EL RELATO

Este relato, ambientado en el medioevo y escrito quince años atrás, vio la luz gracias a haber sido premiado en el concurso de cuento infantil Taramela, 2006, que anualmente convoca el ayuntamiento canario de San Miguel de Abona. Es una rara incursión en un género para mí extraño y muy poco fecuentado, pero disfruté escribiéndolo y espero que lo disfruten leyéndolo. Brujas, bosques fantasticos, soldados brutales e invasores, campesinos felices en una Arcadia rural lejos de todos los caminos conocidos queven turbada su paz, un territorio inventado gracias a mis estancias periódicas en el Valle de Arán y al recuerdo de una antigua película interpretada por Michael Caine y Omar Shariff, "El último valle", conforman EL PÁJARO INEXISTENTE.





EL PÁJARO INEXISTENTE
José Luis Muñoz

Hace muchos cientos de años, en un lugar recóndito del Pirineo al que se accedía por un difícil desfiladero, junto a un torrente de aguas cristalinas que solía helarse todos los inviernos, existía un pequeño pueblo llamado Narjalón del que casi nadie había oído hablar. Eran tan angostas sus comunicaciones, tan escarpado su camino de acceso que bordeaba un barranco profundo, que nadie, que no fuera de la zona, podía imaginar que tras aquellas pendientes de vértigo vivía gente de bien. Eran sus habitantes hombres y mujeres pacíficos, dedicados a los trabajos del campo y a cuidar el ganado, que ni habían oído hablar de guerras ni sabían de más mundo que el que divisaban con sus propios ojos. Los asuntos del reino, las rencillas entre los nobles, las disputas con los árabes que dominaban buena parte del territorio, les sonaban a todos ellos a música celestial.
Una mañana soleada de septiembre Benjamín, el más joven pastor de cabras de Narjalón, se vio sorprendido por la llegada de un grupo de soldados. Nunca había visto gente armada y se quedó embobado admirando sus corazas relucientes, sus vistosos penachos que surgían como colas de caballo coloreadas de sus cascos y sus terribles mandobles pendiendo del costado de las cabalgaduras. Era un grupo aguerrido de una veintena de personas y, a juzgar por el estado de los caballos, venían de lejos.
-Eh, tú. ¡Mocoso! ¿Cómo te llamas?
Quién de manera tan brusca se dirigía a él debía de ser el jefe de la partida. Era un hombre enorme, con la cara surcada por una cicatriz que comenzaba en el ojo y moría en la barbilla y una poblada barba cubriéndole por completo la mejilla.
-Benjamín, señor-contestó atemorizado el mozalbete.
-¿Cómo se llama este maldito pueblo escondido que no figura en ningún mapa?
-Narjalón, señor.
-¿Hay tropa?
-No señor. Yo nunca he visto soldados. Vosotros sois los primeros hombres de guerra que ven mis ojos.
-Pues vamos a Narjalón.


Pocos segundos después Benjamín se encontraba otra vez solo, en compañía de sus plácidas ovejas que parecían no haber advertido la presencia de los forasteros y de ellos sólo quedaban una espesa columna de polvo que el viento de la sierra pronto se encargó de disipar.
Cuando al caer la tarde regresó al pueblo se extrañó del silencio de sus calles; solo la posada, de cuyo interior se escapaba un gran griterío, parecía tener vida en Narjalón.
-Padre, padre -dijo muy excitado entrando en su casa - Han llegado soldados al pueblo, y uno de ellos tiene un aspecto muy feroz.
-Los hemos visto, hijo mío. No son gente de bien. Desde que han llegado no han cesado de beber, gritar y mirar a las mozas. Nada bueno nos va a traer su presencia.
-Pero deben ser soldados del rey, padre. Nunca habían venido soldados a Narjalón.
-Este pueblo pacífico nunca precisó de ellos.
Quedaron todos petrificados cuando una mano, que parecía de hierro por el estruendo que hizo, golpeó la puerta de la casa. Madre dejó de remover la sopa en el caldero y padre fue a abrir con un mal presentimiento.
Tras una bocanada de aire helado entró un soldado vestido con una cota de malla y con una corta espada colgando del cinto.
-Estoy buscando a un jovenzuelo llamado Benjamín, un pastor de ovejas. Le ha caído bien a mi amo y quiere recompensarlo.
-¿Benjamín?- fingió extrañarse el padre- No conozco a ningún pastor por ese nombre.
-Sois un mentiroso, anciano. Ese mozo que trata de ocultarse tras las faldas de su madre es Benjamín. Acércate, rapazuelo.
El joven pastor se acercó cabizbajo al soldado.
-No temas, mocoso. Mi amo quiere verte y saludarte, y puede que te conceda el honor de trabajar para él y entrar a su servicio como paje.
-No os lo llevéis, señor- suplicó el padre- Mi rebaño de ovejas sucumbirá sin su cuidado.
-No es asunto mío. Vamos.
El soldado lo llevó a presencia de su señor. Éste estaba sentado en una mesa de la posada y dejó la jarra de vino cuando lo vio entrar.
-Acércate, hijo, acércate.
Benjamín se detuvo a unos pasos de la mesa y esperó con la vista baja.
-Me llamo Nuño Alvar- rugió mientras tomaba otro sorbo de vino- Y a partir de hoy soy el dueño y señor de Narjalón y todos vosotros mis vasallos.-dijo a voz en grito para que le oyeran todos los presentes- Te cojo a mi servicio porque adivino una inteligencia despierta bajo la pelambrera que te cubre la cabeza. No te veo los ojos pero adivino que deben ver como los del lince. Y seguro que manejas la honda con soltura y eres el rey del cayado. Sé sumiso y obediente y nunca tendrás problemas. De lo contrario tu cabeza adornará mi pica, y sería una lástima un final tan triste para un muchacho tan joven. ¡Venga! ¡Muévete! ¡Tráeme la jarra llena de vino!- ordenó ante las risotadas de sus soldados.
Desde aquel momento Benjamín se convirtió en su servicial paje, o más bien en su servicial esclavo. El secreto estaba en obedecer las órdenes sin rechistar y procurar ser raudo en su ejecución. Su trabajo consistía en limpiar la armadura, engrasar la espada, ayudar a colocar el yelmo y velar su sueño por las noches yaciendo a los pies de la cama sobre una manta.
Conforme pasaban los días Nuño Alba se mostraba cada vez más tirano con sus sorprendidos y no deseados súbditos. Obligaba semanalmente a quien tuviera ganado a entregar parte de él, que luego el paciente posadero se encargaba de matar y cocinar para sus forzados huéspedes. Periódicamente los soldados invadían las casas de los pacíficos ciudadanos para llevarse todos los objetos de valor que encontrasen. El incidente más grave sucedió cuando penetraron violentamente en la Iglesia y comenzaron a robar copas, cálices, custodias y demás objetos de oro y plata. El sacerdote salió a reprenderles por su acción y uno de los soldados, visiblemente borracho, le rebanó el cuello con su daga. Allí quedó su cadáver, tendido frente al altar, ahogado en un gran charco de sangre ante la indiferencia de la turba.
Las tropelías de la soldadesca, envalentonada por la pasividad de los habitantes de Narjalón, fueron en aumento. A los impuestos alimentarios fueron añadidos otra clase de gravámenes más dolorosos: las doncellas más jóvenes y más hermosas debían ser entregadas a la tropa. Se produjeron penosas escenas al separar padre e hijas. Sólo Julián, el herrero, se opuso firmemente a que secuestraran a su bella hija Eunice, pero fue pasado a cuchillo delante de ella y su esposa.


A partir de aquel momento los pensamientos de Benjamín se encaminaron a conseguir deshacerse de esos bravucones y cobardes soldados que amedrentaban y asesinaban a los suyos y habían truncado la paz del valle, y una noche en vela, mientras observaba por la ventana las estrellas del firmamento, recordó que en una ocasión su padre le había hablado de una anciana hechicera que vivía en los lagos y tenía soluciones para cualquier problema. Aprovechó que todos dormían para deslizarse fuera, salir del pueblo y coger el camino que conducía hasta aquellas extensiones de agua sulfurosa a las que pocos osaban acercarse.
Casi dos horas anduvo en la más completa oscuridad y con el corazón encogido por el temor. Los árboles del bosque se le antojaban enormes y amenazadores, el más leve chasquido de una rama le sobresaltaba y los inmóviles ojos de los búhos posados en las ramas le atemorizaban. Al final arribó a su destino, entumecido, con los pies llagados y sin aliento.
En la orilla de un bello lago helado, sobre cuya superficie se reflejaba la luna, estaba la choza de la bruja. Llamó temeroso a la puerta y penetró dentro temblando al oír una voz femenina que le invitaba a entrar. Tardó algún tiempo en acostumbrarse a la oscuridad reinante, y cuando lo consiguió se le heló la sangre al distinguir junto a él la larga y delgadísima figura de una hermosa mujer, pálida como la muerte, que le miraba con sus extraños ojos llameantes.
-No hables. Sé a qué has venido. – le dijo con voz grave -. Te he seguido desde que has salido del pueblo. He sido el búho que te ha acechado desde un árbol, la pequeña rama que ha crujido bajo tus pies, la hoja del árbol que te ha acariciado los cabellos al pasar. No te gustan esos bravucones soldados que han turbado vuestra tranquilidad. Estás cansado de las vejaciones de tu nuevo amo y señor. No te preocupes, tengo lo que necesitas y andas buscando. Esto-y le mostró un frasco con una sustancia negra bailando en el interior.
-¿Qué es?- preguntó intrigado Benjamín.
-Es el jugo de una melinda sapientes, una seta que crece en los lagos y tiene un terrible efecto para quién la toma. Comienzan a dolerle de tal manera la cabeza que desean que los maten para no sufrir, que alguien se la arranque. He visto a los hombres más fuertes, gigantes como toros, retorcerse a mis pies después de haber tomado este brebaje. Se lo pondrás a tu amo en el vino, no lo notará, no tiene sabor. Cuando se esté retorciendo por el suelo por el dolor vendré yo a hacerme cargo de él.
-No sé como agradeceros este favor- dijo Benjamín alargando la mano para tomar el valioso frasco.
-Solo te pido un beso. Hace tantos años que no me besa nadie.
Cuando iba a besarla la hermosa mujer se convirtió en una anciana repulsiva y maloliente, con la cara cubierta de llagas y una horrible nariz ganchuda, pero tal era el empeño del joven pastor para desembarazarse de los molestos soldados, que la besó sin dudarlo.
A la mañana siguiente, aprovechando un descuido de Nuño Alba, Benjamín vertió todo el contenido de su frasco mágico en su copa de vino y observó luego, excitado, como el tirano la vaciaba hasta la última gota.
El fanfarrón capitán de la soldadesca comenzó a sentirse mal a media tarde. Empezó como un simple malhumor. Se irritó porque Benjamín no le había limpiado el yelmo y le propinó una fuerte patada en el trasero que le hizo caer de bruces. Conteniendo la rabia y el llanto, el muchacho salió de la estancia. Al cabo de unos minutos le oyó golpear y maldecir las paredes de la estancia como un animal enloquecido. Sus soldados se alarmaron y subieron a ver que sucedía, pero Nuño, empuñando su espada, los arrojó a todos de su habitación y a continuación la emprendió a golpes con su cama y no paró hasta que la destrozó del todo. Benjamín le observó por la puerta entreabierta. Tenía un aspecto más terrible si cabe, la barba y el cabello alborotados, los ojos en blanco, espuma en la boca y sangre en la frente.


Por la noche los gritos de Nuño se hicieron insoportables. La emprendía a golpes con todo el mundo, incluidos sus soldados, se arañaba el pecho con rabia y se revolcaba por el suelo arrojando espumarajos por la boca, como si estuviera poseído por la rabia. A gritos pidió que alguien acabara con su vida para no sufrir más y amenazó con cortarse la cabeza el mismo para terminar de una vez por todas.
Un cuervo se posó en el alfeizar de la venta y Benjamín supo que era la hechicera. El muchacho se acercó a él sigilosamente y prestó atención a lo que le dijo en voz baja, apenas audible.
-Vamos a entrar ahora en la jaula donde ruge ese condenado león y tú tendrás que repetir una palabra mágica y chasquear a continuación con los dedos. No te olvides de la palabra o estaremos perdidos. Y sólo te la puedo decir una vez. Atiende.
-Te escucho, te escucho- repitió Benjamín visiblemente nervioso, aguzando todos los sentidos.
-La palabra es "Eautontimorumenos"- y el cuervo, dando un salto, se posó en el hombro del muchacho.
Benjamín llamó con los nudillos a la puerta de Nuño Alba.
-¿Quién viene a importunarme?- rugió desde el interior el enloquecido capitán.
-Soy yo, señor, vuestro paje.
-Y, ¿qué queréis? ¿Traéis un hacha para matarme?
-Os, os...traigo un presente – tartamudeó.
Entró. Nuño, con los ojos extraviados por el dolor y la locura, reparó en el muchacho y en el cuervo que llevaba posado sobre su hombro.
-¿Ése es el presente?- rugió- ¡Un cuervo! ¡Un cuervo para que corroa mi cadáver! Te burlas de mí. Me estoy muriendo y me traes un cuervo. ¡Malditos!- y desenvainando su espada fue hacia ellos.
Benjamín aún no se explicaba como, pese a su nerviosismo, recordó la palabra mágica sin que se le trabara la lengua y chasqueó, a continuación, los dedos, que le parecía que eran de cartón, pues no los sentía. El cuervo despegó de su hombro, dio varias vueltas por la habitación y se posó en el suelo transformándose en bellísima joven. Nuño, sobrecogido por cuanto acababa de ver, soltó su espada.
-Nuño Alba- dijo la hechicera con voz solemne- Forma tus soldados y sal de este pueblo inmediatamente. El pueblo está maldito y tú también los estarás si no te vas de aquí. Sólo marchando recobrarás la salud. Cuando salgas del valle un cuervo te indicará el camino que has de seguir. Y seguirás camino, siempre recto, sin mirar atrás, hasta que tropieces con un cuervo rojo. Cuando lo encuentres te curarás de tu mal incurable- Y desapareció volando en forma de cuervo por la ventana.
Aquella misma noche, apresuradamente, Nuño formó a sus soldados y les dio la orden de abandonar Narjalón. Tal como había avisado la hechicera encontraron un cuervo en la salida del bosque que les ordenó atravesar los Pirineos y, una vez en Francia, otro cuervo les animó a seguir siempre adelante, sin detenerse hasta encontrar el cuervo rojo prometido que sería la señal de que ya estaría curado. Fueron en pos de aquel pájaro inexistente como una tropa enloquecida.
- Pero señor – le dijo uno de sus hombres, en el límite de sus fuerzas, expresando el temor de los demás -. Nunca encontraremos un cuervo de ese color.
- ¿Estás insinuando que he perdido la razón? – rugió golpeándose la cabeza dolorida y desenvainando la espada -. ¿Qué soy un pobre loco?
- No quise decir eso...
- Pues entonces sigamos.
Nuño Alba y sus soldados se perdieron en las frías estepas de Rusia buscando el inexistente cuervo rojo, pero por todo el camino, por pueblos, aldeas, ciudades por donde pasaban, el noble enfermo explicaba el delirante relato de lo que había acontecido a quien quisiera escucharle, y de boca en boca se extendió el rumor de que tras los Pirineos existía un pueblo maldito que devoraba el cerebro de quién osara perturbar su paz, y así, de este modo, los habitantes de Narjalón nunca más fueron molestados y llevaron una vida pacífica, ajenos a las tensiones que recorrían Europa.

FIN

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