DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 27 de agosto de 2011
PIE


No es el mío, pero podría serlo. Me dolió toda la noche. Se me hinchó más. La rozadura tenía peor aspecto. Me vi sin pie. Sin poder subir al Coth de Baretges y quedándome a dormir en el garaje de mi casa. Aunque todo es relativo. En el diario una foto de un atleta que corre con piernas de madera que parecen palos de jokey adosados a sus rodillas. Cojeando monto en el coche. Hoy es un buen día para comprobar cómo funciona el sistema de salud del Valle. En el hospital de Vielha toman mi filiación y me indican que espere ante la puerta del consultorio número 3. La espera me da para devorar dos capítulos más de Erich el zurdo. Por momentos la novela me parece una película de Godard. Un doctor diez años más joven que el paciente me recibe. Le enseño el pie. Le hablo de todo el proceso. De esa hinchazón desmesurada que empieza a inquietarme. No se inmuta mientras teclea en el ordenador la receta de un antibiótico y anota mi dolencia: celulitis. Creía que eso sólo lo tenían las mujeres. Pero no le contradigo. De regreso compro la medicina, una botella de alcohol, gasas. Me limpio la herida. Para celebrarlo me voy a la terraza del pueblo en donde me cobran la caña de cerveza a euro veinte. Me siento con Público que acabo de comprar a mi vecina paraguaya que yo creía argentina. Cuando entro está montando una estantería en su pequeña papelería librería. Le digo que lo hace muy bien, con guasa. Hago una llamada. Bueno, dos. Una para hablar con Paula. La niña me maúlla al oído. La echo de menos. Llamo a Blue Velvet. La invito a comer. Blue tiene costumbres extrañas: no ponerse aceite, ni vinagre, ni sal a las ensaladas. Dice gustarle mi rissoto a pesar de las setas. Se interesa por mi pie. No lo ve, porque lo oculto con un calcetín de lana blanca, tal como me ha dicho el médico. Bebe vino tinto. Yo, agua. Una semana bebiendo agua mientras tome los antibióticos, uno cada ocho horas.


ÁFRICA
Informe Semanal emite un buen reportaje de Vicente Romero, un periodista ético y riguroso, sobre la hambruna en el Cuerno de África. Lamentablemente nos lo han de recordar porque no nos acordamos tan ensimismados como estamos con esta maldita crisis. Nuevamente esa imagen de África con niños desnutridos y moscas en la boca. Madres que han perdido a todos sus hijos. Sepultureros trabajando a destajo para abrir fosas en el desierto. Las estadísticas son dramáticas. Puede que en los próximos meses mueran 600.000 niños de hambre. Una madre los ha perdido a todos y regresa a su aldea desolada. ¿Cómo podemos permanecer quietos mientras 600.000 niños mueren de hambre? ¿Por qué mi dinero, y el suyo, y el del vecino, y el de más allá, ha ido a salvar a la banca putrefacta en vez de emplearse en paliar ese lento infanticidio? No quiero que con mi dinero, con mis impuestos, con el 35 o 40% de mis ingresos que se queda papá estado se refloten bancos cuya obra social es aumentar un 100% los sueldos de sus ejecutivos y consejeros. No quiero que mi dinero vaya a parar a un ejército que no sé qué está haciendo en Afganistán. No quiero que se emplee mi dinero en construir AVES para siete viajeros y aeropuertos fantasmas como los de Castellón o Lleida. Quiero que mi dinero sirva para salvar la vida de esos 600.000 niños que morirán de hambre en los próximos meses mientras los dirigentes del FMI se forran a comilonas y el Papa Ratzinger se pasea por Madrid en olor de juventudes. ¿Qué demonios hace ese Papa que no va a Somalia? ¿Por qué no se vacían las arcas de la Iglesia en ayuda humanitaria? ¿Por qué se preocupa tanto el Papa por los que no han nacido y tan poco por los que ya están aqui?



LA PIEL QUE HABITO

Amplio reportaje en Informe Semanal, después de hablar de la caótica situación de Libia (alguien tendrá que aclararnos quiénes son la CNT, no la central anarcosindicalista sino el Consejo Nacional de Transición de la era pos-Gadafi) sobre La piel que habito, lo último de Almodóvar que está a días de estreno. Se habla del rodaje, de los actores Antonio Banderas, que me da auténtico terror, de la pequeña y bella Elena Anaya, se entrevista al endiosado director manchego en una especie de making off sobre el rodaje de esta película en Toledo. Banderas tiene una frase brillante: Almodóvar es un género en sí mismo. Y te gusta o te disgusta. A mí, salvo excepciones, me disgusta. Pero veo todas sus películas. Luego debo de ser sadomasoquista. Se olvida, el largo reportaje laudatorio, de la novela en la que el manchego se inspira: Tarántula. Años atrás, cuando el director de Átame (una de sus pocas películas que me gustan) compró los derechos de esa pieza maestra del polar francés sentí un estremecimiento de horror sobre lo que podría perpetrar el singular director. Puede que Terry Jonquet, su autor, salga de su tumba para vengarse.

KIM KI DUK


Más cine. Me pongo en el DVD Samaritan girl del director oriental. Me cabreo porque la versión coreana es sin subítulos y he de escuchar la doblada al castellano. Por momentos me parece una película risible. Hay escenas sencillamente espantosas como la del padre policía irrumpiendo en un hogar, por las buenas, y recriminando al páter familias, que está comiendo con su esposa, la suegra y los niños, que se acueste con su hija mientras le da una buena tunda de bofetadas. Vamos, eso ni Almodóvar. Pero luego pasan cosas, hay imágenes desconcertantes, diálogos de, por puro imposibles, hipnóticos, y la película, a mi pesar, acaba gustándome con sus innumerables imperfecciones. Por si fuera poco la chica protagonista, una colegiala de manga erótico que se prostituye con los clientes de su fallecida amiga para devolverles el dinero que éste les cobró cuando hacía de puta (ahí es nada) escucha constantemente a Erik Satie. Rayos, no hay manera de librarme del músico normando que me recuerda mi séptima vida.



LA SÉPTIMA VIDA Para que no la olvide, mientras desayunaba, la TVE2 hablaba de extranjeros en Andalucía. Y sacaba a uno que precisamente conozco, el dueño de dos restaurantes hindúes que no son gran cosa pero que estaban situados en mi territorio sentimental granadino. Uno, al lado de la Plaza de Gracia, que cruzaba yo todos los días y en cuyas terrazas solía sentarme a leer el diario mientras bebía una caña y comía una tapa de migas o patatas a lo pobre, a cincuenta pasos, literalmente de mi casa. El otro restaurante estaba a doscientos pasos de una casa que frecuentaba y era un poco mía, que fue despacho y ocasional comedor y dormitorio. Esa séptima vida me persigue y acecha sin que pueda hacer nada por evitarlo salvo una lobotomía.

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