EL DVD

Esta película, tan dura como ejemplar, que pasó sin pena ni gloria, es uno de los más estremecedores alegatos contra la barbarie nazi. Centrada en la vida cotidiana de los sonderkommando del campo de exterminio de Auschwitz, los judios obligados a ser cómplices de la barbarie, sus imágenes pavorosas ejercieron una notable influencia mientras escribía EL MAL ABSOLUTO.
LA ZONA GRIS
José Luis Muñoz

Tim Blake Nelson era el tercer actor en discordia, junto a George Clooney y John Turturro, en la, en mi opinión, una de las menos afortunadas películas de los hermanos Coen: “Oh Brother!”. “La zona gris” es su opera prima sin que, una vez vista, lo parezca en absoluto. Blake Nelson es mejor director que actor y “La zona gris” una más que apreciable película que aborda el holocausto judío desde una perspectiva inédita y no por ello menos estremecedora: la de las víctimas que actuaron como verdugos para aplazar su ejecución y no hicieron otra cosa que prolongar su propia agonía. No es una película de fácil visión y lo asfixiante de su sórdida atmósfera, impecablemente conseguida, tienta a la deserción. Pero es un film extraordinariamente ilustrativo que hurga con escalpelo en la zona más oscura de la condición humana.
Pasan los años y un tema tan doloroso como el holocausto judío sigue revolviendo las conciencias, aunque el tratamiento que imprime Tim Blake Nelson a su película sea el opuesto al amable y circense de Roberto Begnini de “La vida es bella”. En toda historia cinematográfica que se precie el espectador trata de encontrar algún personaje en clave positiva. No lo hallará en los 120 minutos de proyección de este desgarrada y seca película que huye de efectismos pero no ahorra crudeza. No hay personajes positivos porque todos los que deambulan por los fotogramas, de un tétrico color que refleja suciedad interior y exterior, están muertos aunque hablen, fumen, coman y beban. Si hay un personaje central que se erija en protagonista absoluto de la función, ése no es otro que la muerte.
Sobre unos parias de la historia, y de los que poco se ha hablado por la incomodidad que suscitan, bascula la historia de “La zona gris”: los pelotones de judíos colaboracionistas convertidos en ayudantes de los matarifes, los que hacían el trabajo más sucio. Ellos eran los encargados de conducir al rebaño de compatriotas de los trenes de carga a las cámaras de gas, de quemar luego a destajo los miles de cadáveres de tan macabra producción en cadena, limpiar con mangueras a presión las heces y la sangre de paredes, y se repartían, en pago a sus servicios, las pertenencias de los masacrados. A cambio llevaban una vida más o menos cómoda en barracones aparte, dentro de los campos de exterminio, hasta que su bajo rendimiento o el capricho de sus jefes nazis los convertían a su vez en víctimas. Respirando el polvo gris de las cenizas de los miles de cadáveres que incineraban, que les cubrían el cuerpo, cabellos, vestidos y calzado y del que ya no se desprendían porque se habían habituado, tan anestesiados ante la muerte como sus verdugos nazis, esos seres sin esperanza vagaban literalmente como espectros por un infierno de llamas y humo esperando que les llegara a su vez su hora.
“La zona gris”, basada en hechos reales, narra la rebelión en el campo de exterminio de Auschwitz de un grupo de estos eficientes ayudantes de la muerte contra sus verdugos y su propia ignominia, un estallido suicida que no lleva a otro lugar que al fracaso. Su ejecución en masa - una de las escenas más impactantes del film - les resultará una liberación de sus execrables funciones.


Un trabajo actoral ejemplar – es una película muy dialogada que transcurre entre las tétricas paredes de Auschwitz, no hay más exteriores que los campos de ejecución junto a las alambradas – acompaña esta película necesaria que convierte a “La lista de Schindler” en cuento de Walt Disney. Harvey Keitel, también productor del film, interpreta con eficacia al amargado y alcoholizado oficial nazi al mando del matadero; Mira Sorvino, irreconocible físicamente, es una luchadora judía torturada hasta la muerte; David Arquette, un enloquecido colaboracionista que mata a golpes a una de sus víctimas para apropiarse de su reloj y luego intenta redimirse salvando a una joven judía. Y no hay final esperanzador, happy end que valga. La muchacha judía que sobrevive a la cámara de gas, sobre cuyo futuro, matarla o hacer que viva, dudan los que la sacan medio asfixiada de la cámara de gas, recibe un pistoletazo en la cabeza tras ver como uno a uno son salvajemente ejecutados todos los que procuraron por su vida. La muerte, sin concesiones, gana la partida en este film sombrío.

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