LA NOVELA

Un invierno de hace muchos años, tantos que ya no recuerdo, subi con mi vieja maquina Olivetti Letera a Paya de Aro, población de la Costa Brava que en invierno parecía una ciudad fantasma, y me puse a escribir sin saber muy bien sobre qué lo iba a hacer, sin conocer la historia, ni lo personajes, ni la trama, ni el desenlace. Durante poco menos de 24 horas, creo que no dormí hasta que terminé, tecleé de forma incansable en la maquina hasta que la historia, que tenía la sensación de que alguien me la estaba contando y yo la escribía al dictado, estuvo ultimada. Una trama ambientada durante la época de los Reyes Católicos, las persecuciones religiosos y los progoms contra los judíos, más o menos histórica, novela de amor al fin, que transcurría en un paisaje por mí muy querido, tierras de Atienza. La novela durmió lustros en los cajones hasta que decidí presentarla, en el año 2005, al premio de novela Ciudad de Jumilla. Se alzó con el galardón con un jurado presidido por Nativel Preciado. Lástima que la edición municipal la hiciera poco accesible al público lector. Pero si alguien la quiere, con mil amores le envío algún ejemplar de la misma.

LOS RITOS SECRETOS
CAPITULO I

EN EL QUE SE HABLA UN POCO DE MI NACIMIENTO, CIRCUNSTANCIAS PERSONALES, EL MARCO HISTORICO
Y DEMÁS ACONTECIMIENTOS FUNDAMENTALES PARA COMPRENDER LO QUE A CONTINUACION VENDRÁ.

Mi historia comienza en los albores del año 1474. Hacía poco que había muerto Enrique IV de Castilla, de triste memoria, y comenzaba una época turbulenta de intrigas, amenazas, tensiones y guerras sordas sin grandes batallas que desembocarían en la unidad de España, y no tardaría mucho en caer el reino de Granada, el último baluarte musulmán que quedaba en la península. Reinaban Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, conocidos más tarde por el sobrenombre de Reyes Católicos merced a una concesión del Papa de Roma Alejandro VI. No voy a ser yo quién los enjuicie, quizás la historia, a posteriori, haya de juzgar la conducta de esos monarcas que forjaron la unidad de la Península Ibérica pasando por encima de razas, creencias y fueros, pero ello no es óbice de que me formara, a lo largo de los años, una opinión sobre su grandeza y sobre su arquitectura del nuevo reino de España.
En un frío día de febrero dicen que vine al mundo en un desolado paraje de la Meseta castellana, con el viento soplando con fuerza y una fuerte nevada cubriendo de blanco las tierras roturadas. Que mi madre sufrió indecibles dolores antes de tenerme porque el parto fue complejo, yo venía mal colocado, al parecer, con la cabeza en dirección contraria a la salida, tal es así que mi padre temió seriamente por la vida de su esposa. ¿Quizá era simplemente que no quería salir, abrir los ojos a ese despiadado páramo? Que al nacer era un niño robusto, tenía un buen mechón de pelo negro en la cabeza y estuve llorando y pataleando un buen rato hasta que no logré hacerme con el pecho de materno.
Nací en una villa notable por su historia, el sabor recio de sus muy bien empedradas calles, el aire señorial de su plaza mayor porticada y el magnífico castillo que se alzaba en la cima del montículo donde estaba edificada, que dominaba una extensa llanura como nido de águilas, la muy notable villa de Atienza. Yo no nací en el interior del castillo, con lo que mi vida a buen seguro hubiera sido más holgada y cómoda, sino en una estrella callejuela que se retorcía hasta llegar a la Plaza Mayor, en la Judería, y este hecho marcó desde un principio la que iba a ser mi vida posterior. Porque nada más salir del útero yo ya estaba marcado para ser un niño diferente.
Mi padre se llamaba Isaac Jeudá y era un hombre pacífico dedicado a los negocios; regentaba una tienda de alimentos oscura, estrecha y muy profunda, vendía harinas, legumbres, hortalizas que compraba a los labriegos de la zona, y ahorraba bastantes maravedíes cuando en aquellos tiempos nadie los tenía y el trueque era habitual. Seguramente era comerciante porque su padre, su abuelo y hasta su bisabuelo lo fueron, y el arte del trueque se perpetuaba de generación en generación, era algo que los Jeudá debíamos llevar en la sangre como otros llevan el arte de las armas o el del servicio a Jehová. Mi padre, además de comerciante, era ahorrador, y eso ya no eras habitual en aquella época. Mientras la gente corriente gastaba el poco dinero que tenía, mi padre lo acumulaba como hacen las hormigas ante la llegada del invierno, pero tampoco creo que esa afición o manía fue merito suyo, sino que le venía de familia, por la sangre. Era un hombre recto que no despilfarraba ni un solo maravedí que ganaba y al que le gustaba mirar las monedas, acariciarlas y sopesarlas en las manos. No se le conocían vicios privados. Yo, en lo que recuerdo, no le había visto nunca beber otra cosa que no fuera el agua cristalina que madre traía a diario de la fuente de siete caños de la plaza porticada, y comiendo era tan frugal como lo fuimos todos ya que decía que la grasa era superflua, motivo de enfermedades y rechiflas, y que la fortaleza de un cuerpo se medía por la envergadura de su esqueleto y la correcta distribución de los músculos. "En el despilfarro está la ruina", solía decir cuando paseábamos y tropezábamos con algún orondo caballero, un mendigo o una triste meretriz "y en el ahorro el progreso". "Ese hombre" y señalaba discretamente a un grueso hombre que a duras penas podía sujetarse su prominente vientre y andaba tan torpemente por las empedradas calles como una oca cebada, "se comerá sus propios ahorros, y cuando esto acontezca será como ese otro" y señaló con el bastón al miserable mendigo que pedía limosna sentado en las escalinatas de la iglesia.
Esta forma de vida y esta palabra mágica, el ahorro, han tenido tanto para mí como para mis antepasados una importancia capital. Mi padre había demostrado siempre un profundo conocimiento de los misterios que rigen el mundo del dinero, y los supo administrar de tal forma que era capaz de multiplicarlos por arte de magia, con la misma habilidad que otros tenían para dilapidarlo sin sentido. El secreto de esa multiplicación milagrosa de los doblones no era otro que el préstamo, un ejercicio en el que él era un experto. Mi padre dejaba dinero a quién lo necesitara y estuviera en disposición de devolverlo, y mediante esa sencilla transacción, que evidentemente entrañaba un riesgo-a veces el prestatario no podía devolver el dinero prestado y era preciso ampliar el plazo de devolución del mismo; otras el prestatario, hombre de mala fe y pocos escrúpulos, desaparecía del mapa evitándose devolver el dinero-mi padre multiplicaba su capital y aumentaba, a su vez, la posibilidad de dejarlo de nuevo y en mayores cantidades. “El dinero, hijo mío, llama al dinero”. Él, la verdad, no concedía demasiada importancia a lo que para los otros era un complicado dilema, gustaba comparar su actividad mercantil con la siembra. ¿Verdad que de una simple semilla de alubia puede germinar una planta que genere hasta cuarenta semillas más si se la planta en tierra idónea y se la cuida durante su crecimiento? Pues bueno, algo parecido ocurre con el dinero, aunque la Naturaleza suele ser bastante más generosa con las semillas de alubias que con los maravedíes. Ignoraba a la sazón mi padre que unas caprichosas leyes condenarían años más tarde esa actividad, que el muy digno nombre del préstamo sería mancillado con el ruin de usura y que todo un pueblo pacífico y noble se vería implicado en un gratuito vaivén histórico de incalculables consecuencias. Pero de todo eso hablaré más adelante, no conviene anticipar acontecimientos que irán aflorando a medida que avance mi relato.
Estábamos en el día de mi nacimiento, que evidentemente tengo que imaginar pese a que estaba presente, era su indiscutible protagonista. Y mi padre me tenía desnudo en sus brazos mientras el rabino de la comunidad, David Isaac, un sabio anciano de aspecto imponente al que llegué a conocer siendo yo adolescente, practicaba en mi pene la dolorosa ceremonia de la circuncisión, el pequeño corte ritual de la piel del prepucio por el que entraba a formar parte del orgulloso pueblo de Israel y físicamente me distinguía de los demás mortales, de tal modo que aunque abjurara de mi fe hebraica mi cuerpo seguiría delatando de por vida su origen. Debía de ser algo doloroso y molesto, pero por fortuna ya no me acuerdo de ello.
Me imagino que lloraría, pero también imagino que mis lamentos serían acallados en el tierno pecho de mi madre que me acunaba entre sus robustos brazos. Rebeca, que era su nombre, no tendría más de treinta años cuando me tuvo a mí y respondía físicamente al prototipo de su raza. Alta, corpulenta, de rasgos muy marcados, cabello oscuro y muy ensortijado, era capaz de ser al mismo tiempo dulce-conmigo siempre lo fue-y enérgica, sin que esa energía presupusiera merma de la autoridad de mi padre. A mi alrededor se congregaron aquel día, según explicó mi padre, todos los judíos de la región encabezados por sus rabinos porque el nacimiento de un niño judío siempre es un acontecimiento digno de mención en esa España dominada por los cristianos después de siglos de haber sido mora.
Esto, más o menos, fue lo que sucedió en aquel día tan importante y del que tan poco sabemos todos, y es lo que me contaron los mayores, no teniendo más remedio que dar fe de ello dada mi corta edad y mi escaso entendimiento.
Y que mi padre, mirándome fijamente a los ojos oscuros, me impuso el nombre de Abraham Jeudá con el que sin embargo no pasé a la historia. Aunque lo más lógico es que yo me llamara Isaac y él Abraham.
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