LA PELÍCULA

BLACKTHORN. SIN DESTINO
Mateo Gil

Resulta una sorpresa más que agradable que de nuevo el género norteamericano por antonomasia, el del Oeste, viaje a Europa y que sea un director de filmografía escasa como Mateo Gil quien se atreva hacer una secuela de Dos hombres y un destino, el western sofisticado y musical de George Roy Hill, a partir de la hipótesis de que los célebres bandidos Butch Cassidy y Sundance Kid se salvaron de la balacera que les deparó a ambos el ejército boliviano, y da en la diana al subtitularlo Sin destino. Mateo Gil, que confecciona una película más que notable en todos los aspectos, también el visual, con una fotografía precisa, no mira hacia la perversión del spaguetti western sino hacia los clásicos, directamente a John Ford, y por ello en su película el paisaje abierto de Bolivia adquiere una relevancia especial, es el escenario perfecto para que se desarrolle esa historia crepuscular y de perdedores interpretada por el sobreviviente Butch Cassidy (un Sam Shepard magistral), al que Eduardo Noriega, interpretando al ingeniero español que roba una mina, le da una más que correcta réplica y Stephen Rea, el actor irlandés asiduo de los films de Neil Jordan o Ken Loach, completa el reparto como agente de la agencia Pinckerton que se pasa toda la vida persiguiendo al legendario bandido.
Mateo Gil en Blackthorn, el nuevo nombre bajo el que se esconde el viejo fugitivo retirado que aspira a una vida apacible hasta que aparece Noriega en su camino y la trunca, conoce a la perfección las claves del western en su subgénero de cine de persecución al que también pertenecía su precedente de Roy Hill, construye personajes sólidos, leales a sus principios aunque sean enemigos (la relación entre Cassidy y el agente de la Pinckerton, por ejemplo), rueda con pericia los tiroteos al estilo Peckimpah, aprovecha el lujo de filmar en el espectacular salar de Uyuni para regalarnos alguna de sus mejores secuencias (cuando Butch Cassidy/Blackthorn se vuelve en su montura para comprobar como su inmediato perseguidor se derrumba de su caballo antes que él), inserta oportunos flash-backs con un par de jóvenes actores con un parecido considerable con Robert Redford y Paul Newman, que van dando sentido a la historia posterior, y es absolutamente respetuoso con esa épica mística que caracteriza a los mejores westerns que se hayan filmado, incluyendo la canción que interpreta el propio Shepard con su banjo mientras trota por la cordillera de los Andes, en donde acaba perdiéndose sin destino.
Sólo falta esperar ahora que la película sea vista con buenos ojos en la cuna del género (el film ha sido muy bien acogido en el festival neoyorquino de Tribeca) y que Hollywood se decida de nuevo a apostar por un género que nunca debió haber olvidado. La última lección les viene de España y es de una ortodoxia ejemplar.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

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