EL APUNTE

LOS CAMAREROS DE CAÑETE
En algo coincido con el ex ministro de agricultura y pesca: ya no hay camareros como los de antes. Y no por los emigrantes, que lo hacen tan bien o tan mal como los nacionales. Faltan escuelas, mejores sueldos, buen talante.
Mi peor camarero me lo encontré en Donosti, hace quince años. No había emigrantes, entonces. Sentado en una terraza soleada, inútilmente traté de llamar su atención con toda clase de aspavientos, desde mi mesa, para solicitar una cerveza. Su ninguneo me hizo transparente. Hay que ver la habilidad que tienen algunos para evitar cruzar la mirada con el cliente, la automática torsión de su cuello en dirección opuesta, y uno se pregunta cómo no se pegan un leñazo cuando pasan por tu lado mirando hacia el techo.
Pero, a fuer de sincero, creo que los peores camareros los tenemos en Barcelona. Ni te entienden, ni te atienden. Lo malo, o lo bueno, es que a veces ni quieren cobrarte, que les pides la cuenta, que les ruegas que te la traigan, y no hay manera, como si lloviera, y luego se demoran en devolverte el cambio.
A mí, los que me gustan, son los camareros de Madrid, los de los restaurantes tradicionales de toda la vida, los de esmoquin y mandil, de edad ya provecta, que te acomodan al instante y antes de que leas la carta ya te dejan el panecillo con la mantequilla para untar. Pero eso se está convirtiendo en una rara avis, en una especie a extinguir sustituida por el jovenzuelo mal vestido, peor calzado con zapatillas deportivas y malencarado porque el miserable sueldo no le llega para pagar su apartamento de 30 metros cuadrados.

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