DIARIO DE UN ESCRITOR

Sant Cugat, 23 de agosto de 2011
La cuarta casa de mi sexta vida tiene tantas escaleras como la primera de mi octava, pero el triple de metros cuadrados. O más. Quizá lo que más me guste de ella es mi despacho, que sigue siéndolo, en donde estoy en estos momentos tecleando esto que escribo. Literalmente se puede bailar en él. Las dos paredes laterales y enfrentadas rebosan de libros, los de mi padre y los que, a lo largo de cuarenta años, he ido acumulando con la intención de leerlos algún día, pero ya me di cuenta, hace mucho tiempo, que eso no sería posible. Hubo un tiempo en que eso me angustiaba. Ya no. Me iré de este mundo con unos cuantos deberes literarios y ésa será, quizá, el motivo principal de mi resurrección.
Ayer bajé en tren a Barcelona, más o menos sobre las seis de la tarde. No me demoré en ninguna librería, a pesar de que la estación en la que descendí, Provenza, no estaba muy lejos de Bertrand, sino que cogí directamente un autobús, un poco a ciegas, que me dejó a dos manzanas de la casa de Paula.
Paula roba más tiempo que cualquiera de mis novelas que escribo o de los libros que leo. No sabe esa princesa risueña, que se pasa el día durmiendo y sólo abre los ojos para comer, la de admiradores que tiene. Concitados alrededor de su cuna estaban sus padres, tíos y abuela cuando llegué. Su cuerpo dormido iba pasando de unos brazos a otros y todos repetíamos la misma salmodia, sin cesar y sin que nos cansara oírla. Paula es la niñita más hermosa del universo. Hay quien aventura que será top model. No lo creo. Paula será muy inteligente y luchadora, montañera fuerte, viajera indómita. Quizá le dé por escribir y su abuelo pueda ayudarle.
El tiempo se eterniza mirando al ángel durmiente. No me reconozco. Estaba yo muy escéptico con mi papel de abuelo que no casaba mucho con el de autor de novela negra, y además de las duras, el hard boiled, la negrura sin concesiones, pero todo se vino abajo cuando vi por primera vez a Paula y me sorprendí a mi mismo llorando de emoción. Permanezco horas, sentado al lado de su cuna con barrotes, mirando su cara perfecta, oyendo su pausada respiración y el estremecimiento de sus mofletes. No espero nada más que eso, contemplarla, espiar una deliciosa risa automática que, a veces, le sobreviene en uno de sus sueños, o ver cómo de repente frunce el ceño, hace una mueca y estira sus bracitos para desespezarse. No hay nada en el mundo que seduzca más que un bebé.
Estoy tanto tiempo en casa de Paula, hipnotizado por ella, que casi pierdo el último tren de la noche. Seguí leyendo la espléndida novela de Domingo-Luis Hernández Erich el zurdo, que no es exactamente una novela negra, aunque haya muerte y desazón campando por sus páginas, y estuve luego observando a mis compañeros de vagón mientras el tren avanzaba estaciones. Nadie se comunicaba entre sí. Mi compañera de asiento, una chica que se parecía una enormidad a Jennifer Lawrence, la protagonista de Winter's Bone, miraba en su cámara fotográfica las fotos que le había hecho su adolescente chico, que ocupaba el asiento de enfrente, mientras se bañaba en la playa de la Barceloneta; un magrebí joven, con barba recortada, escuchaba música árabe por sus auriculares; otro joven se conectaba a internet con su i-phone. Otro consultaba los mensajes de su móvil. Una señora mantenía una conversación por teléfono en un inglés tan pausado que lo entendía. El único pasajero que permanecía ensimismado era un latino que viajaba con su guitarra enfundada y había terminado su jornada laboral en alguna esquina de la ciudad.
Reina un calor húmedo en la cuarta casa de mi sexta vida. Hoy me duché cuatro veces, con agua fría que salía caliente. No soporto la humedad, así es que ya descarto acabar mis días en Birmania: moriría. Una amiga burgalesa me cambia el aire seco de su ciudad por el mío cargado de agua. Se lo regalo. Ella vive en Burgos, La Ciudad, y yo en Arán, El Valle. Mi contacto que tengo en el monte, hacia el que tiraré a pesar de Paula, me dice que sigue haciendo calor pero que esta noche habrá tormenta. No me quiero perder esas tormentas de verano con su sinfonía extraordinaria de truenos y los fuegos artificiales de los relámpagos. Quiero sentir repicar las enormes gotas de agua sobre las ventanas de mi dormitorio, adormeciéndome.
Cené en casa de Paula espaguetis al pesto, pero me sirvo dos vasos de naranjada con hielo y luego dos de leche bien fría porque mi sed es descomunal a altas horas de la madrugada. Demoro mi hora de ir a la cama. El Destilador Cultural trabaja dos pisos por encima de mi despacho. Vuelvo a tener problemas con el ordenador y que alguien me ayude si puede. Perdí, no sé cómo, porque no se abría el programa, el Microsoft Office 2007 y lo sustituí por Open Office que no me gusta nada. No me acostumbro a él. Las veces que he intentado descargarme Microsoft han sido un desastre y un timo. Desconfío de las descargas gratuitas que no lo son nunca. Sus sistemas de engaño son muy burdos. Tras una de las descargas, por cierto larguísima, que tardó un par de horas en aposentarse en mi ordenador, me salió un aviso diciéndome que el programa tenía nada más y nada menos que 492 errores graves y me ofrecía depurarlos con un programa alternativo que me costaba 400 euros, uno por error. Lo desinstalé, claro. No quiero esa clase de regalos envenenados. Así es que si alguien me ofrece el link de una descarga fiable le estaré muy agradecido porque hasta el momento todas las que he probado han sido un timo.
Envío a Ojos Azules, a la adulta, un mensaje nocturno que no la despierta sino a la mañana siguiente, cuando me responde. Y me voy a la cama no sin antes mirar por la tele para ver lo que hacen los indignados libios que lo están bastante más que los españoles y andan a tiros. Otra dictadura cae, como cayeron uno tras otro los regímenes de los países del Este de Europa. ¿Me pregunto que sentirá en estos momentos Muammar el Gadaffi, el otrora guapo y joven coronel convertido en su propio esperpento via cirugías plásticas, acorralado y abandonado por los suyos? De tenerlo todo a no tener nada. Mataron a unos cuantos de sus hijos, a algunos de sus nietos y ya no controla nada. Creo que en esos momentos uno no debe mirar hacia sí mismo sino hacia la historia, como hicieron Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo el 23 F. Desenfundar la pistola y volarse la cabeza para terminar tu vida con dignidad.

Comentarios

Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
Te paso el enlace directo al programa que necesitas, José Luis:
http://www.microsoft.com/downloads/es-es/confirmation.aspx?familyid=b444bf18-79ea-46c6-8a81-9db49b4ab6e5&displaylang=es
Anónimo ha dicho que…
La descripción que haces de tus sentimientos y de lo que observas con Paula lo entiendo tanto...
La experiencia de abuelo, por lo que dice mi padre, es muy muy especial...
Recuerdo cómo observaba a mis hijos cuando eran así, recién nacidos, esas muecas, esa sonrisa automática...
Es lo más especial, un niño recién nacido, lo malo (no quiero aguar la fiesta) es que luego crecen, y cuando son adolescentes te cuesta recordar que un día fueron recién nacidos...
Te sigo enviando este aire fresco y esta luz intensa con la que se ha despertado mi ciudad, mi pequeña ciudad...
Pilar
cristina ha dicho que…
Beso, y enhorabuena.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Un millón de gracias, Susana. Me lo descargo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Ah, guapa pelirroja, unas son madres y otros nos toca ser abuelos