LA NOVELA

ACERCA DE "EL MAL ABSOLUTO", LA SENDA HACIA EL HORROR

P─ ¿Qué fue lo que le motivó para escribir una novela sobre el nazismo?
R─ Bueno, realmente, imagino que, como a muchas personas, el tema me provoca una extraña mezcla de horror y fascinación. Y es algo curioso, en lo que ahora reparo, que la segunda novela que escribí, cuando apenas tenía diez años ─ la primera fue un western ─ se titulara "Auschwitz". A lo largo de todo lo que he escrito, tanto si se trata de novela negra como de novela histórica, el mal está muy presente, es un factor inherente a la condición humana que aflora en determinadas circunstancias. El Holocausto contra los judíos fue un crimen de proporciones tan dantescas que siempre me llamó la atención. Nunca el ser humano y, para más paradoja, uno de los pueblos más cultivados a nivel artístico, filosófico, moral, había alcanzado cotas de tamaña locura homicida que durante el mandato de Hitler.
P─ Si observamos el panorama literario hay muchas novelas que abordan el tema del nazismo. Están las "Las benévolas", de Jonathan Littlel, por ejemplo, "El niño del pijama a rayas", la última novela de Melcior Comes que mereció el premio Josep Plá. ¿Qué aporta "El mal absoluto" a todo lo que se ha dicho hasta la saciedad sobre ese crimen masivo monstruoso?

R─ En efecto, hay mucha literatura sobre el Holocausto. En primer lugar habría que hablar de literatura testimonial, la de los que vivieron aquel horror, sobrevivieron y escribieron sobre su experiencia, como Inre Kertész, Primo Levi, Jorge Semprún, que no sólo hicieron literatura testimonial, sino buena literatura sobre un hecho que los traumatizó de por vida y sobre el que, imagino, sería muy doloroso escribir. Luego, en efecto, el tema ha interesado desde siempre a multitud de escritores y de cineastas. Pero con "El mal absoluto", que creo que no es una novela de acción sino de reflexión, más filosófica que narrativa, que se aparta de una forma diametral de todo lo que he escrito hasta el momento, he tratado de acercarme al mal en estado puro e intentar comprenderlo. Hay una falacia que quería demostrar, y era algo sobre lo que venía reflexionando desde hacía tiempo y queda perfectamente expuesto en la novela, la de la creencia de que ese horror era cosa de un solo hombre, de Adolfo Hitler, y a él, sólo a él, deberían achacarse los crímenes del nazismo. Eso no fue así. Hitler fue el producto de un determinado momento histórico, de una Alemania que se sentía humillada y buscaba la revancha después de la Segunda Guerra Mundial, que comenzó una guerra brutal de expansionismo, a la que el pueblo alemán que, no olvidemos, con su voto propició la subida de Hitler al poder, se sumó de forma entusiasta y que cuando se le dijo que los judíos eran una excrecencia a extirpar de su cuerpo social o bien se sumaron a ponerlo en práctica o bien miraron hacia otro lado. Es muy tranquilizador, y muy simple, achacar toda esa barbarie a un hombre que es la encarnación de lo peor que llevamos en nosotros mismos. El Holocausto fue una empresa de muerte masiva que requería de la colaboración de muchísimas personas en muy diversos ámbitos, de fabricantes que proporcionaron los sistemas de exterminio, de médicos que experimentaron con cobayas humanos, de toda un empresariado que se nutrió de esos apestados y los exprimió hasta la muerte como mano de obra gratuita, de vecinos que denunciaban a los suyos, de los que se beneficiaban porque se quedaban con las casas de los judíos deportados. No fue un crimen de unos pocos, sino un crimen de unos muchos, una especie de linchamiento porque se había abierto la veda de la cacería y todo el mundo se apuntaba a disparar. Y eso tiene mucho que ver con la naturaleza humana, que, cuando el mal, que se ceba en el más débil, no sólo no está castigado sino recompensando, como lo estuvo durante el nazismo, pues afloró de forma monstruosa.

P─ En su novela, al cabo de cincuenta años, dos personajes de ese período, Gunter Meissner, un oficial del campo de exterminio de Auschwitz, y Yehuda Weiss, un sobreviviente, se enfrentan, después de revivir la pesadilla en una pantalla de televisión.
R─ Bueno. Es que eso, efectivamente, está en el origen de mi novela. Cuando se cumplieron los cincuenta años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz por el Ejército Rojo ─ también habría que resaltar que los aliados sabían lo que estaba sucediendo y que los campos de exterminio no fueron una de sus prioridades,, ni muchísimo menos, que pudiéndolos bombardear, como deseaban los que estaban internados en ellos, no lo hicieron ─ proliferaron en las televisiones los documentales sobre ese ejemplo de la infamia humana. Recuerdo un programa de la BBC que me golpeó, un documental extraordinario en el que entrevistaban, contrastándolos, a víctimas, la mayor parte de ellas destrozadas física y anímicamente, y verdugos, con aspecto de triunfadores y que no mostraban el más mínimo gesto de arrepentimiento. Hubo uno de ellos cuya declaración me produjo un escalofrío, un oficial de Auschwitz cuya voz no temblaba mientras reconocía, ante la periodista que le hacía la entrevista, las más abyectas salvajadas como estrellar contra las paredes niños de corta edad. De la visión de ese documental, de su impacto, salió "El mal absoluto". Ahí estaban mis personajes. El bien, la víctima, hundida moral y físicamente, manchada por el hecho de ser víctima, cabizbaja, y su verdugo, el mal, que seguía hablando con la cabeza alta y aparentaba ser inmensamente dichoso rodeado de una bonita familia y en un entorno de riqueza. Aquello me llamó muchísimo la atención: era una monstruosa injusticia.

P─ ¿Qué diferencias aprecia entre el Holocausto y otros crímenes de la humanidad?
R─ La fría estadística es la única forma de medir ese horror, claro. Cualquier muerte es espantosa, para el que la sufre, para el que pierde el ser querido. Seis millones de muertos, sacrificados como si fueran ganado, es un número escalofriante pero fíjese que fríos son los números, porque son tantos que es imposible ponerles cara a todos ellos, por mucho que lo intentemos, y entonces también quedan despersonalizados. Saber que de los 60 millones de muertos que provocó la Segunda Guerra Mundial, la tercera parte, 20 millones, la mitad de la población de España, fue asesinada a sangre fría debiera hacernos pensar acerca de o que es capaz de hacer el ser humano. Algo que me llamó poderosamente la atención es que el Holocausto fue una empresa ejecutada con una frialdad extrema, hasta, podríamos decir, aunque suene paradójico, sin violencia. Ha habido, a lo largo de la historia de la humanidad, crímenes execrables, como el genocidio armenio por parte de los turcos, como el genocidio camboyano por parte de los khmer rojos, el de Ruanda, las represiones de la Junta Militar argentina, de Pinochet, pero en todos ellos encontramos detrás de esos crímenes monstruosos un imperativo de odio cainita que los ha hecho extraordinariamente violentos y sanguinarios. El Holocausto de los judíos se planeó como una enorme empresa, con la logística adecuada de transporte de la mercancía, utilización de la misma, reciclaje y eliminación, porque para ese crimen se emplearon una serie de eufemismos de ese estilo como reasentamiento, solución final, etc. No daban rienda suelta a instintos asesinos los nazis y quienes se prestaban al crimen, sino que se aplicaban a su obra con la disciplina de celosos empleados que procuraban un buen ratio de producción; el racionalismo alemán, tan frío y eficiente, al servicio de la muerte industrial. Fíjese que cuando Heydrich y Eichman idearon la solución final, el asesinato masivo, una de las máximas preocupaciones era cómo, en un periodo de tiempo breve, podría llevarse a cabo la eliminación de la población judía de Alemania y de todos los territorios conquistados. Los primeros procedimientos, la utilización de balas y pelotones de ejecución, además de lentos y costosos, fueron desaconsejados rápidamente porque el ruido de las descargas de los fusiles, los tiros de gracia de los oficiales contra las nucas de los ejecutados y la sangre vertida producían estrés y traumas a los verdugos. Cuando se incorporó el gas Cyklon, un potente matarratas, Hoess, uno de los fríos estrategas del genocidio, que se aplicó con diligencia a la eliminación de judíos, suspiró de alivio, porque reducía gastos, aumentaba la producción, miles de muertes al día, hasta veinte mil en días punta, y los podía eliminar en los hornos crematorios.

P─ ¿Cómo se puede llegar a semejante estadio de inhumanidad?
R─ Existen varios factores que se esgrimen en mi libro. Primero, hay un endurecimiento de la persona, que se lleva a cabo en la niñez y la adolescencia. El germen del monstruo, de ese ejército eficaz y mortífero, se lleva a cabo en campamentos para jóvenes en los que estos, desde la tierna edad, son adiestrados en ser inmunes al dolor y en infligirlo a los demás. La Wermatch era una implacable máquina de destrucción de una eficacia pavorosa y por ello destrozaban, uno por uno, a todos los ejércitos de Europa. Esa misma eficacia se empleó contra los judíos. Hay que resaltar que para poder llevar a cabo esa eliminación sistemática empleaban un programa muy racional de deshumanización que empezaba por meterlos como ganado en vagones de carga, sin ventilación, sin comida, sin agua, en cuyo interior ya se producían las primeras bajas, y seguía luego en los campos de concentración, cuando los elegidos para ser explotados y tener una muerte diferida, una larga agonía, que era peor y más cruel que la de los que iban directamente a la cámara de gas, ancianos, mujeres y niños, principalmente, eran sometidos a un tratamiento inhumano en cuanto a condiciones higiénicas, carestía alimentaria programada y trabajo durísimo que los convertían a los pocos meses en piltrafas fácilmente eliminables, en basura andante que era despreciada y llevada, cuando ya no servía para nada, a los hornos crematorios.

P─ Su novela está estructurada desde ambos puntos de vista, teóricamente, incluso, sin tomar partido claramente.
R─ Sí, porque creo que eso es importante, el no ser maniqueísta, el no forzar al lector a decantarse, aunque claro, se decantará claramente por la víctima. Pero hay dos capítulos que son clarificadores e importantes, que son las dos extensas entrevistas que la periodista Eva Steiger hace a Gunter Meissner y a Yehuda Weiss. El ex oficial de las SS, que no se arrepiente más que de haber perdido la guerra y que, de forma clarividente dice que, de haber ganado esa guerra, el juicio de la historia habría sido otro, porque la historia la escriben siempre los vencedores ─ habla de crímenes como los bombardeos de Dresde, o las bombas de Hiroshima y Nagasaki y las violaciones masivas de alemanas por los soldados rusos, que quedaron sin castigo ─ explica su punto de vista a la entrevistadora de televisión, le habla de sus justificaciones que sólo son entendibles viviendo en esa época, en ese contexto, en sus circunstancias, y de que el genocidio judío era necesario para engrandecer al pueblo alemán, purificarlo de un corpúsculo extraño instalado dentro de su seno.
P─ ¿Y la víctima?

R─ Bueno. El caso de Yehuda Weiss es terrible, porque es una víctima por partida triple. Víctima de la barbarie nazi, al ser conducido al campo de exterminio en donde pierde a su familia, pero victima de su propia condición cuando se ve forzado a convertirse en ayudante de sus verdugos, en colaborador forzado del exterminio de sus propios hermanos de raza como integrante de los sonderkommandos, y víctima porque sobrevive a esa barbarie, porque arrastra durante toda su vida esas imágenes de horror que le van a perseguir siempre, que no olvida ni un solo instante, que se cruzan con las de remordimiento por haber vivido y haberse convertido en cómplice de los verdugos. Está en la peor de las situaciones posibles.
P─ Y no olvida.
R─ Claro, no olvida. Para ese crimen no hay olvido posible. Y de ahí arranca el núcleo de la novela, en el momento en que Yehuda Weiss reconoce a su verdugo de Auschwitz en ese documental de la ZDF y sabe porque ha sobrevivido hasta ese momento.
P─ ¿Es una novela negra? ¿Es un thriller?
R─ Es una novela negra por cuanto trata el mayor crimen de la historia, el mayor asesinato masivo documentado. Es un thriller por cuanto, a partir de un determinado momento, entran en ella los elementos propios de este género. Pero es, sobre todo, una novela moral, una novela reflexiva, filosófica, acerca del mal, sus raíces, que está en nosotros mismos, que cada uno lleva dentro como componente de la condición humana, que hemos visto aflorar en ejemplos muy próximos como en las guerras de la ex Yugoslavia, que lo vemos cotidianamente en todos y cada uno de los atentados terroristas que se producen, en la invasión norteamericana de Irak con unos marines cuyo adiestramiento es muy similar al de la Wermatch, un crimen, el del Holocausto, que nunca hay que olvidar, que siempre hay que recordar, y, en ese sentido, considero clarificadora la portada del libro, esa larga vía que muere en Auschwitz, la expresión del horror dantesco, el lugar del que sólo se salía por la chimenea del horno crematorio, y en ese elegante oficial nazi en primer término, con ropa de diseño, tan elegante y glamuroso, y sin rostro, para que cada uno pueda poner ahí el suyo. Todos podemos ser verdugos.



EL MAL ABSOLUTO, Algaida, 2008, de José Luis Muñoz, Premio de Novela Ciudad de Badajoz. 309 páginas. Ya en las librerías.
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El mal absoluto

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Tu novela, querido José Luis, tiene una pinta excelente. Pienso leerla en breve. Y tienes razón: la portada es realmente buena. Es curioso que los dos hayamos estado trabajando, de forma simultánea, y sin saber demasiado, en thrillers sobre los nazis. Aunque me temo que El Mal Absoluto es infinitamente más duro que Shangri-La, la Cruz bajo la Antártida, que es intriga y evasión. Felicidades por tu trabajo y un abrazo.

Julio Murillo