vivió con esa angustia inexplicable. Ese quizá fue uno de mis fallos de mi breve séptima vida: no haber resultado convincente. Mientras subo una pendiente sin sombra posible, después de haber bajado del tren, recibo una bienvenida en forma de tres picotazos en la mano de parte de un mosquito tigre hambriento. Antes de que llegue a la casa en donde me esperan, me pican en los brazos. Cuando me siento en la mesa y alzo mi copa de champán para chocarla con los otros tres comensales, los tigres se lanzan a picotearme en los tobillos. Vienen de Oriente. Quizá me vaya a Camboya este año. Lo tengo entre ceja y ceja. Enero será una buena fecha.
Como en el jardín con la arquitecta de mi sexta vida, el Destilador Cultural y un amigo suyo chileno al que conozco desde el jardín de infancia. La conversación deriva, después del arroz con conejo, a la situación actual y yo hago gala, con humor, de mi profundo pesimismo aconsejando a los dos jóvenes, menos que mileuristas, que comparten la mesa conmigo que emigren de este país que se hunde. O que vengan conmigo a labrar campos de cultivo en Arán. O se pasen a Francia. No descarto hacerme francés, Ojos Azules. Al menos nuestros vecinos se aman a si mismos y saben quiénes son. Aquí estamos en fase de conocimiento y somos pocos y mal avenidos. Pensamos en el divorcio sin ni siquiera habernos casado.
La siesta es como caer en coma. Modorra en medio de la que uno se deshidrata. No corre una brizna de aire en la cama que ocupo, ni aunque pegue la cara a la puerta del balcón abierto. No se mueve una hoja de los árboles de la calle. El aire es sencillamente irrespirable. Cierro los ojos y me sueño en un lago del Pirineo, bañándome.
A las ocho vamos a ver a Paula. Está más guapa que ayer. Empieza a ganar peso y a abrir los ojos azules con los que nos mira maullando como un gatito. Pasa de unos brazos a otros como un juguete. Nunca estará tan solicitada como en estos días. Ser abuelo, pienso, es disfrutar de todas las ventajas de ser padre y no tener ninguno de los inconvenientes. Dejamos a Paula con sus padres agotados y nos vamos a cenar, la arquitecta de mi sexta vida y yo, a un restaurante argentino de la calle Muntaner. Tiene aire acondicionado, que es lo fundamental. Y carta de capricho. Lo importante llega lo primero: cervezas heladas. Luego una ensalada de rúcula con parmesano, unos empanadillas, una ensaladilla rusa sin mayonesa, un vitelo tonato a años luz del que me preparaba, en sus buenos tiempos, la madre de la madre de Paula.
Y allí estamos, comiendo, frente a frente, sin rencores ni reproches, como buenos amigos, o más, sin deseos de que nuestras vidas giren y vuelvan a reencontrarse, asumiendo que ambos, por nuestra parte, cerramos esa etapa.
Me pregunto por qué la fotógrafa del alma, que retrataba las entrañas de los desconocidos, fue incapaz de retratar las mías, lo que había dentro de mi corazón y mi cerebro, a pesar de que estaba más próximo, o eso creía, que la mayoría de sus modelos. Me pregunto muchas cosas que no tienen respuesta mientras mis ojos persiguen los ires y venires de una camarera argentina que me gusta y va de negro, con un pantalón que le marca mucho las caderas y el pelo oscuro recogido en una cola de caballo. La miro a los ojos, un momento que ella pasa por la mesa, pero me rehuye la mirada, avergonzada.
En verano me gustan todas las mujeres. Las dos que entran con pantaloncitos cortos. La que está en la terraza y va al baño, de hombros anchos y tatuados que dejan al aire una camiseta negra sin mangas. Hasta una mossa de esquadra que, con el revolver colgando del cinto, se dirige al final del restaurante en donde le esperan sus colegas policías. Y en invierno.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
No sé si será porque es lunes.
No sé si será porque ayer tuve una bronca de cojones en casa.
Me llegas al alma.
con respecto al calor, soy de Burgos, qué puedo decirte? La gente se queja constante y continuamente del frío de Burgos, tenemos fama (mala) de ello, pero yo le soporto estupendamente. con frío estoy activa, con frío me siento viva. El frío le sobrellevo mucho mejor, sobre todo hoy en día que la mayoría de las cosas tienen calefacciones, que hay unas prendas estupendas: abrigos, sombreros estilosos y bufandas (que me privan)...
Con calor me agobio, no pienso, no tengo ganas de "ná"...ni de eso, "fíjate, -que decía un amigo-, es que se me baja la líbido"...
Si al calor se le unen la sensación de humedad, para qué te cuento...
Me encantan esas "confesiones" que haces, me identifico con ellas...
Te acuerdas del negro, a mí me pasa algo parecido en situaciones similares...
Disfruta de Paula, aquí el calor no es tanto, y al menos es seco, han caído tormentas tanto el sábado como el domingo,
A mí, hay cosas, que también me gustan tanto en verano como en invierno...
Pero en Burgos, tenemos dos estaciones (eso decían) la de trenes y la de invierno.
Un beso y sigue disfrutando de Paula...
Pilar
Anónimo ha dicho que…
Pido disculpas, no hay manera de controlar el leísmo!!! y cuando me releo me da una rabiaaaa!!!
Pilar
José Luis Muñoz ha dicho que…
¿Leísmo? Bueno, alguno se coló. Pero mi cerebro lo corrige automáticamente.
Burgos. No sé si te comenté que soy muy mesetario. Hay determinados paisajes áridos de la meseta que me llegan al alma, que están muy ligados a mi infancia. Soy catalán, pero de cultura castellana. Padre de Madrid, abuelo de Toledo, de Sonseca. Cada año suelo ir a Guadalajara, a Atienza, Sigüenza, con el vano intento de volver atrás, a los seis años que tenía cuando veraneaba en uno de esos pueblos en unos tiempos en que no había luz ni agua corriente en las casas. Me detengo ante la casa de mis tíos, en donde pasé los tres veranos más felices de mi infancia y permanezco horas esperando que la puerta o las ventanas se abran.