LA PELÍCULA

POZOS DE AMBICIÓN
Paul Thomas Anderson

No es Paul Thomas Anderson un director que se prodigue, ni muchísimo menos. Aparte de Sydney (1996), su primera y desconocida opera prima, entre Boogie Nights (1997), su película trampolín, una ácida crónica del nacimiento del cine porno americano con un subrayado sumamente negro, y Magnolia (1999), el film que lo consagró, un brillantísimo ejercicio de montaje cinematográfico que estuvo casi a la altura del precursor del subgénero de historias cruzadas, Robert Altman y sus Vidas cruzadas ─ Paul Haggis haría un intento algo más fallido con Crash ─, median dos años, y entre ésta ─ Embriagado de amor (2002) pasó sin pena ni gloria ─ y Pozos de ambición (2007) nada menos que ocho en los que parecía que uno de los mayores e imaginativos talentos del cine norteamericano se había diluido.
En Pozos de ambición, Anderson, a través de su protagonista indiscutible, Daniel Plainview (un Daniel Day-Lewis omnipresente), narra la historia épica de un duro minero que araña materialmente la roca con sus uñas ─ las primeras secuencias, sin diálogo y reiterativas, de Day-Lewis estrellando el pico contra las paredes del pozo, levantando chispas, resumen, por su violencia, lo que va a ser todo el film: una lucha épica contra una naturaleza reacia a dar sus frutos ─ y logra forjar un imperio de explotación petrolífera gracias a audacia, inteligencia natural y ambición desmedida, convirtiéndose en un hombre tan poderoso como incapaz de disfrutar de la vida, algo que queda meridianamente claro cuando una compañía le ofrece explotar sus yacimientos y hacerlo multimillonario mientras él se queda en casa: “¿Y qué haré con mi tiempo libre?” .


Tiene el film de Anderson una textura telúrica, que brota de las entrañas de una tierra árida; nos muestra, a través de imágenes desasosegantes y extrañas, que inquietan al espectador por lo que guardan de amenaza, la relación violenta entre una naturaleza áspera ─ curiosamente es un paisaje fronterizo muy similar del que se sirvieron los hermanos Coen para filmar No es país para viejos ─ y el hombre que trata de explotarla. De esas heridas en la tierra, abiertas con los pozos de perforación, mana con ferocidad el petróleo, como la sangre.

Una espinosa relación paterno-filial, que se trunca bruscamente al final de la película cuando el patriarca retirado se opone a que su vástago vuele por su cuenta; un personaje, el de Daniel Plainview, al que Daniel Day-Lewis otorga presencia inquietante ─ recodemos cómo paulatinamente se va cociendo en su cólera en la secuencia del restaurante, cuando entra un grupo y descubre en él al hombre de negocios con el que tuvo unas diferencias por criticarle haber abandonado a su hijo ─, con una pasado tormentoso, que el espectador debe de imaginar ya que Paul Thomas Anderson no ofrece pistas para que lo reconstruyamos, y un exceso de ambición por esos pozos, centran esta historia de tono épico. Pozos de ambición sería una especie de reverso de Gigante ─ aquí no hay glamur, sino mugre; no hay bellas mujeres, sino atareadas amas de casa que van a la iglesia; ni más lujo que un desvencijado coche ─, una epopeya sobre los pioneros petroleros que se hicieron a si mismos, un drama dotado de una fuerza visual inmediata ─ cada uno de los chorros de crudo que emerge, haciendo temblar la tierra, tiene un impacto considerable ─ que adopta, en casi todos sus tramos, aires de tragedia clásica: el poder no es garantía de felicidad, pero sí de aislamiento.


Pocos rasgos de ese Paul Thomas Anderson inquieto de su anterior filmografía, aquí falsamente reposado, en un film en el que Daniel Day- Lewis impone su mirada desquiciada y sabe traducir su violencia interna a contados episodios de violencia externa que resultan muy convincentes, salvo en la presencia del joven predicador Eli Sunday (Paul Dano), de características muy similares al interpretado por Tom Cruise en Magnolia, tan fanático como farsante, y en los eficaces subrayados musicales que elevan un tono más, si esto es posible, la tensión de Pozos de ambición.


Lo peor, sin duda, el extravagante final, en el que Daniel Day-Lewis sucumbe al histrionismo y se parodia a si mismo, y la propia ambición de la historia argumental, que promete en exceso para luego no dar tanto. Una película que invita a una lectura muy actual desde el pasado: la sed de petróleo del imperio americano, un apetito que no se detiene ante nada ni nadie.

JOSÉ LUIS MUÑOZ

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