LA PELÍCULA

TOKIO BLUES
Tran Anh Hung

Uno no sabe si el vietnamita Tran Anh Hung, el prestigioso y sobredimensionado, para mí, director de El olor de la papaya verde y Cyclo, entre otras, era el más indicado para llevar a la pantalla el complejo universo del novelista japonés Haruki Murakami. Tokio Blues, basado en su novela homónima más conocida, es una película de atmósfera extraña, marcada por el fatalismo oriental y protagonizada por estudiantes japoneses desubicados del mundo en el que viven, en esa franja tan peligrosa de la vida, porque no se tiene ningún apego a ella, de la adolescencia y primera juventud.
Corre el año 1967 en Tokio. Un joven estudiante universitario, Watanabe (Kenichi Matsuyama), bastante inseguro en sus relaciones personales, comparte con Kizuki (Kengo Kora) la amistad de Naoko (Rinko Kikuchi), tan hermosa como introvertida. Cuando Kizuki, ante la imposibilidad de establecer una relación amorosa con Naoko, se quite la vida, Watanabe intentará, sin éxito, ocupar su lugar. Naoko, desconsolada por la desgracia, se refugiará en un centro psiquiátrico en la montaña, mientras Watanabe conoce a otra chica, Midori (Kiko Mizuhara), que es su extremo opuesto. Pero Watanabe persistirá en su amor hacia una cada vez más introvertida y ausente Naoko, pese a saber que su relación con ella no tiene ningún futuro.
Los personajes de Tokio Blues son, todos, complejos e infelices, demuestran una clara incapacidad de comunicación entre ellos y con el mundo que les rodea, y se debaten en una crisis existencial que termina ahogándoles. No es la película del vietnamita Tran Anh Hung una narración en la que sea fácil entrar, por su ritmo pausado y contemplativo, el halo excesivamente poético de algunas de sus imágenes, las propias interpretaciones de los actores, frías y distantes hasta en sus escenas sexuales, y su fotografía desangelada, de tonos verdosos, pero, pasada esa primera media hora, que puede desalentar a más de uno y removerlo en su butaca, el film cobra su verdadero sentido y fluye imparable hacia un final dramático que se intuye en cada uno de los frustrantes encuentros entre sus protagonistas, y las imágenes golpean con fuerza al espectador, tanto que uno parece encontrarse ante una película de los mexicanos Iñarritu o Guillermo Arriaga, que podían, perfectamente, haber firmado esta historia, o del mismísimo Antonioni, ya que Tokio Blues gira sobre ese eterno tema de la incomunicación que el italiano convirtió en su máxima obsesión.
José Luis Muñoz

Comentarios

M. Deveriá ha dicho que…
No he visto la película pero el libro me gustó mucho.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues es una película notable y triste, en la que cuesta algunos minutos entrar. Recomendable