FIRMA INVITADA

José Javier Abasolo es un vasco tranquilo. Cachazudo, amable, buen comedor, mediano bebedor, a este bilbaíno entrañable y amigable ya no sé cuando le conocí, pero confieso leerlo cada vez con mayor placer, porque se está convirtiendo en uno de los puntales de la novela negra. EL ANIVERSARIO DE LA INDEPENDENCIA y ANTES DE QUE TODO SE DERRUMBE merecieron mis elogios en este blog. Es un escritor imaginativo, preciso, que desconcierta al lector. Cuando se acerquen a él, para que les dedique uno de sus magníficos libros, pregúntenle si bailó con la más guapa en Tomelloso y verán qué sonrisa se le pone en la cara. El relato que me regala, AGENDA, una pieza maestra, que se lee como un soplo, negro en estado puro, habla de un servidor de la ley, cínico y despiadado, que se sirve, sobre todo, a si mismo. Seguro que lo van a devorar.

AGENDA
© JOSÉ JAVIER ABASOLO

6.00 A.M.: Suena el despertador. Me levanto empapado en sudor
aunque he dejado abierta la ventana del dormitorio, pero aún así el calor se ha adueñado de la casa. Abro la ventana en vano, no hay ni una brizna de brisa. La ciudad, en agosto, es inhabitable pero a mí me ha tocado joderme y trabajar como un cabrón. Soy nuevo en esta plaza, hace tan sólo tres meses que me han trasladado, y aunque ha sido un ascenso me he encontrado con que aquí soy el último mono y no he tenido más remedio que aguantarme y quedarme trabajando este mes.
6.01 A.M.: Instintivamente miro el lado derecho de la cama pero Sonia no está. Debo seguir dormido porque no recordaba que se ha quedado con los niños en el pueblo de sus padres. A mí me toca trabajar mientras ellos se pasan todo el día disfrutando en el río, junto a la chopera. Ése es el significado profundo de la institución familiar.
6.03 A.M.: Por fin, la ducha. Cómo se agradece el agua. Dejo que fluya por todo mi cuerpo, refrescándome, devolviéndome la vida. Me siento renacer. Ahora sí que puedo decir que acabo de despertarme.
6.22 A.M.: Todo en esta vida llega a su fin. También la ducha. Normalmente no suelo permanecer veinte minutos en la bañera, pero es que hace un calor insoportable y es donde mejor se está. Por mí me hubiese quedado ahí metido todo el día.
6.23 A.M.: Mientras me seco el contacto de la toalla con mi verga me hace recordar la noche anterior. Estaba buena la brasileña, ¿o era colombiana? No lo sé ni me importa, el caso es que estaba muy buena. Eso sí que fue un polvo salvaje. Amo a Sonia y me vuelven loco los niños pero, qué cojones, todo el mundo tiene derecho a divertirse y estaba solo y surgió la oportunidad y... a la mierda con las explicaciones, soy un hombre y he tenido la ocasión, no es necesario darle vueltas al coco. Además, era gratis, invitaba la casa.
6.24 A.M.: Pensando en la brasileña, o colombiana, he tenido una erección y he manchado la toalla. Bueno, no importa, a la lavadora y santas pascuas, toallas tengo de sobra. La verdad es que soy todo un tío, después de la noche que he pasado aún me quedaban reservas.
6.26 A.M.: Mientras me afeito vuelvo a sentir cómo todos los poros de mi cuerpo se anegan con el sudor. Acabo de salir de la ducha y ya estoy congestionado de nuevo. Esta ciudad es una puta mierda, tengo que hacer lo que sea, lo que sea, para salir de ella. Es cierto que se cobra mucho más y que después de haber estado aquí me será más fácil ascender pero no acaban de gustarme ni la ciudad ni sus gentes. En fin, si hago bien mi trabajo, y lo sé hacer, no será mucho tiempo el que pase aquí.

6.34 A.M.: No hay nada como un café bien cargado para despertarme del todo. Mientras lo tomo sorbo a sorbo, plácidamente, pongo la radio. En la ciudad hace, a esta hora, una temperatura de 36 grados. Hubiera sido mejor no saberlo, oídos que no oyen corazón que no siente. No por no saberlo iba a hacer iba a dejar de hacer calor, pero el saber con toda exactitud cuál es la temperatura, no sé por qué, el caso es que me deprime aún más.
6.40 A.M.: Hora de vestirse. Por mí no me pondría ni el calzoncillo pero me temo que mis superiores no se tomarían con mucho sentido del humor el que apareciera en pelota picada por el despacho. Además, en algún sitio tengo que llevar la cartera y los útiles de trabajo. Me pongo la camisa hawaiana y el vaquero rojo. Realzan mi piel morena y mi espeso bigote negro. Tanto la camisa como el pantalón son superceñidos así que cojo la mariconera para llevar allí mis cosas. Me miro en el espejo. Pese al sudor que surca por mi frente estoy bien hecho. Soy todo músculos, puro hombre. Me acuerdo de Sonia, pero está lejos, en el pueblo, disfrutando. Me acuerdo de la brasileña, o colombiana. Ella está aquí, en la ciudad, a mi disposición. Creo que voy a pasar una buena noche, aunque todavía esté empezando el día. Pensando en ello vuelvo a tener una erección. Me duelen los huevos dentro del pantalón ceñido, pero lo supero. En realidad, me encanta esa sensación.

6.52 A.M.: Conduzco hacia el trabajo. La ciudad aún se está despertando. No están puestas ni las aceras. No sé si es cierto eso de que a quien madruga Dios le ayuda pero yo estoy dispuesto a prosperar en mi trabajo. Todo por el bien de mi familia y por el mío propio, por salir de esta asquerosa y mugrienta ciudad.
6.58 A.M.: Aparco el coche en el sitio que tengo reservado. Cuando salgo de su interior observo a la gente, aún poca, que transita por la calle dirigiéndose a su trabajo. Me siento el rey de la ciudad, aunque sea una ciudad tan repugnante y polvorienta como ésta.
7.00 A.M.: Llego al trabajo. Algunos, los que dentro de poco van a finalizar su turno, me miran con asombroso, incapaces de entender que alguien sea capaz de llegar antes de tiempo, de renunciar a una hora de sueño, por hacer las cosas bien y prosperar. Ésos nunca llegarán a nada. La mayoría me saluda con respeto y temor. Es una sensación agradable.
7.01 A.M.: El café de la máquina está asqueroso, como siempre, pero me sienta bien. Tomármelo antes de entrar en faena es como un pequeño rito, y los pequeños ritos son los que consiguen que la vida sea un poco más agradable.

7.05 A.M.: El jefe se asoma por la puerta de su despacho y me sonríe. Le hago una señal con el índice. Confía en mí y no le puedo defraudar. Es mucho lo que me juego.
7.08 A.M.: Bajo las escaleras del sótano. A pesar del sofocante calor que asola la ciudad, allí siempre hace frío. Mejor así. Voy a encontrarme con el primer cliente del día y nada mejor que sentir un leve frescor mientras negocio con él. Le detuvieron ayer a la noche, antes de que me fuera, pero pese a ello tuve tiempo de darme cuenta de que ahí había negocio. Algunos cretinos lo llamarían instinto cuando en realidad tan sólo se trata de profesionalidad.
7.18 A.M.: La charla no está dando los frutos que yo quería. Paciencia, todavía es pronto, antes o después cederá.
7.25 A.M.: Después de todo, resulta que no tengo tanta paciencia. He agarrado al tipo por el cuello y le he atizado una patada en los cojones.

7.27 A.M.: Al cabrón éste le va la marcha, así que he apagado mi cigarrillo en su ombligo. Me enfurezco, no me gusta desperdiciar un hermoso cigarrillo rubio de contrabando por culpa de un hijo de mala madre que se niega a colaborar, así que le pateo repetidamente el estómago.
7.32 A.M.: Llamo al doctor porque no quiero que se me vaya de las manos. No, por lo menos, antes de que me diga todo lo que quiero saber.
7.37 A.M.: El tío canta de plano.
7.39 A.M.: Le parto la nuca con la porra, limpiamente. No me gusta ver cómo la celda se ensucia de sangre.
7.41 A.M.: El camión de la basura, como llamamos entre nosotros al furgón que se ocupa de los cadáveres, se lleva el del tipejo. Calculo que dentro de un par de días alguien lo encontrará y al cabo de un mes la investigación subsiguiente se archivará bajo el epígrafe de crimen sin resolver.
7.42 A.M.: De repente me entran unas ganas irresistibles de llamar a Sonia pero me las aguanto. Aún estará durmiendo. Aquí el pringado que madruga para que a su familia no le falte un trozo de pan soy yo. De todos modos no me importa, cuando uno se casa y tiene hijos adquiere una gran responsabilidad y hay que saber asumirla, no como otros, demasiados, que después de dejar preñada a la novia la abandonan. Habría que pegarles un tiro a todos, por cerdos y cabrones.
7.47 A.M.: El segundo café de máquina del día. Esta vez no me sabe tan horroroso. Llevo casi una hora en la comisaría y las cosas van saliendo. A ver si no se tuercen.
7.49 A.M.: Se acerca el jefe y me pregunta cómo van las cosas. Le saco un café y le digo que bien. Empiezo a contarle lo que he sacado en claro del interrogatorio pero me dice que le acompañe a su despacho. “Ahí podremos hablar con más tranquilidad”, añade.
7.52 A.M.: Me parece increíble, pero creo que estoy haciendo unos progresos extraordinarios. Tan sólo llevo tres meses en esta ciudad y el propio mandamás me ha ofrecido tabaco. Parece una tontería, pero conociendo al jefe ese dato es importante. Observo cómo las extrañas formas que crea aleatoriamente el humo ascienden hasta el techo, mientras recibo una calurosa felicitación. Tengo ganas de contárselo a Sonia, estará orgullosa de mí.
9.13 A.M.: De nuevo en la calle, donde se hace el auténtico trabajo policial. Siento cómo la adrenalina se extiende por todo mi cuerpo. La espera, la espera... Es lo peor de este trabajo, pero también lo mejor. Es como una droga.
9.15 A.M.: Por fin puedo respirar tranquilo. La información que he obtenido del tipo era fetén, se estaba preparando un atraco. Acaba de aparecer un vehículo sospechoso junto a la joyería.
9.18 A.M.: Los atracadores salen de su coche. Esperamos a que entren en la joyería y les damos el alto. Alguien, tal vez yo mismo, no ha esperado a que se rindieran y ha iniciado el tiroteo. Los cinco atracadores han muerto. Uno de los dependientes de la joyería también, mala suerte, estaba en el sitio equivocado en el momento equivocado. Una mujer joven se pone a llorar como una histérica. Está maciza la cabrona y cuando gimotea se le mueven los pechos de un modo muy erótico. Me recuerda a la brasileña, ¿o era colombiana? Da igual, son todas lo mismo, unas zorras a las que lo único que les gusta es el folleteo. Pues conmigo van bien servidas. Tengo una erección que disimulo como puedo dando una patada a uno de los cadáveres. Eros y Thánatos, como estudié en el bachillerato. Si es que lo tengo todo, hasta cultura.
10.20 A.M.: De vuelta en comisaría el jefe me felicita.
10.45 A.M.: No aguantaba más y he llamado al pueblo. He pillado a Sonia y los niños desayunando. Se lo cuento todo y recibo la enhorabuena de mi mujer. La noto, de todos modos, un poco angustiada, me dice que me cuide. Le contesto que esté tranquila, que no tiene que preocuparse por nada, que sé cuidarme. Es fuerte y ya sabía cómo iba a ser su vida cuando decidió casarse con un policía, pero la lejanía hace que se inquiete más de lo normal. Le digo que me pase con los niños. Mientras espero que se pongan oigo cómo le dice al chico que su padre es un héroe. El crío me lo repite entusiasmado. Luego me dice que ayer el abuelo le quitó las ruedas pequeñas a la bicicleta y que la maneja perfectamente. Se ha caído un par de veces y tiene una herida en la rodilla, pero no le duele y ya anda en bici con sólo dos ruedas, me repite muy ufano. Es un monstruo mi chaval. La niña no sabe aún hablar pero repite incesantemente papá, papá, papá, papá. ¿Qué más se puede pedir?

10.50 A.M.: El jefe me dice que acaba de llamar el Gobernador en persona para felicitarle por la operación y decirle que transmita a todos los hombres que han participado en la misma esa felicitación. “Creo que te corresponde a ti ese honor, ya que eres tú quien les ha dirigido”, me dice.
10.54 A.M.: Hablo con los chicos y les transmito el mensaje del Gobernador. Todos aplauden.
1.30 P.M.: Por fin he acabado el atestado. Ésta es la parte que menos me gusta del trabajo, la de plasmar por escrito todo lo ocurrido. Cambio tan sólo algunas cosas, las suficientes para hacer más comprensible el informe, detalles sin importancia, pero que acrecientan la importancia de nuestra acción. Como tengo experiencia en estas lides solvento magníficamente el inconveniente del dependiente muerto explicando cómo los atracadores dispararon contra él a sangre fría, motivando nuestra posterior reacción.
2.30 P.M.: Rueda de prensa del jefe en directo. Todas las emisoras de televisión recogen sus palabras, en las que muestra su satisfacción por los resultados de la operación. La mayoría de los periodistas le felicitan, excepto uno, un tipo escuchimizado y con barba, un baboso en definitiva, que le pregunta insidiosamente si no hubiera sido posible evitar las muertes. Afortunadamente el jefe lo lleva todo bien preparado, gracias sobre todo a mi informe, y la cosa no pasa a mayores.
3.15 P.M.: Como con el jefe en un restaurante del centro. Aire acondicionado, cocina exquisita, vasos de cristal labrado. No pagamos la comida ni las copas, por supuesto, es lo menos que se puede hacer por dos personas que abnegadamente arriesgan su vida para servir a los ciudadanos. La conversación es agradable e intrascendente, como se corresponde con el relajado ambiente del local, pero cuando estamos acabando el jefe me dice que está muy satisfecho con mi trabajo. “Si sigues así dentro de poco estarás haciendo cosas más importantes”, añade sonriéndome.
6.25 P.M.: El periodista borde que intentó poner en un compromiso al jefe ya no volverá a hacerlo. Ha sido fácil y prácticamente sin violencia, tan sólo con la mínima necesaria. Le he seguido y cuando ha entrado en un bar a tomar un café le he vigilado, esperando el momento propicio. Nada más tomarse su bebida ha entrado al retrete y ahí ha sido mío. Lo único que he tenido que hacer ha sido agarrarle por los cabellos e introducir su cabeza por el hueco de la taza. Creo que he sido persuasivo. Sé que no nos denunciará, es imposible que lo haga, no me ha visto la cara, no sabe quién soy y, por otra parte, no le han quedado marcas, al menos físicas. Además, si en algo me precio de ser un experto, es precisamente en conocer a los hombres y ese tío era un cobarde que se ha cagado en el pantalón. Olía muy mal, pero a mí ese olor me ha sabido a gloria. Otro plumífero más que dejará de molestarnos.
7.00 P.M.: De vuelta a comisaría le digo al jefe que a partir de ahora el periodista impertinente no volverá a incordiarnos. No se muestra muy eufórico, pero por sus palabras me doy cuenta de que está contento.

8.10 P.M.: Tranquilidad. Desde que he regresado no ha habido apenas movimiento. Es una pena, pero no todos los días se detiene por casualidad a alguien de quien se puede sospechar que está preparando un golpe importante. De todos modos tampoco ha ido mal la tarde. He detenido a un camello de baja estofa, un colgao de mierda, y le he requisado la mercancía. Ni siquiera le he detenido, no merece la pena, ¿para qué?, ¿para que un juez sin dos cojones le suelte al de media hora?
9.17 P.M.: La droga requisada al yonqui de mierda ha cambiado de manos y ahora tengo dos mil euros más en el bolsillo. Me encanta hacer negocios con El Pirao, es un tío legal, aunque sospecho que él se lleva el triple de lo que me paga a mí, pero así son las cosas. Además, sabe que si intenta engañarme o traicionarme lo va a pasar muy mal. No están mal los dos mil euros para una sola tarde. No me hacen rico pero me vienen de puta madre. Este año Sergio empieza el colegio y Sonia quiere enviarle a uno muy elegante, en el que se estudia todo en inglés. Sí señor, el inglés es el futuro, y yo para mis hijos lo mejor.
10.00 P.M.: Llamo a Sonia y le digo que la quiero. Luego hablo con Sergio y le digo que ya es hora de acostarse, aunque comprendo perfectamente que en verano y en el pueblo los horarios son diferentes. Después de hacer como que estoy pensándolo mucho le digo que sí, que puede quedarse a ver el concurso que dan por la tele. La peque, me dice Sonia, hace más de media hora que duerme como un angelito.
11.37 P.M.: Otra vez sudando pero ahora no me importa. La colombiana --porque es colombiana, no brasileña, al menos eso es lo que ella me ha dicho-- jadea como una perra y folla como una camada entera, pero yo sé responderle apropiadamente. Es imposible que sus orgasmos sean fingidos, nadie es tan buena actriz. Dios, qué buena está. Ha sido impresionante y todavía nos espera más, mucho más. Esta ciudad sigue sin gustarme pero tiene sus cosas buenas. Creo que la brasileña, aunque ella insiste en decirme que es colombiana para mí que es brasileña, y yo nos vamos a entender. Es cuestión de papeles, si no quiere ser deportada a su país tendrá que acostumbrarse a mi diaria presencia.

11.55 P.M.: Confirmado, la brasileña, o colombiana, es ilegal. Cuando le he dicho que en el futuro no va a tener que preocuparse más por ese detalle le han brillado los ojos y me ha hecho una mamada como nunca me la han hecho. Ésta es una de las cosas que más me gustan de mi profesión, el poder ayudar a la gente.
6.00 A.M.: Suena el despertador. Me levanto empapado en sudor pero no me importa. Tengo que volver al trabajo, como suele decir el jefe el crimen nos espera y los ciudadanos tienen que saber que gracias a nuestro esfuerzo y dedicación están seguros. Sigue sin gustarme madrugar pero lo hago con placer. Ayer las cosas rodaron muy bien y todo parece ir por buen camino. Quién sabe, quizás dentro de poco obtenga un ascenso y me destinen a la capital, donde están las auténticas oportunidades. Sonia y los niños se merecen lo mejor y yo estoy dispuesto a hacer lo que sea para proporcionárselo.


José Javier Abasolo (Bilbao, 1957) tiene una larga trayectoria literaria como autor de novela negra. Ha obtenido, entre otros, los premios de novela Prensa Canaria con Lejos de aquel instante, con la que además fue finalista del premio Hammett, y el premio Francisco García Pavón con Antes de que todo se derrumbe. Sus obras han sido traducidas al francés y al italiano. Es, así mismo, asiduo colaborador en la revista digital sobre género negro La Gangsterera y comentarista de obras de dicho género en el programa literario de radio El encantador de palabras. En su última novela se da un paseo por New York.

Libros publicados
Lejos de aquel instante (Alba Editorial, 1997)
Nadie es inocente (Alba Editorial, 1998)
Una investigación ficticia (Cims, 2000)
Hollywood-Bilbao (Hiria, 2004),
El color de los muertos (Hiria, 2005),
Antes de que todo se derrumbe (Algaida, 2006)
El aniversario de la independencia (Tropismos, 2006)
Heridas permanentes (Tropismos, 2007)

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