LA NOVELA

No sé por qué escribí EL SABOR DE SU PIEL, pero creo que lo hice con la sensación de que sería mi última novela erótica. Es difícil, en ese terreno literario tan próximo a la literatura infantil - recuerdo que Vicente Muñoz Puelles, que ha incursionado en ambos géneros, decía que tanto uno como otro admiten en su esencia la fantasía y están cargados de inocencia - no caer en la vulgaridad y en lo pornográfico. Creo que lo conseguí, aunque la novela tiene momentos de una lubricidad erótica considerable y algunos de sus lectores me hayan confesado que necesitaban de una ducha de agua fría cercana para seguir leyendo. Nada que ver con PUBIS DE VELLO ROJO, mi novela galardonada con La Sonrisa Vertical. Si aquella era un descenso a los infiernos de la mano de un erotismo sadiano contaminado por la novela negra, ésta es un canto al sexo, al placer, al amor y a la vida. Porque curiosamente la novela, que debía centrarse en los terrenos del sexo y sus fantasías, que pretendía, mediante la palabra, excitar al lector, derivó en una gran historia de amor, quizá porque éste, pienso yo, magnifica una actividad rutinaria, lo ensalza, lo convierte en algo perfecto, inasible, puro. Quería contar la vida de su protagonista, Borja, desde el sexo, contar su evolución sexual a lo largo de los años, desde la idealización que el púber tiene de la mujer soñada, como un templo inalcanzable de placeres prohibidos destinados a los mayores, pasando por la adolescencia desenfrenada, siguiendo por una madurez en la que no pierde su apetito y acabando en la senectud, cuando el cuerpo, reacio a sucumbir, agoniza en sus últimos espasmos. Y quería hablar de Leticia, una especie de mujer perfecta que existe en nuestros sueños y, muy de tarde en tarde, se hace carne.
Por casualidad me enteré, a través de Internet, que en Venezuela la editorial Alfadil convocaba un premio de Novela Erótica bajo el sugerente nombre de Letra Erecta, el único después de la desaparición de La Sonrisa Vertical, y envié el manuscrito. Meses más tarde el editor, Leonardo Milla, me llamaba para decirme si podía desplazarme a Venezuela. Supe que el premio era mío.
EL SABOR DE SU PIEL, junto a LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO, LLUVIA DE NIQUEL o LA CARAQUEÑA DEL MANÍ, es una de las novelas que más satisfacciones me ha dado escribirla, una de mis favoritas. Lucho para que se publique en España.

el fallo del jurado
ALFADIL EDICIONES LETRA ERECTA
Nosotros, Ana María Kahan, Israel Centeno, Vivían Jiménez, Iván Niño y Raúl Caza¡, designados por Alfa Grupo Editorial como el jurado del II Premio Letra Erecta de novela erótica Alfadil 2004, habiéndonos reunido en la ciudad de Caracas, y luego de considerar la totalidad de las novelas que participaron en la convocatoria del¡ premio, decidimos conceder por unanimidad el galardón único a la obra El sabor de su píel de José Luis Muñoz. La obra fue presentada con el título «Lujuria» y firmada con el seudónimo «Carpe Diem».
El jurado sustenta su decisión por considerar excelente el manejo del tema ceñido a los registros de la tradición erótica. La novela está inmersa en una atmósfera en la que el lenguaje, más que sugerir se ajusta limpio, sin prurito ni rubor, a las exigencias de unos personajes que ejecutan una relación triangular y asumen con autenticidad los conflictos de sus afanes amorosos. No hay concesión a la moraleja, dinámica que conlleva a un cierre coherente, con las obsesiones propias de la historia.
Asimismo, el jurado decide nombrar como primer finalista a Yolanda Arenales García con su obra «Madrifornia», presentada con el seudónimo de « Vía Láctea».
En Caracas, septiembre de 2004.

La primera vez. La primera vez que Borja, Hernán y Leticia hacen el amor en una playa. El momento mágico de una entrega amorosa que es irrepetible.


EL SABOR DE SU PIEL
José Luis Muñoz
Editorial Alfadil, 2004, Caracas
Premio Letra Erecta




Fue como una aparición fantasmal. Aun hoy, cuando lo evoco, tengo mis dudas de que realmente fuera así. Los niños, en la soledad de la noche, desarrollan fantasías de terror, creen ver sombras, movimientos de cortinas, escuchar crujidos de huesos y cadenas de fantasmas arrastrándose por el suelo. Los adolescentes, por la misma regla de tres, podíamos desarrollar fantasías parecidas. Venía andando, descalza, por la playa, con un bikini nimio de color negro que la desnudaba más que la vestía. Creo que llevaba la prenda de baño más reducida del mundo, un artilugio de tela que se limitaba a subrayar las porciones más excitantes de su cuerpo y cabría en mi monedero. Los pechos bailaban dentro de aquel exiguo sujetador de tela mojado que revelaba la forma y la textura del pezón que cubrían con una gozosa precisión, como si un pastelero los hubiera untado de chocolate. Se había dado un baño y llevaba gotas de mar prendidas de su glorioso cuerpo. Balanceaba sinuosamente las caderas. Se plantó ante nosotros. Rió.
- Creí que vendríais en bañador. Sería más fácil.
Tenía toda la razón del mundo. Pero nosotros ya dudábamos que viniera y no queríamos coger una pulmonía aquella noche sin más prenda que el bañador. Su repentina aparición, cuando ya estábamos dispuestos a asumir nuestro fracaso, era como un sueño, como el más maravilloso espejismo de nuestra vida. Estaba aquí, ante nosotros, y se ofrecía sin rodeos. Nos miró. Nos miró directamente allí abajo, entre las piernas. Quería sexo rápido y ya. Era lo que queríamos nosotros, por lo que nos moríamos. Estábamos en perfecta sintonía.
- Me parece que ya no hay nadie – dijo oteando la playa en lontananza -. Podemos empezar. ¿Quién da el primer paso?
- Tú, Borja – le dije.
- ¿Por qué yo?
- Creía que os ibais a pelear por ser el primero – dijo con cierto aire de decepción mientras se desabrochaba la parte superior del bikini y nos dejaba alelados con la redondeada belleza de sus senos. El frío había fruncido los pezones y éstos marcaban justo el centro de pechos generosos y turgentes que parecían salir de algún lienzo de los maestros del desnudo. Se los cubrió con las manos, y aquel gesto de falsa timidez aun fue más excitante.
- Vamos – dijo con una voz suave, casi infantil -. El que tenga más ganas. A mí me da igual.
Empujé a Borja. Le ciñó la cintura tras dudarlo. Quizá creyera que le iba a cruzar la cara con un bofetón por tomarse semejantes libertades. Luego se besaron. Él mantenía, pudoroso, los labios cerrados, pero ella se los abrió con la lengua, juguetona, se los chupó, los lamió, los penetró finalmente ante el desconcierto de mi empollón amigo. Lo vi sofocado, perdiendo su norte mientras no se atrevía a dar una utilidad precisa a su sentido del tacto. Luego contemplé como sus manos rozaban tímidamente sus pechos antes de posarse sobre ellos ya sin reparos mientras ella se bajaba la braguita del bañador y exhibía sin pudor su hermoso monte de Venus. Borja estaba muy excitado, iba muy rápido, y yo temía que se corriera en los pantalones, antes de quitárselos. No acertaba el pobre ni con el cinturón, ni con la cremallera. Yo me encontraba a un par de metros del escenario y los oía jadear con intensidad. Eran como dos animales desbocados dispuestos a aparearse que se tanteaban antes de consumar su acoplamiento. Borja ya estaba desnudo, por completo, y el cuerpo le brillaba de sudor a pesar de que caía la noche. Leticia le tomó el pene, con delicadeza, lo acarició, lo llevó a su vientre. Los miré en tensión, con un cierto arrobo. No era lo mismo mirar una película porno en la televisión que asistir a un coito en directo que me iba a dar a continuación la alternativa. Iba a asistir como se la follaba y prometía ser muy excitante. Podía aprender de él puesto que me precedía. Pero yo ya sabía hacerlo, me acordé de la colombiana. Lo hacían de pie. Borja, liberado finalmente de toda inhibición, soltando al macho que llevaba dentro, la besaba en el cuello, en los labios, le lamía los pechos, hundiéndole los pezones con la punta de la lengua, mientras sus dedos se clavaban en las blandas nalgas de ella y las removían. Ella le rogó que empezara. Estaba ansiosa por ser invadida. Miré su rostro. Mantenía la boca abierta y la mirada ausente, una indicación de que se desentendía de lo que hiciera su cuerpo. Borja la penetró tras varios intentos fallidos, tras hundir la polla en el vacío, entre sus piernas, o errar el camino. No debía acertar con la cavidad adecuada y ello provocó una risita en Leticia. Debían de darnos clases particulares en la escuela al respecto en vez de tanta odiosa matemática. Debió practicar más con la colombiana. A mí no me pasaría, me hundiría limpiamente en su preciado coñito. Allí, en aquella parte, las mujeres tenían nada menos que tres orificios en donde elegir, aunque dos eran los usuales para satisfacernos y satisfacerse. Hundió Borja su polla erecta despacio, la sacó entera y brillante, lubrificada por el flujo de ella, y la volvió a meter. La metió y la sacó del sexo de su amante docenas de veces y cada vez lo hacía con más entusiasmo. Leticia temblaba por entonces y me fijé en la humedad de sus muslos. La cabalgó mi amigo dando pequeños golpecitos a su vientre que a su vez provocaban excitantes ondulaciones en sus nalgas. Se movió entre sus piernas mientras ella permanecía de pie, abrazada a él, y gemía mientras me miraba. ¿Por qué lo hacía?, me pregunté sin entender mucho esa actitud. Quizá le excitaba mi situación, mi anhelante espera. Me hubiera corrido con mirarlos. Si acariciaba un par de veces mi glande el semen brotaría con ímpetu y se vertería en la playa. No lo hice. Aguante aquella particular exhibición sexual.


- Me gustas – le decía- Me gustas. Oh, cómo me gustas. Fóllame, folláme más, métemela hasta el fondo.
Me sorprendía la crudeza de su lenguaje, lo directo que era. No se comportaba de muy distinta forma que las siliconadas actrices del porno cuando eran embestidas por las espadas de sus caballeros sirvientes. Sus expresiones sexuales estaban a tono con la rotundidad carnal de su cuerpo, pero no con su cara. Eso fue lo que nos excitó siempre de ella, la disociación de sus rasgos inocentes, de virgen recién salida del cascarón, y su cuerpo que parecía diseñado para el placer, para alimentar las más tórridas fantasías en los más sórdidos burdeles portuarios o en los serrallos de los turcos. Las nalgas de Borja se movían a buen ritmo, acompañando aquella penetración que ya duraba demasiado y ella lo envolvía con sus piernas, perdiendo el contacto con la arena. Desde donde estaba tenía la sensación óptica de que la aguantaba en el aire simplemente con su pene. Parecía mi amigo un conejo follando. Se movía rápidamente. ¿Cuándo tardaría en correrse? Yo me había desnudado y mi pene apuntaba exactamente al cielo y se humedecía solo. Lo masajeé. No hacía falta. Era una lanza de hierro dispuesta a herir aquel tajo placentero que la naturaleza había abierto entre los mullidos muslos de la muchacha de mis ensoñaciones. Jadearon al unísono. Leticia se abrazaba al cuerpo de mi amigo, lo devoraba con los labios, chupaba su cuello, gemía mientras el culo de Borja, por los movimientos sincopados, indicaba que por fin liberaba el néctar en aquel maravilloso coño soñado, que finalmente materializaba las fantasías de tantas masturbaciones frustradas. El semen no se perdía en la mano sino que caía en aquella maravillosa sima diseñada por la naturaleza para abrevar el placer. Lo oí llorar. Ignoraba que alguien pudiera hacerlo sacudido por el éxtasis de un buen polvo. Aun siguieron abrazados, sin separarse, besándose, acariciándose, y las manos de Leticia parecían muy dulces hundiéndose entre los cabellos de mi amigo, recorriendo la espalda, bordeando sus estremecidas nalgas. Tras la violencia de la batalla se firmaba la paz y venía la ternura. Era como si ambos se pidieran perdón por la brutalidad del encuentro.
- Has estado muy bien. Me ha gustado mucho – oí que le decía, y la aborrecí. ¿Acaso ponía notas a sus amantes? ¿A cuántos muchachos ya se había tirado? ¿Qué número hacíamos nosotros? ¿El mil? ¿El dos mil? ¿Aprobaría? -. Sal. Ahora le toca a tu amigo – le dijo, apartándolo y mirándome muy fijamente.
- Maravilloso – suspiró Borja, derrumbándose a mi lado y pasándome el brazo por el hombro mientras cogía el calzoncillo de la arena y se lo colocaba -. Ha sido tocar el cielo. Inimaginable. La mejor experiencia de mi vida. Anda. Ve. Yo te miro.
Parecía difícil de superar. A mi me recibió tumbada. Quizá estaba cansada, o sencillamente quería variar de postura. Había un barniz de humedad en donde se juntaban sus muslos. Me los abrió. Su coño era barroco, una tilde hecha carne, la superficie anhelante de una bonita ostra que alentaba a devorarla y se movía como si respirara, rojiza, oxigenada. Me eché sobre ella, la besé en la nariz, en los labios, en los pechos, se los lamí con fruición, levantando un gemido en ella cada vez que mi lengua los recorría, cada vez que la punta de mi apéndice golpeaba sus pezones. Luego se los palpé con ambas manos, comprobando su consistencia, su tersura, descubriendo el placer que mi caricia producía en ella, y le toqué el culo bajo la arena, y levanté algo sus nalgas para hacer más accesible su coñito enmarcado por corto vello rizado.
- ¿Te gusta? – me preguntó riendo mientras sorprendía mi embelesada mirada hacia la joya que se abría entre sus piernas.
Lo adoraba. Una sima profunda entre las piernas, envuelta en labios de carne, húmeda de excitación y del barniz de semen que había dejado el amante anterior, abierto como una flor carnívora de rugosos pétalos y llamándome a entrar. Una boca vertical, dispuesta a tragarse mi miembro, que expelía un aroma salvaje. Lo hice, mientras la abrazaba, tocaba y besaba, pues ponía en funcionamiento todo mi espectro sensorial para disfrutar de aquel precioso momento, único, mágico, irrepetible de hacer el amor con la primera mujer de mi vida puesto que con la colombiana fue meramente una mecánica venal. Ningún goce posterior superó aquel momento. Era pura liturgia, transferir al mundo real todo lo fantaseado durante años. Entré en ella sin dificultad, como si me tragara un acogedor abismo, me moví ansioso agrandándolo y agrandándome, farfullando obscenidades cuando mi boca se veía libre de sus jugosos labios que jadeaban elogios a mi polla en el oído cuando no me besaban. Crecía dentro de ella hasta hacerme un gigante y sentía el vientre convulso bajo mi cuerpo, estremecido por el placer, ajeno a mi mente, como si yo fuera dos y uno de ellos, el que disfrutaba, estuviera fuera de toda racionalidad.
- Tienes una gran polla. Gran polla. Me gusta. No te corras aún. Sigue, sigue, sigue, pero sin correrte. Detente cuando estés a punto.




Fui obediente. Me detenía para mirar su cara. Sacaba el pene, lo apoyaba tembloroso en sus muslos húmedos y ella me rogaba con un mohín de niña traviesa que se lo metiera de nuevo si era capaz de demorar su corrida. Lo hacía lentamente, observando la gradación del éxtasis en su rostro, me deleitaba mirando como desaparecía en su cuerpo y nuestras ingles se juntaban. Se mordía los labios, entornaba los párpados, se agitaban sus pechos bajo mi mano mientras un alud de contracciones sacudía su vientre.
-¡Cabrón! – decía, cariñosamente, envolviéndome en una mirada turbia - . Parece que lo hayas estado haciendo siempre. Sigue así, sigue así, y no pares.
Brillaba una luz sobre su rostro, por encima de la noche, me hipnotizaban sus ojos de mirada turbia mientras sus pechos botaban entre mis manos y sentía bajo la carne de uno de ellos el batir de su corazón. Palpitaba su vientre bajo el mío. Me quemaba con su pasión. Ardíamos. La besé en la barbilla, mordisqueé sus pezones, metí mis dedos por la raya de su culo hasta acariciar su ano, y ello le hizo gemir intensamente, la sacudió de arriba a abajo, como una descarga eléctrica. Y luego la seguí follando, y me paraba cuando estaba a punto de correrme, para besarla, para acariciarla, para decirle, en mi locura, lo que la amaba, lo loco que me tenía, lo mucho que me había masturbado imaginando ese momento, la vez que la vi desnuda en la ducha, acariciándose en solitario bajo el agua.
- ¿Estabas allí? ¡Sinvergüenza! ¿Por qué no entraste? Hubiéramos hecho entonces el amor, y hubiera sido muy excitante hacerlo en los vestuarios del colegio, con el riesgo de que alguien nos viera. Así, contra la pared húmeda, resbalando por el suelo, tú hundiéndome tu hermosa polla y corriéndote entre mis muslos mientras el agua lamía mis pechos y se llevaba tu semen.
Seguí. Me encontraba bien. Dominaba el asunto como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida, desde la cuna, que follar. Si no tenía oficio ni beneficio podía dedicarme al porno. Me moví entre sus muslos de seda que se cerraban gradualmente para hacer mas angosto su hermoso coño. Era entrar en un tubo de carne húmedo y extraordinariamente caliente. Hacíamos un ruido extraño de tan corrida que estaba ella, un rumor de fluidos espesos y carne que frota. Me pegaba tanto a su cuerpo que ya parecíamos uno, y el sudor, el ungüento que nos unía.



Me detuve para mirar su rostro. Estaba bellísima. Tenía la piel alrededor de la boca enrojecida, por mis besos, como la carne que circundaba las areolas de sus pechos, que parecían haber madurado con mis efusiones bucales. Me fije en ellas. No eran estrellas perfectas de carne, sino que tenían una forma irregular, un curioso relieve derivado del fruncimiento de la carne. Aquel tono profundamente carmesí con que aparecían pintados parecía indicar su alta sensibilidad. Pezones eréctiles, estimulados por mis dedos y mi boca, succionados una y otra vez, saboreados hasta la saciedad, mordisqueados suavemente. Brillaban, cubiertos de baba, mientras mis pulgares se deslizaban por ellos, como las agujas de un reloj para luego invertir el curso de la caricia. Hundía, cuando me cansaba de la rotación, las yemas de los dedos en esa carne blanda y trémula que cedía suavemente y recuperaba su forma primigenia en cuanto abandonaba sus pechos. Le encantaba que le tocaran los senos. Se moría de gusto cuando sentía mis manos y mis labios mimándolos. Su coño se cerraba, se contraía, de puro placer, su cuerpo se tensaba, su vientre se volvía más húmedo y palpitaba.
- ¿Te gusta así? – me preguntaba ella mientras me besaba en los párpados, recorría con manos expertas mi espalda, acariciaba mis nalgas – Lo cierro por ti, Hernán, para que te corras más a gusto. Puedes correrte ahora si lo deseas. Estoy preparada. Ya he tenido varios orgasmos. Ahora te toca a ti tener el tuyo, tu big bang.
Fui a ello. La cabalgué entonces sin pausa, como un corcel brioso que espolea la yegua que monta, sacando fuego de su sexo, una y otra vez, ajeno a sus orgasmos, a su gozo, a sus gritos, a los golpecitos en las sienes, al surco de sus uñas en mi espalda, excitado por el inmenso placer que truncaba su cuerpo y mataba el mío. Entonces noté físicamente lo que iba a ser mi orgasmo, tuve conciencia de ello. Nada que ver con la triste masturbación y el vertido en un coño venal. Tenía algo de sísmico, de dolorosa contracción, de ola que nacía de los testículos y crecía y crecía navegando por aquel tallo hundido y en movimiento, de dolor de resistencia, renuente a liberar, cerrando la puerta por donde ya irremediablemente iba a surgir, desembocar, explotar. Venía, inevitable, violento y placentero, como una sacudida, tirando de mi cuerpo, cegando la cabeza, la vista, como si el centro del universo estuviera en esos momentos en esos veintitantos centímetros de carne dura bien lubrificada por humores propios y ajenos que no cejaban en sus movimientos en ese abismo de placer. Me besó, me pellizcó las nalgas con fuerza, aposentó con firmeza sus manos en ellas, quizá para detener su violento movimientos, para demorar un segundo más, valiosísimo, la explosión del placer, me lamió la cara con la lengua mientras sollozaba.
- ¡Ah, ah, ah, ah, ah!
Seguí cabalgando su cuerpo hasta el límite, hasta la frontera del no retorno, con la vista fija en sus ojos verdes, muy abiertos, y en su boca, floja, húmeda de baba, por entre cuyos labios brillaba el rosario de perlas de sus dientes. ¿Llegaba al orgasmo o se estaba muriendo? Si la estaba matando no por ello iba a parar. Era animal, irracional, impelido por la furia que me movía a entrar y salir en aquel cuerpo pletórico de redondeces que mis manos moldeaban. Flexionó las piernas, llevó sus rodillas a sus hombros, abrió su coño para recibirme con toda la intensidad, y yo me hundí en él con loca pasión y derramé cataratas de placer en sus entrañas sin dejar de mover el culo y convirtiendo todo mi cuerpo en un gigantesco émbolo que se acercaba y se alejaba mientras se vaciaba, una y otra vez, solapando con mis gemidos los suyos. Agonizamos en esos instantes y el mundo dejó de girar. El mundo éramos ambos, el centro del universo, lo único que importaba.




- Te quiero – le dije, besándola con tanto apasionamiento que temía morderla -. Te quiero muchísimo – gemí, infinitamente agradecido a aquel cuerpo que temblaba de excitación entre mis brazos y exudaba placer por todos sus poros, mientras recuperaba el aliento.
No andaba desencaminado Borja en su apreciación de aquel momento irrepetible. El primer coito es una experiencia inolvidable por su terrible intensidad, te deja una marca indeleble más allá del cuerpo, una maravillosa señal en el subconsciente que no se borrará aunque pasen los años y hará que los posteriores actos amorosos sean medidos con ese baremo. Era perfecto, era hermoso, placentero, sublime, divino, lo mejor que nos podía ocurrir, no había gozo que ni de lejos se acercara a esa barroca amalgama de sensaciones límites que llevaba hacer el amor. Por aquel instante, en el transcurso del cual uno quedaba vacío, en blanco, como muerto, estaba justificado nacer, venir a este mundo. Por aquel momento uno podía morir a continuación con la sonrisa en la boca y la sensación del deber cumplido. Nada podía igualar ese placer. Éramos hombres, machos, y veníamos al mundo para amar a las mujeres, para ahondarnos en ellas, abrazarlas, acariciarlas y besarlas. Desentrañar su misterio y alcanzar el éxtasis. Tocar aquel mito carnal que durante miles de horas previas nos había atormentado, palpar la materia del deseo, fundirse en ella. Me desalenté pensando que la segunda vez, si la había, no sería lo mismo, no podía serlo. Me angustié, mientras me abrazaba a ella, pensando que quizá no habría una segunda oportunidad, que yo para ella podría ser un mediocre amante a pesar de sus exclamaciones de gozo. ¿Era una chica educada que no quería desalentarnos?
- Has estado muy bien – me dijo, como si leyera mi pensamiento.
Creo que en aquel momento fue cuando comencé a amarla, en cuanto calmé mi deseo hacia ella y la vi como mucho más que esa preciosa envoltura de carne que para mí, en un principio, era. Lo pensé, una y mil veces, mientras su cuerpo tibio permanecía enroscado al mío, en una eternidad gozosa, temblando ambos, con nuestros vientres unidos, reacios a la separación.
- No salgas todavía – me dijo con dulzura, besándome en los labios. - . Me gusta tu boca, me encanta esa forma tan viril que tienes de besar y de acariciarme, y esa polla maravillosa – maulló, entre sonrisas.
Y permanecí dentro, destilando mi semen en su entrañas, en lento goteo, temblando aun, boqueando entre sus labios, abrazado a su cintura, mi pecho sudoroso contra sus hermosas y suaves tetas tantas veces acariciadas por mis manos, nuestros corazones batiendo al mismo tiempo bajo el caparazón de las costillas mientras recuperábamos el aliento perdido. Aquel tierno abrazo paliaba la brutalidad animal de nuestro ayuntamiento, civilizaba el instinto procreativo que estaba en el origen de ese terremoto carnal. Nos miramos a la cara con cierto pudor, pidiendo excusas por lo que nuestros cuerpos habían hecho instantes antes. Ella volvió los ojos, tímidamente, y a mí me encantó ese recato viniendo de quien se había entregado de forma tan desinhibida hacía sólo unos instantes.
- ¡Qué vergüenza! – me dijo al oído, con una sonrisa tierna.
- ¿Por qué?
- Por disfrutar tanto. Soy una escandalosa. Pero es que el sexo me encanta. Follaría, follaría y follaría hasta la extenuación.
No le pregunté si follaría con todo el género humano o sólo lo haría conmigo. No salí todavía de ella. Mantuve una agradable semierección que me permitió retrasar el traumático momento de abandonarla. No lo hubiera hecho nunca. La besé en los ojos, en la nariz, en la barbilla, me demoré sobre sus labios encendidos, saboreando su deliciosa humedad.
- Te quiero – le dije, en medio de mi borrachera de sentidos.
- ¿Estás seguro? ¿Por un polvo?
- No ha sido un polvo. Ha sido un acto de amor.
- No. Ha sido quitar las bridas a nuestros cuerpos. El amor tiene que ser mucho más complejo. Pero yo también te quiero, os quiero – rectificó de inmediato, al sorprender la mirada de protesta de Borja.
La noche había caído por completo y yo seguía sobre ella, colmándola de besos y de caricias. Ya no buscaba excitarla sino recompensarla, darle las gracias por la generosidad con que se había entregado. Se removió debajo de mí mientras alzaba mi rostro entre sus manos y me observaba con la escasa luz reinante.

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