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EL ROBINSON URBANO de ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Uno no sabe bien por qué un libro que acaba de llegar a mis manos se cuela sobre otros que esperan meses en los anaqueles de mi surtida librería. Los libros arriban a uno, como un misterio, se sedimentan en nosotros o resbalan. Lo importante es que EL ROBINSON URBANO de Antonio Muñoz Molina, un conjunto de estampas granadinas pintadas con prosa exquisita, me ha deparado un enorme placer.
"A las nueve de la mañana hay una fragancia de umbría en las plazas de Granada. El sol es todavía una claridad dorada que avanza sobre los tejados y las copas de los árboles y perfila en el intacto azul la torre de la catedral".
Es Granada, sin duda, una de las ciudades más bellas de España, la que más poesía tiene en sus calles, la que más fragancia destila por sus cuestas blanqueadas del Albayzin en donde las flores empapan los muros de los cármenes y el silencio queda roto por la flecha del canto que brota de una ventana abierta. Ese mundo de lirismo, esa Granada de plazas, de Darros fragorosos, de paseos tan evocadores como el de los Tristes, de estrechas callejas por donde el sol entra de perfil, tiene en el libro de Muñoz Molina, tan breve como exquisito, una preponderancia literaria. Sabe el escritor jienense, trasplantado durante años a la ciudad nazarí, paseante de ese dédalo confuso de calles encaladas del Albayzin que miran a la Alhambra, captar el embrujo y el misterio de una ciudad que en primavera palpita con el perfume de la flor de azahar y en invierno le llega el halo frío del Mulhacén.

"Sé de una hora de la noche en que todos los taxis llevan un cadáver silencioso en el asiento trasero, una sombra derribada en la sombra que ve en el espejo retrovisor su propio rostro, desvanecido por el sueño, que sólo se alumbra un instante con la brasa del cigarrillo que ha encendido para apurar el último tramo de la noche".

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