EL ARTÍCULO

La guerra de Irak, aunque algunos ya no lo recuerden, empezó hace 18 años. Gobernaba entonces en USA otro Bush, el padre del actual inquilino de la Casa Blanca, y en España no estaba el PP sino el PSOE, colaborando activamente en la masacre contra la antigua Babilonia. Desde los aeropuertos de las bases yanquis de nuestro país, con la aprobación de Felipe González, los superbombarderos norteamericanos partían con una carga letal de bombas que causaron en un sólo mes la escalofriante cifra de 200.000 muertos, casi todos civiles. Las manifestaciones contra la guerra, que las hubo, no fueron tan masivas como las de la segunda edición de la masacre auspiciaba por el trío de las Azores. Algunos periodistas, que ahora van de pacifistas - recuerdo, especialmente, a José Antonio Sacaluga - eran los más incendiarios belicistas y hablaban del peligro que suponía, para el mundo, el ejército del detestable Sadan Hussein: un bulo chapucero, una intoxicación mediática que toda la prensa, sin excepciones, tragó. De ese período rescato una serie de artículos que ahora me parecen premonitorios del desastre al que íbamos. Se publicaron todos en el desaparecido diario EL SOL. El que sigue, con fecha 31 de agosto de 1990, ya era un negro presagio de lo que se avecinaba.

VIENTOS DE GUERRA



El Sol, 31/8/1990
La alegre ceguera con que algunos azuzan la confrontación en el Golfo Pérsico permite pensar que Occidente está deseoso de sentar, de una vez por todas, que él es el fuerte y que está dispuesto a imponer con mano de hierro su autoridad a los disidentes, rebeldes y locos del Tercer Mundo.
Las repercusiones por la anexión de Kuwait por parte de Irak han sido tan inesperadas como la propia invasión del pequeño país del Golfo. La fulminante respuesta de Estados Unidos entra dentro de la lógica militar que va dominando cada vez más la política estadounidense y que se acentúa tras el abandono del papel de árbitro que la URSS tenía asignado. Esta moderna cruzada para liberar los Santos Lugares del petróleo puede tener consecuencias de una gravedad considerable sea cual sea el desenlace, y, a medida que pasa el tiempo, el desenlace se vislumbra cada vez más tétrico. Si grave e inaceptable es la anexión de un territorio libre por otro mediante la violencia, no menos grave es el intentar generalizar un conflicto regional e internacionalizarlo, y el forzar la solución militar del mismo.
Nadie puede aprobar la brutal anexión de Kuwait por el régimen dictatorial de Saddam Hussein, intolerable por cuanto se sojuzga una nación libre, aunque la Andorra del Oriente Medio sea fruto del caprichoso colonialismo británico. La reacción de las Naciones Unidas es adecuada con la agresión: unánime condena y exigencia a que se devuelva la soberanía al estado kuwaití, y una eficaz arma de presión para forzar al régimen de Saddam Hussein a la devolución del territorio ocupado: el embargo económico. Estados Unidos va mas allá de las resoluciones de Naciones Unidas, decidiendo enviar a su ejército y a su marina. El estacionamiento de tropas americanas en la frontera con Arabia Saudita está justificado ante el eventual avance de Saddam Hussein hacia Riad, forma un cordón defensivo al que invoca el rey Fadh mediante tratados bilaterales, y seguramente si Estados Unidos no hubiera desplegado su ejército, el megalómano líder iraquí se habría apoderado de la totalidad de la Península Arábiga. Pero el acopio desmesurado de las fuerzas americanas hace prever que el perro no se limite a enseñar los dientes y muerda. El tercer acto de esta tragedia es que Estados Unidos está presionando, y de hecho ya lo ha conseguido, para que todo Occidente se vuelque en esta fratricida confrontación Norte-Sur que se veía venir desde hacía tiempo, con lo que el gigante americano está consiguiendo internacionalizar un conflicto local, implicando a terceros países temerosos de sentirse descolgados -y España es uno de esos países, debatiéndose entre participar o no en la tenaza militar, contradiciéndose nuestro presidente cuando expresó, muy acertadamente, que la solución a un conflicto regional tenía que ser regional, con lo que esa absurda medida de enviar barcos al Golfo, sin mediar consejo de ministros ni convocar el pleno del Parlamento, no se entiende sino como un acto de vasallaje a los halcones americanos.

Sorprende en el desarrollo de este conflicto, aparte de la total unanimidad de la opinión occidental y de parte del mundo árabe en la condena sin paliativos a la acción espuria de Irak, unanimidad y firmeza que sería deseable se reprodujera ante otras flagrantes violaciones de los derechos internacionales, la alegre ceguera con que algunos medios azuzan a la confrontación, como si la guerra fuera el deporte favorito de la humanidad y Occidente estuviera deseoso de sentar de una vez por todas, por si alguien lo había puesto en duda, que él es el fuerte y está dispuesto a imponer con mano de hierro su autoridad a los disidentes, rebeldes y locos del Tercer Mundo. Diarios, revistas y cadenas televisivas parecen haber cerrado filas en tomo a Estados Unidos sin cuestionar las repercusiones que un acto bélico de esta naturaleza pueda tener para la posteridad. De muy diversos modos se está preparando a Occidente para esta deseada confrontación, en la que anidan no pocos sentimientos racistas que están aflorando con brutalidad en toda Europa, contándosenos de forma pormenorizada, como si de una apasionante partida de ajedrez se tratara, el número de fuerzas, sofisticadas armas, tanques, aviones, navíos en posición de ataque, navíos en camino, misiles que se almacenan a ambos lados del desierto esperando el detonante que encienda la mecha de la grotesca partida de la muerte. Ese cerrar filas ante los valores occidentales, ciegamente y sin ningún cuestionamiento, sea quizá la primera piedra de esta Europa que estamos construyendo, harta de turcos, moros, argelinos, senegaleses, en busca de su pureza racial, y que ahora tiene la oportunidad, no ya de expulsarlos de sus territorios, como si fueran la peste, sino de machacarlos en su propio terreno, en el desierto, aunque la excusa sea tan pobre como la de acudir en auxilio de un país no democrático, con un régimen tribal y en el que los que trabajan son de fuera.
Defender lo indefendible sería justificar a Saddam Hussein, un dictador populista surgido del Baas, el partido socialista iraquí, con sueños de grandeza y deseos de convertirse en el gran líder del mundo árabe. Hussein fue el carnicero de Bagdad y sobradamente lo demostró en la guerra contra Irán, iniciada alevosamente cuando su país vecino se debatía en la cruenta revolución que destronó a Rezha Palhevi, ocho años de destrucción sistemática, un millón de muertos y un retorno a las fronteras antiguas. Eso sí, esa guerra puso en grave crisis la economía mundial del petróleo, como supuestamente lo está poniendo la ocupación de Kuwait, y ninguna fuerza multinacional liderada por la gendarmería de Estados Unidos fue a poner paz entre los bandos contendientes. Las potencias occidentales armaron hasta los dientes a las huestes de Saddam Hussein, porque le consideraban menos peligroso y más occidental que el fanático imán Jomeini.
Que la situación de los Derechos Humanos resulta pavorosa en el Tercer Mundo ya lo sabernos. Pero desengañémonos, no son la defensa de los derechos humanos ni actitudes altruistas el combustible que pone en marcha las hélices de aviones y navíos de esa formidable fuerza que se ha puesto en marcha. Entre otras cosas porque quienes se dicen gendarmes de nuestro mundo civilizado difícilmente pueden darnos lecciones de ética después de haber vulnerado las veces que les ha dado la gana las leyes internacionales a lo largo de su breve historia. Están muy recientes las aventuras americanas en Vietnam y en Camboya, en las que las barbaridades cometidas contra la población civil y contra el medio ambiente hacen que Saddam Hussein sea un modesto aprendiz de brujo químico, está muy reciente la conquista de Granada, otro ejemplo, como el de Kuwait, de un pez grande devorando a un chico: el bombardeo de Libia con la muerte de hombres, mujeres y niños inocentes, que nadie se atrevió a llamar terrorismo; el derribo, por error, de un avión de pasajeros iraní; la injerencia descarada en los asuntos de Nicaragua, financiando y armando una guerrilla hostil al régimen constituido, o la ocupación militar de Panamá, que aún dura y de la que nadie se acuerda, por desavenencias personales entre el ex jefe de la CIA con su peón Noriega para que no veamos en el gesto americano en el desierto saudí la típica machada de la que Bush, quizá el presidente genuinamente más americano y peligroso de los últimos tiempos, tras las cruzadas contra la droga y la pornografía, echa mano para el rearme moral de su gente que, periódicamente, como los vampiros la sangre, necesita de guerras justas frente a enemigos malos.
Y si antes el villano tenía los rasgos pétreos del soviético, de la bestia comunista, tras la era Gorbachov ese estereotipo ya no vale y se ha tenido que sustituir por el moro cetrino, traidor y malvado con aspecto de Arafat, Gaddafi, Jomeini y, ahora, Hussein.
Mucho se habla en estos días de la guerra química, de los arsenales que tiene en su poder el peligroso megalómano de Bagdad, y se pasa por alto que la verdadera potencia mundial en dicho armamento no es otra que Estados Unidos, y que su capacidad destructora es tal que, descorchada la botella de la locura, podría eliminar cinco mil veces la humanidad entera. Y a Estados Unidos, ahí están los ejemplos de Hiroshima y Nagasaki, no le tiembla el pulso a la hora de utilizar sus armas más mortíferas. Si tan celosos parecen los Estados Unidos en salvaguardar la paz en el mundo, que intervenga en Liberia y ponga fin a esa orgía que está pudriendo el antiguo país fundado por sus esclavos liberados, que presione ante Israel para que dé una patria a los palestinos y acabe con la sistemática matanza de la Intifada.
Lo único que mueve esa formidable máquina de guerra y destrucción, despilfarradora de dinero, y a toda esa red vergonzosa de alegres proclamas belicistas ante el silencio perplejo de una izquierda que ha perdido completamente el rumbo y una Unión Soviética demasiado ensimismada en sus asuntos domésticos, es, como no, la ideología del fin del milenio: el dinero. Y el dinero aquí es el oro negro. Y por ese oro negro, que por justicia se colocó en el subsuelo del Tercer Mundo, un formidable ejército afila su espada legitimado por la conducta indigna de un loco. Para que no suba en exceso la gasolina que vamos a poner en la estaci6n de servicio, para que no tengamos que dejar el coche aparcado durante unos días, unas cuantas miles de personas pueden morir muy lejos de aquí, y lo único que debiéramos sentir por los causantes de semejante desaguisado es un asco profundo.


JOSÉ LUIS MUÑOZ

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